El tablero del crepúsculo

Ormuz, Pekín y el BRICS definen en 2026 la pugna de Estados Unidos por una hegemonía que se resquebraja

Ilustraciones: Avilarte

Dos meses de bloqueo en el estrecho de Ormuz, una cumbre presidencial cargada de simbolismo en Pekín y un Fondo Monetario Internacional que rebaja sus previsiones de crecimiento global al 3,1 por ciento para 2026: tres coordenadas que, leídas en conjunto, dibujan no solo la radiografía de un momento crítico, sino la cartografía de una disputa por la hegemonía que podría definir la próxima década.

Desde el 1 de marzo de 2026, el estrecho de Ormuz —por donde transita alrededor del 20 por ciento del crudo mundial— se encuentra, de facto, cerrado. Irán condiciona la navegación a la expulsión de los embajadores estadounidenses e israelíes de los países que pretendan surcar sus aguas, y solo garantiza el paso a los buques de China, India y Arabia Saudita, este último exclusivamente para el suministro de hidrocarburos hacia la India.

La medida fue una represalia directa al bloqueo naval que Washington impuso desde el 13 de abril, calificado por Teherán como “piratería”. Hasta el 22 de abril, 23 embarcaciones iraníes habían sido forzadas a regresar a puerto por el Comando Central estadounidense, mientras Trump declaraba, ambiguamente, que la ruta seguía abierta.

Los datos son elocuentes: el tráfico de petroleros cayó más del 90 por ciento en sus picos de congestión, con más de 2 000 buques varados en el Golfo. Las primas de seguro marítimo, que antes rondaban el 0,25 por ciento del valor del casco, escalan ahora hasta el 5 por ciento. Cada barril que logra salir lleva en su precio no solo el coste de extracción, sino la prima del riesgo geopolítico.

La Agencia Internacional de la Energía ha calificado el cierre como “la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado mundial del petróleo”.

El FMI, en su informe de abril, proyecta un aumento del 21,4 por ciento en el precio del crudo en 2026, una inflación global del 4,4 por ciento y una desaceleración del comercio mundial del 5,1 al 2,8 por ciento.

Más allá de los datos macroeconómicos, el cierre de Ormuz funciona como una herramienta de presión negociadora: Washington mantiene el bloqueo para forzar a Irán a una mesa de diálogo, al tiempo que deja entrever que solo la colaboración de Pekín —el principal beneficiario del paso selectivo concedido por Teherán— puede destrabar la situación.

No es casual que en la declaración de la cumbre Trump‑Xi se mencione explícitamente “un camino hacia la reapertura del estrecho de Ormuz” como uno de los resultados más relevantes del encuentro.

La visita de Donald Trump a Pekín del 13 al 15 de mayo de 2026 fue la primera de un presidente estadounidense a China continental en casi una década. La Casa Blanca la calificó de “acuerdos históricos”. En la práctica, se articularon dos nuevas instituciones —la Junta de Comercio y la Junta de Inversiones— y se cerró un paquete de compromisos que incluye la compra china de 200 aviones Boeing, la adquisición de productos agrícolas estadounidenses por un mínimo de 17 000 millones de dólares anuales en 2026‑2028 y la reapertura del mercado chino a la carne de res y las aves de corral estadounidenses.

A cambio, China obtuvo de Washington el compromiso de “abordar las preocupaciones” sobre el suministro de tierras raras —de las que procesa el 85 por ciento mundial—, el restablecimiento de los registros de exportadores cárnicos y, sobre todo, una prórroga de la tregua comercial que evita la reimposición de los aranceles recíprocos que hundieron las exportaciones agrícolas estadounidenses a China un 65,7 por ciento en 2025. China también aceptó debatir un marco de reducción recíproca de aranceles por un valor de 30 mil millones de dólares por cada parte.

En este contexto, la reunión entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín no buscaba —ni podía buscar— una solución mágica. El propio Ministerio de Exteriores chino desempolvó el concepto soviético de “coexistencia pacífica”, un guiño que revela más sobre las tensiones subyacentes que sobre la voluntad de acuerdo.

Los resultados, según analistas de Trivium China, fueron “acotados y sectoriales”. Se avanzó en compromisos agrícolas —con compras chinas de productos estadounidenses por 17 mil millones de dólares anuales hasta 2028— y en conversaciones sobre tierras raras y control del fentanilo. Pero las cuestiones estructurales permanecen intactas: Taiwán sigue siendo el “núcleo de los intereses fundamentales de China”, y los aranceles cruzados continúan afectando amplios sectores de la economía bilateral.

Horas después, la cumbre Putin-Xi del 20 de mayo marcó un punto de inflexión en la geometría del poder global: más allá del protocolo, Rusia y China formalizaron una “coordinación estratégica integral” que articula un frente común ante Estados Unidos.

Con declaraciones conjuntas sobre un mundo multipolar y la estabilidad estratégica, ambos países enviaron una señal clara de que su alianza ha trascendido lo funcional para convertirse en un eje estructurado capaz de desafiar la hegemonía occidental. En seguridad, la firma de compromisos sobre estabilidad nuclear y cooperación militar eleva la rivalidad a un plano de alta tensión, mientras que, en lo comercial, avances como el impulso al gasoducto Power of Siberia 2 y la aceleración de mecanismos de pago en monedas locales consolidan una arquitectura económica resiliente a sanciones y orientada a erosionar el dominio del dólar.

Desde la óptica de la teoría de juegos, la cumbre representa un movimiento cooperativo dentro de un entorno global que tiende al conflicto.

Frente a este escenario, la política exterior estadounidense redefine sus prioridades bajo la doctrina “America First”, priorizando soberanía y pragmatismo sobre el orden liberal. Pero existe una contradicción de fondo: para recuperar hegemonía, Washington necesita aliados; para imponer su voluntad, tiende a la coerción.

Trump necesita estabilizar el frente comercial con Pekín para concentrar sus recursos —políticos, militares y financieros— en dos flancos que considera existenciales: la contención de Irán en Oriente Medio y la neutralización del desafío monetario y diplomático de los BRICS.

Pekín, a su vez, gana previsibilidad para sus exportaciones y asegura el suministro de componentes tecnológicos estadounidenses —motores de aviación, piezas y semiconductores— que le son indispensables mientras desarrolla su propia autonomía industrial.

Sin embargo, la “paridad” que la puesta en escena intentó transmitir no oculta la asimetría de fondo: Estados Unidos concede estabilidad a cambio de que China use su influencia sobre Teherán y, a medio plazo, modere sus propias ambiciones de construir un orden financiero paralelo al dólar.

El FMI ha rebajado la previsión de crecimiento global para 2026 al 3,1 por ciento, lastrada por la guerra en Oriente Medio, el encarecimiento de la energía y la persistente incertidumbre comercial. La inflación se acelera al 4,4 por ciento en 2026, mientras que el comercio internacional crecerá apenas un 2,8 por ciento, casi la mitad del ritmo de 2025. Las economías avanzadas resisten algo mejor —Estados Unidos crecerá un 2,3 por ciento— pero la eurozona se estanca en el 1,1 por ciento.

Las sanciones, los aranceles y la fragmentación geopolítica han quebrado las cadenas de suministro que durante décadas sostuvieron la globalización. El Banco Mundial advierte que América Latina crecerá solo un 2,3 por ciento en 2026, insuficiente para reducir la pobreza, y que los países de ingreso bajo, importadores netos de energía, son los más castigados.

En este contexto de escasez de crecimiento, la tentación de utilizar la coerción económica como arma geopolítica se multiplica. Los aranceles dejan de ser un instrumento de política comercial para convertirse en una herramienta de negociación estratégica integral.

La lucha contra el BRICS no se libra solo en el terreno de la retórica. Trump ha amenazado con aranceles del 100 por ciento a los países del bloque que promuevan una moneda alternativa al dólar, y ha impuesto un gravamen adicional del 10 por ciento a todas las importaciones provenientes de los Estados miembros por el mero hecho de pertenecer a la organización.

La estrategia estadounidense, según el sociólogo Gabriel Merino, busca “dividir a los BRICS” explotando las divergencias internas que afloraron en la reunión de cancilleres de Río de Janeiro (abril de 2025). Allí, Brasil, bajo la presidencia de Lula, frenó los ímpetus de expansión y de creación de una moneda común, insistiendo en que el bloque “no está contra nadie” y que la prioridad debe ser el comercio en monedas locales, no la sustitución del dólar.

No obstante, el bloque ya ha lanzado BRICS Pay, un sistema de pagos digitales transfronterizos que aspira a convertirse en una alternativa a SWIFT, y continúa aumentando el volumen de transacciones en monedas nacionales, especialmente entre China, Rusia e India. La incorporación de Irán, Egipto, Etiopía y Emiratos Árabes Unidos como miembros plenos, junto con la figura de los “socios BRICS” (Bielorrusia, Bolivia, Kazajistán, Cuba, Malasia, Nigeria), amplía la base geográfica y demográfica del bloque hasta abarcar más del 40 por ciento de la población mundial.

La respuesta de Washington ha sido bifronte: por un lado, coerción arancelaria y presión diplomática directa; por otro, ofertas de acceso privilegiado al mercado estadounidense para aquellos países que se desmarquen del proyecto desdolarizador. La “ingeniería política” de la Casa Blanca, según analistas brasileños, apunta a “volver irrelevante al BRICS sin destruirlo con sanciones”.

¿Qué puede suceder en los próximos meses? Tres escenarios se dibujan con distintos grados de probabilidad.

Primero, puede Estados Unidos lograr acuerdos tácticos con China para estabilizar Ormuz, a cambio de concesiones comerciales limitadas. Los BRICS avanzan lentamente en integración financiera, sin confrontación abierta. La economía global crece, pero con volatilidad persistente y precios energéticos elevados.

Otro escenario podría ser donde la crisis de Ormuz se prolongue más allá de junio, disparando aún más los precios energéticos y desatando recesión. Washington endurece sanciones, Pekín y Moscú aceleran la construcción de alternativas institucionales. El mundo se divide en bloques económicos y tecnológicos competidores, con cadenas de suministro paralelas.

Y un tercero podría avistarse desde la presión de la crisis que obligaría a una renegociación del orden global. Surgen mecanismos multilaterales híbridos, con mayor peso del Sur Global. El dólar mantiene su preeminencia, pero comparte espacio con otras divisas y sistemas de pago. La gobernanza energética y financiera se redefine mediante consensos mínimos.

La realidad es incierta puesto que Donald J. Trump es, en muchas ocasiones, impredecible y pone en duda el futuro de todo un planeta.

El reloj avanza. El mundo observa. Y la historia, como siempre, espera a quienes sepan leer sus silencios y actuar con la prudencia que exigen los tiempos de incertidumbre.

Dileán Sousa

Texto de Dileán Sousa
Licenciado en Comunicación Social

Escambray se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social, así como los que no guarden relación con el tema en cuestión.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *