Desde que Juan Almeida Bosque se integró, en 1953, a la Generación del Centenario, su protagonismo en la historia de Cuba ha sido tan determinante como en aquel memorable combate de Alegría de Pío. Cuando todo parecía perdido, gritó: ¡«Aquí no se rinde nadie»!
Con su actuar, signado por el ímpetu y el coraje, y con su ejemplo, que ha trascendido su muerte, el Comandante de la Revolución nos convida: «a quienes tienen el deber de dar continuidad a nuestro proceso les recuerdo, como eterno combatiente, un pensamiento de Maceo: Quiero tener la gloria de haber contribuido al bien e independencia de Cuba y llevar, con orgullo, el título de buen ciudadano, que da brillo y grandeza cuando se obtiene sin mancha».
Nacido en 1927, ese sencillo mulato habanero, que tuvo que limpiar botas y que sufrió la crudeza de la Cuba republicana, se convirtió no solo en asaltante, exiliado, expedicionario, guerrillero y Comandante, sino en el dicharachero y sensible compositor, escritor, amigo, jefe y líder.
Su fallecimiento, el 11 de septiembre de 2009, conmovió a la Patria. Desde entonces, el homenaje y las muestras de afecto se multiplican, sobre todo en la loma La Esperanza, esa que en el corazón de la Sierra Maestra erige el Mausoleo del III Frente Oriental Doctor Mario Muñoz, y acoge sus restos mortales.
Hasta allí peregrina el pueblo cada año, en nombre de un país que honra a Almeida como un alto símbolo de la Revolución; el mismo pueblo que no se rinde antes las más difíciles circunstancias; el pueblo que escucha y canta sus canciones, que lee sus libros, que lo mantiene vivo en cada proeza cotidiana.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus















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