Para nadie es un secreto que nuestro país vive uno de los momentos más complejos de su historia, asediado por una administración estadounidense liderada por un presidente de ideas fascistas y proyección megalómana, cuyo secretario de Estado, el cubanoamericano Marco Rubio, tiene una obsesión fatal —o casi fatal— hacia la tierra de origen de sus padres.
Es cierto que esta vez en el ámbito caribeño Cuba no parece ser el objetivo principal de la superpotencia vecina, puesto que no posee grandes recursos de todo tipo, como es el caso de Venezuela, país que nos supera casi nueve veces en área geográfica y tres veces en el número de habitantes, pero, si bien el archipiélago cubano no sobresale por sus riquezas, nadie le puede arrebatar el mérito de ser la cuna de la primera Revolución socialista en América y el hecho real de que, desde siempre, se le ha considerado por su posición estratégica la llave del Golfo de México.
La compleja historia de nuestra nación desde el encontronazo de 1492 con el “descubridor” español hasta el triunfo revolucionario del primero de enero de 1959, estuvo marcada, desde 1823 al menos, por la voluntad dominadora y el apetito creciente de un país gigantesco hecho a trozos como Frankestein, el personaje casi mítico de la novela de la escritora inglesa Mary Shelley.
Ocurre que la llamada Doctrina Monroe, enunciada ese año por el senador yanqui de igual apellido, signó desde entonces las relaciones del coloso norteño con su vecina insular, a la que han tratado de anexar en varias ocasiones por cualquier vía.
La historia de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos hasta nuestros días se asemeja perfectamente a la fábula del tiburón y la sardina, donde el enorme escualo nos mira como un suculento alimento natural que pudiese deglutir en cualquier momento y que, sin embargo, pasados más de dos siglos de vigencia de la tristemente célebre doctrina, los ha dejado cada vez con un palmo de narices y la frustración como premio a sus esfuerzos baldíos.
No es obvio subrayar aquí que si el Gigante de las siete leguas, como lo llamó José Martí, no ha podido hasta ahora salirse con la suya, pese a su enorme poderío, ha sido en cada ocasión porque los patriotas cubanos de distintas épocas se lo han impedido en batalla más o menos enconada, pero permanente, contra “el norte revuelto y brutal que nos desprecia”, otro aserto martiano contra el monstruo.
Cada palabra de este comentario está probada por la practica y por la historia, porque, por ejemplo, cuando en su condición de presidente de la República de Cuba en Armas Carlos Manuel de Céspedes le solicitó al gobierno de los Estados Unidos el reconocimiento a su beligerancia solo obtuvo la callada por respuesta y ninguna ayuda material por mínima que fuese.
Tras esa decepción, el Padre de la Patria desterró para siempre la esperanza de que la pujante nación norteña, surgida de la revolución independentista de 1776 contra la metrópoli británica y proclamada ante el mundo como ejemplo de virtudes democráticas, tuviese la voluntad y el deseo de contribuir al épico esfuerzo libertario de los cubanos.
No, la Unión americana no quería que fuésemos libres por nuestros propios esfuerzos, solo aguardaba el momento de que la situación fuese propicia y la isla gravitase hacia ella y cayera en sus manos por ley natural, como la célebre manzana de Newton. De ahí la política de la fruta madura.
Desde entonces Estados Unidos no solo no contribuyó en manera alguna a la independencia de Cuba, sino que colaboró de distintas formas con la metrópoli española a mantener su férrea dominación sobre la ínsula, llegando a facilitarle medios de guerra mientras perseguía con celo digno de mejor causa a los patriotas cubanos en su territorio. Lo ocurrido con la proyectada expedición de Fernandina, cuyos buques y pertrechos el gobierno federal confiscó en ese puerto floridano a finales de 1894, es el mejor ejemplo.
El 24 de febrero de 1895 estalló en la isla la guerra convocada por Martí, la cual tuvo igual suerte en cuanto a la contribución yanqui que la gesta iniciada por Céspedes. Pero en marzo de 1898 Washington cambió de estrategia y, tomando como pretexto los crímenes de lesa humanidad cometidos por España en Cuba y el incidente autoprovocado de la explosión en la bahía habanera del acorazado de segunda clase Maine —enviado allí con dudosa misión en complejas circunstancias— declaró la guerra contra Iberia.
¿El propósito verdadero? Impedir la victoria de las armas cubanas para injertar su presencia y poder de decisión en un conflicto ya próximo a su culminación por el colapso del poder colonial de España en la perla antillana. Como muestra de sus apetitos en la que fue considerada la primera guerra imperialista en la era moderna, Estados Unidos se apropió además de Puerto Rico y de la lejana isla de Guam y el archipiélago filipino, colonias hispanas en el Océano Pacífico.
Lo demás, por reciente, es historia conocida. Cuba no fue libre en 1902 cuando Washington formalmente le concedió la independencia, sino que se convirtió en un protectorado del país del norte, atado por la Enmienda Platt, adosada a la fuerza a su primera Constitución, la de 1901, y por el llamado Tratado de Reciprocidad Comercial. Incluso, los cubanos debimos esperar décadas para que se nos reconociese la plena soberanía sobre la entonces llamada Isla de Pinos.
Después de 1902 hubo en Cuba dos revoluciones con diferente suerte: la llamada Revolución del 30, que, según Raúl Roa, el Canciller de la Dignidad, “se fue a bolina”, y la liderada por Fidel Castro, que se inició con el aldabonazo del asalto al Regimiento Moncada el 26 de julio de 1953 y triunfó de manera gloriosa el primer día de 1959, con la tiranía derrocada a sus pies.
Esta es la Revolución que mantiene en alto sus banderas 67 años después de aquel enero glamoroso, no perfecta, no exenta de errores, pero confirmada en el tiempo, legitimada por una historia heroica de luchas y victorias como sus épicas batallas contra el bandidismo, Playa Girón, la Crisis de octubre de 1962 y las misiones internacionalistas.
Esta es la Revolución que ayudó a otros pueblos a obtener o preservar su integridad e independencia, que contribuyó bajo otros cielos a combatir el analfabetismo, las enfermedades, a formar personal calificado, a construir escuelas y hospitales y a paliar los efectos de enfermedades como el cólera, el ébola o fenómenos naturales como terremotos y ciclones.
Es resentimiento, envidia e impotencia lo que sienten personas como Marco Rubio o Donald Trump ante un pequeño país vecino con una historia tan grande. Por eso nos atacan. No soportan la evidencia de que, virémonos para donde nos viremos, el coloso imperial pierde con Cuba en casi todos los terrenos.
Si vamos a la historia reciente, cuando el terremoto en Haití de 2009, Estados Unidos envió barcos y aviones de guerra, mientras Cuba puso en el terreno a cientos de médicos y paramédicos. Cuba ha sido factor decisivo en la lucha contra el analfabetismo en la América Nuestra y en misiones como la Operación Milagro, que devolvió la vista a cientos de miles de personas en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y otras naciones hermanas.
Y hablando de la salud, Washington siempre ha tratado de colapsar las pocas fuentes de ingreso de divisas que el arreciamiento del bloqueo nos ha ido cerrando a Cuba y sus habitantes, pero con Marco Rubio como canciller imperial esta persecución se ha hecho obsesiva e implacable. Ejemplo significativo fue su fracaso durante una gira por estados miembros del Caricom para que expulsaran a los médicos cubanos bajo contrato con el pretexto de que es una forma de explotación y trato de personas del gobierno de La Habana.
Aunque logró su objetivo ante la voluble administración de Bahamas, todavía se recuerda su escache en otras islas-estados del Caribe, como Jamaica, donde se llevó el chasco de su vida al ser desmentido ante las cámaras por las máximas autoridades locales.
Derrotado en múltiples batallas contra Cuba, Marco Rubio enfoca ahora toda su atención en el objetivo imperial de destruir a la Revolución martiana y fidelista porque, según deduce su obtusa forma fascista de pensar, después de Venezuela y quizá Colombia el siguiente objetivo será Cuba, la patria de sus padres, el país que quiere doblegar y donde nunca ha puesto un pie. ¿Por qué será?
Escambray Periódico de Sancti Spíritus










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