Alas para Vivir es más que un proyecto; es refugio, regazo donde muchas mujeres comparten una misma batalla: el cáncer. Entre palabras, silencios y abrazos construyen un espacio donde la enfermedad deja de ser un peso individual y se convierte en una experiencia repartida.
A la sensibilidad de Misledys Rojas Calderón le deben este grupo de apoyo con apenas dos años de creado en Trinidad. Ella decidió acompañarlas en un camino donde la vulnerabilidad se transforma en fuerza y la escucha, en medicina.
«Tengo dos amigas que pertenecen al proyecto Mariposas de Cienfuegos, pero era muy difícil participar y por eso pensé en crear nuestro propio grupo», explica.
Entonces no tenía claro cómo, pero sí lo que quería. Y se fue a las bodegas, a centros de trabajo, al parque, a hablar de su proyecto… El 21 de noviembre de 2024 fue su primer encuentro en el Patio Bécquer.
“Comenzamos con 14 personas sin pensar que asistieran tantas ese día. Tengo que agradecer a Alberto Turiño y a Aldaba que me abrieron las puertas y apoyaron la idea con mucho amor.
“Desde aquel entonces hasta acá ya tenemos 63 mujeres. Han fallecido siete alitas; lo digo con mucho dolor. Siete guerreras que lucharon por la vida y nos conmueve su partida, pero nos dejaron su fuerza y su optimismo para seguir adelante”.

REGRESAR DEL ABISMO
“Llevo seis años operada; al principio me costó aceptar la enfermedad, lidiar con el miedo, la incertidumbre, la soledad, a pesar de contar con el apoyo de mi familia”, dice Lázara Fritze Quesada.
Iliana Valdés Rodríguez se integró hace poco al proyecto y no duda en compartir su testimonio para que otras no cometan el mismo error. “Me abandoné, por eso llegué a este extremo. Estuve conviviendo años con el cáncer y dejé pasar el tiempo hasta que el tumor se ulceró.
“Yo fui la responsable de que mi operación fuera tan traumática. Estoy viva gracias al excelente equipo de médicos, a mi familia y mis amigos, a Dios. Lo fundamental es acudir al médico a la menor señal para tener mayor posibilidad de sobrevivir”, aconseja.
Mas, lo que pudiera ser un espacio de dolor se transforma en un laboratorio de afectos. Se aprende a llorar juntas, pero allí las lágrimas no son signo de derrota, sino de valentía. Y cada encuentro es una lección de vida.
Este proyecto inspira a otras personas a no enfrentar solas el diagnóstico. Cuando hablan entre ellas trasciende un mensaje poderoso: la unión puede transformar el dolor en esperanza.
En estos dos años, Alas para Vivir ha madurado, sostiene Misledys, que agradece la amplia red de apoyo: pedagoga, oncóloga, trabajadora social, psicóloga, directores de organismos y entidades, titulares de mipymes, grupos solidarios que llegan a la Casa del Icap de la ciudad… Puertas que se abren y abrazan.
EL CÍRCULO DE LA CONFIANZA
Merín González Salabarría es casi fundadora del proyecto. “Somos una familia que cada día se integra más. Hemos recibido mucho apoyo psicológico y también ayuda con medicamentos”.
Al trabajar con grupos de solidaridad, Misledys muestra a estos amigos de Cuba la cara más hostil del bloqueo del gobierno de Estados Unidos que impide el acceso de pacientes oncológicos a terapias para alargar y mejorar su calidad de vida.
“El cáncer se alimenta de la depresión, del rencor, de la angustia; y eso sí lo podemos controlar. Este proyecto nos hace olvidar la tristeza y recordarnos que la esperanza también cura”, asegura Ileana.
“Somos guerreras; esta enfermedad no puede ser más fuerte que nosotras. Queremos vivir, divertirnos, reír… y cuando llegue el momento de partir, hacerlo feliz”, afirma Lázara.
Estas mujeres descubren que el apoyo mutuo es un recurso vital. Se acompañan, se envían mensajes de ánimo en las madrugadas de insomnio, celebran juntas cada pequeña victoria. Los temas que debaten van mucho más allá de cómo combatir el cáncer. Comparten consejos sobre alimentación, ejercicios, sexualidad y, sobre todo, estrategias para mantener viva la esperanza. Visitan lugares históricos, centros culturales; bailan, declaman poesía y aprenden.
La investigación psicológica confirma el sentido de estas experiencias. Los grupos permiten a las mujeres habitar un espacio donde se crean momentos de alegría y placer, reducen el aislamiento social y mejoran la autoestima. Quien ha pasado por ese camino es quien mejor entiende a quien lo está transitando.
Sobrevivientes a un padecimiento oncológico, las mujeres que integran el proyecto Alas para Vivir en Trinidad encarnan una historia de resiliencia y de fe. El cáncer no borra su identidad, la reconstruye. Ellas no se definen como víctimas porque en la mirada de las otras volvieron a aprender a vivir.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus















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