Kilo-12 adentro (+infografía)

Al norte de la ciudad de Sancti Spíritus nació este populoso y emblemático barrio, cuyos orígenes datan de las primeras décadas del siglo XX

Unas 15 000 personas residen en esa área de la capital provincial. (Foto: Vicente Brito/Escambray)

Aseguran que un comerciante con luz larga —emprendedor, le calificarían hoy— erigió una bodega justamente en el kilómetro 12 del ramal ferroviario Sancti Spíritus-Zaza del Medio, a principios de la centuria pasada en un punto de la zona norte de la ciudad, y la tienda, bautizada con el apelativo de Kilo-12, adquirió tanta celebridad, que le cedió su nombre al barrio; allí la gente levantó sus casas a como pudo y, sobre todo, sujeta a magros jornales.

Para algunos coterráneos, Kilo-12 lleva la marginalidad en sus genes; otros se niegan a admitirlo y aluden, por ejemplo, al proyecto La Colmenita, radicado en esa barriada y cuyas puestas en escena trenzan música, danza y teatro para esculpir la bondad, el alma buena que habita en cada quien; en fin, para hacernos mejores seres humanos.

De historias de ayer y hoy habla Gilberto Rolando Broquet León; nacido y criado en calle tercera hace 60 años, este líder del Comité de Defensa de la Revolución 8 y la zona 102, Vanguardias Nacionales de esta organización de masas, cuenta con hostal, uno de los muchísimos negocios privados abiertos en ese reparto de la capital provincial.

Dicen los lugareños que en la calle Céspedes ——de la línea ferroviaria a la rotonda—, usted puede comprar todo lo inimaginable; hasta espejos traídos por un holguinero. Dicha posibilidad se agradece, pero al son de esta, medran algunos cuantos, riéndose de sus obligaciones fiscales, a la sombra de la tolerancia institucional.

Tampoco, nada justifica aquellos precios que pisotean la decencia, el sentido común en tiempos de tantas crisis: económica, energética… y de valores. Es un paisaje selvático no exclusivo de Kilo-12 y que mantiene en ascuas a las familias más vulnerables; afortunadamente, identificadas en el Consejo Popular.

Contrasta esta realidad que estalla ante los ojos con la vocación de los trasnochados doctores, doctoras, enfermeras de abrir los consultorios a su cargo cada mañana, fieles al juramento hipocrático; contrasta con el obrar de maestras y maestros de la Escuela Primaria Manolo Solano, quienes, a sabiendas de que la electricidad acaba de venir después de casi 12 horas de apagón, ellos deciden continuar frente al aula, y dejan escapar la posibilidad de adelantar el cocinado del arroz o de ablandar frijoles.

Alienta, además, la experiencia vivida por estos reporteros al cruzar la línea ferroviaria que anuncia que acaban de ingresar en los dominios de Kilo-12. Al percatarse del andar medio torpe entre los rieles, del periodista que intentaba orientarse con su bastón —quizás su mejor espejuelo—; una vocecilla de unos 10 años, no más, salió de la nada.
—Señor, lo ayudo.

Y su mano derecha tomó el brazo izquierdo del reportero.

—Gracias, gracias. ¿Y dónde tú vives?

—¡Aquí, en Kilo-12!

Rosa Blanco y Enrique Ojito

Texto de Rosa Blanco y Enrique Ojito

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