Periódico de Sancti Spíritus

Trinidad 1851: un levantamiento precursor

El fusilamiento de tres separatistas trinitarios el 18 de agosto de 1851 intentó cortar de raíz el espíritu patriótico que 17 años más tarde desataría la Guerra del 68

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José Isidoro Armenteros, miembro del Regimiento de Tarragona y capitán de milicias, fusilado por sus propios compañeros.

A inicios de agosto de 1851 en Trinidad las conversaciones se centran en un tema: la prevista ejecución por los colonialistas españoles de tres conocidos hijos de esa comunidad, por alzarse contra el régimen, en un lugar que devendría lúgubre: La mano del negro, escenario de repetidos crímenes “legales” de la metrópoli.

El lunes 18 de agosto, a las 6:00 a.m., un triste cortejo recorrió las calles trinitarias desde la prisión al lugar del fusilamiento. Ante el asombro de los pocos transeúntes, los reos, José Isidoro Armenteros, Fernando Hernández Echerri y Rafael Arcís Bravo, dignos exponentes de la sociedad local, marcharon con las manos atadas a la espalda, escoltados por cazadores del Regimiento Tarragona.

EL ORIGEN DE LOS HECHOS

El hilo nefasto que guió los acontecimientos tuvo su inicio en un oficial extranjero, integrante del Ejército ibérico en Cuba, el venezolano Narciso López, quien albergaba ideas separatistas para la isla, aunque veía su futuro ligado al de los Estados Unidos por medio de la incorporación a la Unión americana.  

El carácter peculiar de López, artífice de la conspiración conocida con el nombre de La mina de La Rosa cubana, su simpatía personal y dinamismo le ganaron estrechas amistades entre hacendados e intelectuales trinitarios; entre los primeros figuró el Teniente Coronel José Isidoro Armenteros, integrante del Regimiento de Tarragona y Capitán de milicias; y entre los segundos, Fernando Hernández Echerri, literato y poeta, profesor del colegio habanero de El Salvador, donde ejercería el espirituano Honorato del Castillo.

Armenteros se constituyó en el brazo ejecutor de Narciso López en Trinidad, como Joaquín de Agüero lo era en Camagüey. Su condición de dueño del ingenio San Luis le propició estrechos contactos con otros hacendados de la zona y con personas como Rafael Arcís Bravo, mayoral de una de esas fábricas de azúcar.

En mayo de 1850, la toma de la ciudad de Cárdenas por la expedición al mando de Narciso López, aunque no recibió apoyo popular en tierras matanceras, sí repercutió en los ánimos de los complotados en otras partes de la isla.

En Trinidad, Isidoro Armenteros aceleró los preparativos de levantamiento, cuyo inicio fue fijado para junio de 1851 en coordinación con el esperado arribo de una segunda expedición de López, que debía desembarcar esta vez por Pinar del Río, y el previsto alzamiento de Agüero y los suyos en Puerto Príncipe.

Luego de varios retardos, el 24 de julio de ese año se reúnen Armenteros y otros ocho complotados en una casa de campo próxima a la villa. De allí se dirigen al lugar de la cita con Juan Cadalso, quien debía aportar 30 hombres de los ingenios Yaguaramas y Palmarito, al mando de su hijo Néstor.

Ante la falta de armas, Armenteros decide tratar de conseguirlas en el Valle de los Ingenios, y en un recorrido por las fábricas Palmarito, Yaguaramas y Las Avispas, reclutó otros 28 efectivos y obtuvo algunos fusiles y escopetas, mientras Rafael Arcís hacía lo mismo en otros puntos, con mayores resultados que el primero.

El 25 de julio los alzados asaltaron El Guayabo y también se batieron duramente el 27 y el 29 en otros sitios, hasta el 30, cuando por la mala interpretación de una orden, el contingente insurrecto se dispersó. Del grupo, una parte fueron apresados y otros lograron huir. Días más tarde, en el paso de Hanabanilla, se rindieron a los españoles Armenteros, Arcís y otros 33 hombres.

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Fernando Hernández Echerri, exponente intelectual de la conspiración.

JUICIO SUMARÍSIMO Y EJECUCIÓN

El 8 de agosto se efectuó el Consejo de Guerra que sentenció a Armenteros, Hernández y Arcís, a la pena de muerte por fusilamiento. Otros cinco complotados recibieron condena de10 años de presidio en ultramar con prohibición perpetua de regresar a Cuba; dos fueron sancionados a ocho años y los insurrectos restantes, a confinamiento fuera de los límites de Trinidad.

El 12 de agosto fue aprobada la sentencia por el auditor de Guerra, Don Antonio Romero, y el propio día la sancionó con su firma el Capitán General José Gutiérrez de la Concha. El domingo 17 de agosto de 1851 el Fiscal Auxiliar, Capitán Don José Bayona, pasó a la cárcel y les notificó el fallo a los condenados a muerte, luego de lo cual ordenó ponerlos inmediatamente en capilla.

Momentos antes del fusilamiento, el Sargento Mayor de la Plaza despojó de sus grados al Teniente Coronel Armenteros y una vez cumplida la sentencia, las tropas desfilaron ante los cadáveres, que fueron trasladados al cementerio local, donde se les dio sepultura.

Tal cual la bandera de la estrella solitaria, surgida de los aprestos separatistas de López, a estos mártires no se les define fruto de una conspiración anexionista, sino como precursores de la independencia de Cuba, a la que ellos aportaron su bien más preciado: la vida.



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