Cuando, humeador en mano, Nancy Pérez entra al colmenar, la vida le palpita de otra manera porque es allí, entre los panales, las abejas y el olor a miel que cuida como a su vida misma en la comunidad de Pozo Colorado, en Sancti Spíritus, donde «cultiva» uno de sus sueños: ser apicultora.
No podía suceder de otra manera, comentó a la ACN una de las cinco mujeres que en este territorio asumen una labor desarrollada, en su inmensa mayoría, por hombres, pues esta pequeña comunidad se ha distinguido siempre por la actividad que hoy suma a otros tres compañeros, cada uno con su apiario.
Comencé en estos ajetreos hace más de 20 años, cuando aún existía la cooperativa campesina de la zona y tenía su colmenar, muy productivo, y donde reinaba la organización y una disciplina distintivas en el trabajo de las colmenas, mérito de Felicia Candelaria, toda una artista en estos quehaceres y una de mis primeras guías, agregó Pérez.
Rememoró que desde aquel entonces fue aprendiendo poco a poco cada elemento del manejo de las abejas y del colmenar, porque trabajaba indistintamente con uno u otro apicultor en diferentes faenas.
Así fue hasta hace unos cinco años, subrayó, cuando me decidí a formar mi propio apiario, y ahí está, produciendo miel para la economía de la familia y de Cuba.
Hasta hoy tengo 25 colmenas, detalló, en un escenario distante de la comunidad que me obliga a trasladarme a caballo para atenderlas como debe ser, con sistematicidad y cumpliendo cada exigencia de este oficio, como también me han enseñado los otros tres colmeneros de la comunidad.
Es un oficio fuerte, exigente, pero muy gratificante, pues cada vez que abres una colmena y ves como en ella abundan la miel, las crías y las abejas obreras, sientes la emoción por estar haciendo las cosas como deben ser, pero, además, te impulsa a buscar mayores resultados a partir de una mejor atención al colmenar, sentenció esta mujer.
Con la experiencia que he adquirido te aseguro que la colmena es el único escenario de producción donde se defiende al zángano, que no produce miel, pero hace muy bien su tarea de reproducción con las abejas reinas, manifestó.
Hay dos momentos para mí muy complicados en el año, relató, el primero es la trashumancia, cuando movemos el colmenar para la costa para aprovechar la floración del mangle, un recorrido que tiene sus reglas estrictas por la complejidad y la exigente seguridad que demanda.
Y, en lo personal, la otra etapa de mayor dificultad es la floración del bejuco leñatero, la cual regala una de las mieles específicas de más calidad y donde las abejas se muestran muy bravas y ello complejiza el manejo.
Mientras sus manos revisan panal a panal, esta mujer reveló que la unidad y la cooperación entre los cuatro colmeneros de Pozo Colorado hacen de la apicultura en el lugar un oficio de familia; nos ayudamos en todo, No hay celos y sí mucho interés para que los apiarios sean de los mejores, destacó.
Nunca le he tenido miedo al trabajo duro y mucho menos a las abejas, con las que creas una “amistad” necesaria, comentó, ya que aquí la armonía es vital para llegar a dividendos más favorables.
Sin embargo, reflexionó, nos golpea la baja disponibilidad de insumos, de accesorios para trabajar, dígase cajas, cuadros, velos, entre otros, y el alto precio de los mismos.
A pesar de estos y otros contratiempos, mientras la salud me acompañe, seguiré siendo colmenera, porque cada vez que entro al apiario, mi vida se robustece, acotó.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus
















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