El gobierno de EE.UU., en su campaña de deportaciones, ha expulsado de ese país hacia terceros países a decenas de cubanos.
Decenas de éstos terminan en otros continentes, separados de sus respectivas familias y carentes de medios de sustento, además de perder hogar, bienes y modo de vida.
A otros, los encarcela indefinidamente sin cargos concretos y los deja a ellos y sus respectivas familias en agonizante incertidumbre.
Son personas que, en su mayoría, ingresaron a EE.UU. empujados por los efectos de la guerra económica estadounidense contra Cuba, su país de origen, y atraídos por políticas migratorias que los invitaban a emigrar tanto regular como irregularmente.
Entraron muchos de ellos a EE.UU. legalmente, con documentos oficiales del gobierno de EE.UU. entregados en Cuba, en un tercer país o en la frontera terrestre. No tuvieron que tumbar un muro o brincar una cerca. Su estatus legalmente indefinido en ese país se debe a cambios de política gubernamental, no es culpa de ellos, ni se debe generalmente a acciones llevadas a cabo por ellos.
Su presencia allí y su estatus ilegal o irregular es fruto de las acciones de las autoridades y conductas oficiales.
¿Si así trata el gobierno estadounidense a los cubanos que dice representar, a los que invitó a emigrar, por cuyo bienestar dice preocuparse y cuyos intereses dice defender, qué podría esperarse de su actitud frente al pueblo cubano si alcanzara materializar la criminal ambición de apoderarse de Cuba?
La historia es rica en enseñanzas. Estúdiese la experiencia de países que han sufrido agresión militar, golpes de Estado y dominación por parte de EE.UU. Sin mencionarlos, dejan lecciones muy elocuentes que ayudan a meditar.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus












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