El oasis de Maggy (+fotos)

Desde su finca, esta productora trinitaria le pone ciencia e innovación a la cría de ganado menor. Su historia no es de grandes hazañas ni de grandes riquezas, sino de mucha constancia

Benilda Romero, Maggy, es una de las productoras de ganado menor en Trinidad beneficiada por el Programa Municipios Sostenibles, financiado por la Unión Europea. (Fotos: Ana Martha Panadés/Escambray)

Aún no amanece, pero el corral ya respira. En la casa, Benilda Romero Hernández es la primera en despertar; cuela el buchito de café y se calza las botas de montera. Los animales la reciben con ese balido suave que parece salir de la tierra misma. Ese es el reino de Maggy, como la conocen todos en Palmarito, una comunidad perteneciente al Consejo Popular Caracusey, en Trinidad.

Maggy no heredó tierras ni fortuna. Lo que tiene lo ha levantado con trabajo duro. En plena covid, esta ama de casa decidió dedicarse a la cría de ganado menor y recibió una caballería en usufructo. “Lo único que había era aroma”, recuerda mientras recorre con la mirada cada palmo de la finca, donde se levantan los cuartones y se delimitan las parcelas para el cultivo. Oasis es su nombre.

La finca Oasis es el reino de Maggy, productora de ganado menor en Trinidad.

 Aprendió que este es un oficio de constancia: pastorear cada mañana, vigilar que las crías no se extravíen, curar las heridas con remedios sencillos y, sobre todo, observar. Porque el ojo atento distingue cuando un animal está inquieto, cuando necesita descanso, cuando la comida ya no alcanza.

“Comenzamos con ocho cabezas y un semental, ahora tenemos 108. Esta finca es para multiplicación y para la venta de carne. Yo soy la dueña y tengo la ayuda de mi esposo, Urbano Rodríguez, y de otras cuatro mujeres.

“El trabajo es duro, tuvimos que comenzar de cero. Después de limpiar el área, levantamos las naves, una funciona como enfermería, otra como materno para las crías que a veces tengo que alimentar con un biberón…

“Nos preparamos también para sembrar el alimento animal y vamos a usar la materia orgánica como abono para nuestros cultivos y venderles a otros productores. Es algo nuevo para nosotros, pero estamos muy entusiasmados”.

La historia de Maggy (con sombrero) no es de grandes hazañas ni de grandes riquezas, sino de mucha constancia.

Maggy conoce a sus animales por nombre: Esperanza, Bella, Bebita…

“Buenos días, mis amores”, susurra mientras abre las puertas de los corrales. Sus manos acarician lomos, revisan pezuñas, palpan vientres con una atención que los veterinarios envidian. Conoce cada cojera antes de manifestarse, cada preñez antes de confirmarse.

Gracias al Programa para la Transición Energética hacia Municipios Sostenibles —proyecto que se implementa en ocho localidades cubanas con financiamiento de la Unión Europea y coordinado por la Agencia Italiana de Cooperación para el Desarrollo, en alianza con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y, como contrapartes nacionales, los ministerios de Economía y Planificación y de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente a través de su Centro de Desarrollo Local y Comunitario—, esta mujer productora podrá contar con insumos imprescindibles y con nuevos saberes también. Agroecología, empoderamiento femenino, igualdad de género comienzan a ser parte de su día a día.

“El agua nos golpea mucho, nos hace falta el sistema de riego por bombeo solar, que llegará a través del proyecto para comenzar con la siembra, ya las áreas están listas.

“El sistema de crianza en tarima ya lo estamos implementado y así recolectar la materia orgánica que vamos a utilizar como abonos y fertilizantes. Todo esto es muy bueno para los productores, es algo que avanza rápido, ya voy conociendo algo y nos van a instruir más”.

Maggy quiere ponerle ciencia e innovación a este renglón que aportará proteína para los residentes del Consejo Popular Caracusey.

Recientemente Maggy participó en un taller de género y juventudes organizado por la coordinación nacional del programa en La Habana. “Fue una experiencia muy bonita y voy a apoyar a las mujeres y los jóvenes de la comunidad. Todos estamos en igualdad de condiciones para trabajar y aportar”, afirma.

La vida en el campo no es fácil. Hay días de sequía en que parece que todo se marchita, pero ella se mantiene firme. Recorre la finca acompañada de su perro Chocolate; sus animales son también su familia.

Su historia no es de grandes hazañas ni de grandes riquezas. Es la historia de una mujer, que día tras día, construye un mundo pequeño, pero digno, donde la tierra y los animales le devuelven lo que ella les entrega: cuidado, paciencia y amor. 

Ana Martha Panadés

Texto de Ana Martha Panadés
Reportera de Escambray. Máster en Ciencias de la Comunicación. Especializada en temas sociales.

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