La leyenda del Cristo de la Vera Cruz

Durante casi 300 años, esta historia de fe y superstición ha viajado de generación en generación, alimentando la identidad de una de las villas más mágicas de Cuba

El Cristo de la Vera Cruz sigue siendo, para los trinitarios, el testimonio vivo de que hay misterios que eligen quedarse para siempre.

Hay leyendas que se escurren entre el polvo de la historia y el rumor del oleaje, y pocas tan entrañables para los trinitarios como la del Cristo de la Vera Cruz. Durante casi 300 años, esta historia de fe y superstición ha viajado de generación en generación, alimentando la identidad de una de las villas más mágicas de Cuba.

Según la leyenda, todo ocurrió a finales de 1713. Un bergantín cargado de mercancías zarpó del puerto de Barcelona con destino a las tierras de Costa Firme, específicamente al puerto mexicano de Veracruz, siguiendo la ruta de los conquistadores a finales del siglo XV. La navegación transcurría en calma, con la mar serena y una brisa que aliviaba el cálido ambiente, hasta que al llegar a la altura de los Jardines de la Reina, frente a la costa sur de Cuba, el cielo se tornó negro.

Ráfagas de viento, truenos y un aguacero torrencial azotaron la embarcación. El capitán, desorientado y temiendo lo peor, ordenó refugiarse en el puerto del Guaurabo, el principal de la villa de la Santísima Trinidad. Tras reparar las averías y calafatear el barco, la nave reanudó su rumbo, pero nuevamente un chubasco inesperado la hizo peligrar, obligándola a regresar al mismo puerto. Fue entonces cuando, frente al castillo que protegía el caserío de La Boca, la carga que iba sobre cubierta cayó al mar. Entre las olas, un pesado fardo con la inscripción parcial “V… CRUZ” fue arrastrado hasta las orillas del río, donde los vecinos lo rescataron.

El capitán, movido por la superstición, se negó a recuperar aquella misteriosa caja, convencido de que era la causante de todas las desgracias. La dejó en depósito de las autoridades del puerto y zarpó sin contratiempos hacia su destino final.

Días después, las autoridades del Ayuntamiento de Trinidad decidieron abrir el enigmático fardo ante un notario. Al quitar los enormes clavos que lo aseguraban, los presentes quedaron boquiabiertos: en su interior reposaba una escultura a escala humana del cuerpo crucificado de Jesús de Nazareno. “¡El Señor no quiere irse de Trinidad! ¡Bendito sea!”, exclamaron a coro.

La talla, de admirable factura y valor artístico incalculable, mostraba un dominio excepcional del anónimo escultor: músculos, nervios, venas, las heridas de manos y pies, las rodillas y costados destrozados. El rostro, sin embargo, reflejaba una serena expresión de dolor y bondad infinita, con los labios que parecían susurrar el perdón a todos los males.

La efigie fue vendida en subasta pública y adquirida por un acaudalado vecino de Trinidad, don Nicolás de Pablos Vélez, por 800 escudos de plata. Trasladada a su residencia y bendecida por el párroco Lucas Ponciano Escacena, el Cristo de la Vera Cruz recorrió por primera vez las calles trinitarias en la procesión del Jueves Santo del 16 de marzo de 1716, con la asistencia del obispo fray Gerónimo Valdés.

Desde entonces, la escultura ha sido sacada en andas no solo en Semana Santa, sino también en ocasiones de calamidades y desastres naturales, cuando los fieles, llenos de fe, imploran su intercesión. Don Nicolás de Pablos Vélez donó posteriormente la imagen a la Iglesia Mayor y, en reciprocidad, a él y su familia les fue concedido el derecho a ser enterrados bajo el altar del Cristo.

La iglesia original se destruyó en un incendio en 1814, y la imagen fue trasladada al Convento de San Francisco de Asís —hoy Museo de Lucha Contra Bandidos— hasta que en 1892 se restituyó al templo de la Santísima Trinidad, donde permanece actualmente. En el ala izquierda del templo, sobre un altar tallado por el fraile Amadeo Fiogere, el Cristo comparte espacio con las figuras de la Virgen Dolorosa y San Juan Evangelista. Descansa sobre una peana de madera cubierta de plata, y en la parte posterior de la escultura puede leerse la inscripción “RET-DO-1731”, año en que fue restaurada, por intervención de fray Gerónimo Valdés.

Así, entre el mar y la fe, el Cristo de la Vera Cruz sigue siendo, para los trinitarios, el testimonio vivo de que hay misterios que eligen quedarse para siempre. ¿Destino o casualidad? La realidad es que muchos lo consideran el santo patrón de la ciudad.

Manuel Lagunilla González

Texto de Manuel Lagunilla González

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