De la Loma de la Candela, me han estremecido/ un montón de mujeres/ mujeres de fuego/ mujeres de nieve. Y los versos de Silvio, quien le cantó a lo humano y a lo divino, retornan; aunque el poeta no haya puesto nunca un pie en La Sierpe; un ramillete de edificios plantados en un océano de marabú y zarza, en las inmediaciones de arroyo Naranjo, a inicios de los años 70 del pasado siglo.
Al norte le nació al poblado la Loma de la Candela y, hasta hoy, no sé quién le endilgó tal apelativo; pero, en verdad, el origen del nombre no me quita el sueño y, sí dejar de mencionar alguna de estas mujeres que empinan los días desde la cotidianidad, entre apagones, la carencia de medicamentos…
¿Cómo explicar que, después de acostarse sin luz y levantarse con menos luz todavía, la enfermera Mirta luzca de nuevo su traje más blanco que el más blanco de los mármoles itálicos? ¿Cómo explicar que la enfermera Olguita esté presta un sábado o un domingo para ir a casa de un vecino y atenderle una linfangitis sin el menor de los reparos, y hasta con la broma en la punta de la lengua, por aquello de que, a veces, la palabra también cura?
Otra que se la pasa gastando chistes es Tita, atenta a si el pan o la leche llegaron a la bodega; de su casa a la tienda, la tirada ya se torna larga para sus más de 80 años; sin embargo, ella va y viene con la sonrisa de oreja a oreja, porque la procesión se lleva por dentro, como solía alertar mi abuela Carmen.
Y si la menor duda te roza la cabeza, pregúntaselo a Tita; ella perdió la cuenta del tiempo en que Jorge, su esposo, aguardó por una cirugía de cataratas. El lente intraocular no aparecía ni por los centros espirituales, hasta que meses atrás la doctora de cabecera la llamó.
Casi toda la Loma de la Candela supo de la operación de Jorge. Camino a la bodega —con la ayuda de un rústico bastón— para comprar la libra de azúcar por persona en venta, Tita le comentó el éxito de la cirugía a Arisleidys, la peluquera del barrio y también “especialista” en medir la presión arterial, gracias a su esfingomanómetro.
De esas virtudes da fe su vecina Osladys, jubilada que debió recontratarse porque los precios infartan, incluso, al que se jacta de tener corazón de hierro. En paralelo, vencidas mil pruebas de la vida, Caridad, la profesora de Historia, tampoco ha dejado de caer la espada, y continúa leal a sus alumnos del Preuniversitario.
Las mujeres de la Loma de la Candela que me han estremecido comparten los cordeles donde tienden la ropa lavada, y un plato de sopa; como lo ha hecho Lily, la vecina de los altos de Elda María.
Las mujeres de la Loma de la Candela comparten, igualmente, la brasa humeante para encender la hornilla de carbón, cuyos trozos negruzcos —con la paciencia del anciano al caminar— se volverán trozos rojizos, si el vendedor no timó al comprador; y ese fuego, con su hollín incluido, hará el milagro del bocado de comida de lo que aparezca para calentar el estómago al menos hoy. Mañana, veremos.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus













Escambray se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social, así como los que no guarden relación con el tema en cuestión.