Subió al escenario sin perder la elegancia y esbeltez naturales, aunque las luces estaban apagadas. No hubo titubeos, gracias a la mano guía. Tras tocar el centro del tabloncillo, se hizo la luz. Y con ella cayeron a fuerza de telón las emociones más sinceras de Yolanda Mirta Franco Sagué.
“Me hicieron llorar mucho —recuerda—. Ahí estaban ya como adultos mis exalumnos de la Casa de Cultura del pueblecito de Aguacate, hoy perteneciente a Mayabeque. Frente a mí se encontraban una profesora universitaria, el administrador de la farmacia, la peluquera de la localidad… sus familias, buenos amigos. Me habían pedido que los acompañara a un ensayo y me sorprendieron con un homenaje”.
Habían pasado casi 20 años de su última vez en ese mismo espacio para enseñar a bailar. Era el año 1980 y todavía una carta amarilla conserva los estremecimientos.

“(…) Esta numerosa familia de alumnos a nombre de los cuales, quienes hoy aquí estamos, te damos un saludo emocionado y te deseamos éxitos en la vida personal y laboral, porque eso y aún más te mereces tú, Yolanda, nuestra inolvidable profesora de danza”, lee en alta voz Yanina, su hija también testigo de aquel suceso porque Yolanda pierde la voz en cada encuentro con esas letras.
¡Y no sorprende! Cosechó disímiles anécdotas entre 1963 y 1967 mientras fungió como instructora de arte en aquel fragmento de tierra. Bajo su conducción, menores de edad y adultos integrantes del grupo de los Comité de Defensa de la Revolución (CDR), que ella fundó, encontraron sus mejores movimientos.
“Ser instructora fue la realización de un sueño de la Revolución que pude disfrutar y lograr. Hice feliz a muchos niños, adolescentes y adultos y fui feliz”, sintetiza quien integra la lista de los primeros profesionales de ese gremio graduados en Cuba.

RAÍZ
Santiago de Cuba. Calle Enramadas. Un grupo de estudiantes con sus uniformes caminan en cuadro apretado. Enfilan su paso hasta el parque Céspedes. Grita a toda voz contra el gobierno batistiano.
“Nos salieron los guardias a caballo, a planazo limpio. Tuvimos que correr por todas las calles empinadas. Por suerte no me cogieron. Santiago era una efervescencia total, tanto así que cerraron las escuelas. Aprovechábamos, entonces, para reunirnos en nuestra célula del movimiento 26 de Julio en casa de nuestra líder. Abríamos la puerta y nos sentábamos “a jugar” Monopolio. Repartimos y vendimos bonos hasta por Palma. Me escogieron para que una vez a la semana le llevara comida a la cárcel de Boniato a uno de nuestros hermanos de lucha”.
Pero Yolanda Mirta tampoco dejó de escribir poesías y cuentos, bailar, a pesar de sus pies planos, declamar en cuanto espacio la convocara, dominar el piano comprado por su mamá y que aún se mantiene vivo gracias a la agilidad de sus manos de 85 años, e impulsar su sueño: ser maestra.
“Tenía en el tuétano de los huesos por mi familia ese amor por hacer libre a Cuba y, claro, por ser orgullosamente santiaguera”.
Con la alegría del triunfo en 1959, regresó a la Escuela Normal para Maestros. Pasado un poco más de un año tuvo el preciado título en sus manos con valores añadidos.
“Mi mamá también fue maestra. Por decisión de país, unificaron todos los normalistas de la región de Oriente. Nos graduamos como los primeros Maestros primarios. Eran los tiempos en que Cuba vivía la Campaña de Alfabetización, por lo que pedí irme hacia una escuela rural porque sentí que ese era mi deber”.

Del centro de la imponente urbe santiaguera a Antilla, al norte de Holguín. Varios kilómetros, recorría a caballo después de impartir sus clases para guiar a los Brigadistas.
“Me encantaba montar, pero eso me provocó un descenso en un órgano. Tuve que regresar a mi casa e, incluso, permanecer ingresada. En la clínica, leí en el periódico dos noticias: la convocatoria para un curso intensivo de formación de instructores de arte y el Concurso de la Canción de la Alfabetización de la provincia de Oriente. Aposté por los dos”.
Con la credencial de maestra primaria y evidencias de ser una apasionada de las artes, Yolanda obtuvo sin contratiempos su boleto al nuevo llamado de la Revolución. Aunque quienes la conocían asumieron que incursionaría en la especialidad de música, la hija de la calle Aguilera, por donde la corneta china no podía pasar porque corría hasta el medio de la conga, se hizo instructora de danza.
“Lo que realmente me motivó fue que iba a enseñar a niños. Esa es mi vocación. Y la danza porque tiene vínculos con la música y teatro. Además, me encanta bailar hasta quise ser bailarina de ballet, tras ver a Alicia Alonso.
“Mientras que la canción, una guajira, obtuvo el segundo premio. En el parque Céspedes la interpreté acompañada por guitarras”.
LA HABANA Y SUS ENCANTOS
El otrora hotel Havana Hilton, hoy Habana Libre, en 1962, le dio la bienvenida al puñado de jóvenes de todo el país aspirantes a convertirse en instructores de arte. Durante poco más de cinco meses la opulenta edificación se volvió hogar.
“Quienes trabajaban allí no nos trataban bien, pues cuestionaban cómo aquel sitio de lujo hasta hacía muy poco nos acogía. Muchas cosas feas nos hicieron y la alimentación era deficitaria, sobre todo para resistir los fuertes entrenamientos de las clases. Pero quienes estaban al frente del Curso intensivo le salían al paso. Todos los días nos llevaban hasta Miramar en camiones. Era un divertimento atravesar La Habana, subidos en aquellos artefactos, con vestidos hermosos y los hombres de traje”.

Fueron días de fiesta y eternos aprendizajes. Habla con soltura de maquillaje, electricidad, folclor, montaje coreográfico, literatura, música… todos impartidos por profesores de gran prestigio en el país. Recortes del otrora periódico Revolución resguardados como verdaderas reliquias lo confirman.
“Al unísono de nuestra preparación estaba la Escuela Nacional de Instructores de Arte; pero nuestro curso acogió a los primeros 300 egresados de música, teatro y danza del país. Fundamos una hermandad. Hubo más de un noviazgo que terminó en casamiento”, y deja escapar una sonrisa pícara porque ella y su esposo Juan, instructor de teatro, son la viva estampa de esos amoríos.
REGRESO A LA SEMILLA
El matrimonio fue el motivo de su paso por Aguacate. Allí, además de abonar sus saberes, sedimentó su propia familia con el nacimiento de dos de sus tres retoños.
“Nos vamos para Santiago y ahí trabajo, primero, en el Centro de reeducación de menores. Tras el traslado de la escuela para Guantánamo, me enrolo en dos proyectos muy interesantes: la creación del Centro Provincial de Danza y la preparación de danzas de folclor cubano con aficionados y tocadores del puerto. Lamentablemente, esos proyectos no llegaron a feliz término.
“Pero coincidió con la inauguración de la televisión en Santiago de Cuba, entonces Tele Rebelde. Pedían personas con conocimientos artísticos, ¿y quiénes mejor que los instructores de teatro para asumir el reto? A los meses de su creación fui la primera de danza en laborar ahí”.
Como bola de fuego le pusieron en las manos la escritura de un cuento infantil. La creación inicial fue rechazada. Mas, no perdió el impulso. Yolanda Mirta Franco Sagué se convirtió en firma autorizada de los espacios televisivos dedicados a niños y niñas.
Un rápido recorrido por el fragmento más amplio de su carrera profesional y donde la encontró la edad de jubilación, la ubican como jefa de la Redacción Infantil Juvenil de Tele Rebelde, luego Tele Turquino, durante dos décadas. “Fueron años de mucho trabajo y goce. Pero Yolanda nunca dejó de ser instructora de arte. Logré arrastrar a todos mis compañeros a trabajar como instructores en la Ciudad Escolar 26 de Julio, donde está el canal santiaguero. Además, llevé mis conocimientos a todas las escuelas, donde estuvieron mis hijos”.
ARRASTRADA POR EL YAYABO
Tampoco abandonó su profesión cuando ya en el descanso de los años creó la peña artístico-literaria Minerva, en la Casa de Abuelos de su comunidad santiaguera. Tampoco abandonó la escritura como miembro de los talleres literarios José María Heredia y Ancón.
“Escribo desde niña y lo hago a cualquier hora. Cuando vine para Sancti Spíritus hace ocho años, para estar cerca de mi hija Yanina, mi querida asesora literaria Dalila León decidió presentar a Luminaria un libro que hice para adultos. Pero le dije: Soy una extranjera en este lugar de grandes poetas en espera de publicar. Conservo, además, otros para los públicos infantiles.
“Que permanezcan en espera no me hace llorar porque lo que nace de uno siempre da felicidad. He ganado espiritualmente porque he podido escribir”.

Escambray Periódico de Sancti Spíritus















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