Cuando, tras bambalinas, Marcelo Lamas conoció que la gala donde interpretaría su música también homenajeaba el Día Internacional contra la Homofobia, la Bifobia y la Transfobia sudó frío. Pensó que el público no entendería sus acordes guajiros. Respiró. Acomodó el laúd entre sus brazos como se toca al primer amor. Dejó correr sus dedos por las cuerdas y el teatro se puso de cabeza.
“Se levantaron de sus asientos y comenzaron a hacerle ovaciones sin parar. Gritaban: ‘¡El rey del laúd! ¡Lo mejor de lo mejor!’. Fue un momento único, lindo, inexplicable que vivimos”, cuenta Idelaine López, intérprete espirituana, quien estuvo muy cerca de él hasta que, por decisión familiar y necesidad de ser atendido por su hija, emigró a Estados Unidos.
Tan conmovida como aquellos espectadores rememora esa y otras muchas anécdotas, tanto en suelo nacional como internacional. En todas estuvo su música afinada con el alma. Derroche de pasión, virtuosismo y vocación de servir.
“Ejecutaba el laúd, al que le nombraba su novia inseparable, como si fuera música para los dioses. Me impulsó en mi carrera. Me enseñó a amar y a respetar la música campesina. Un día me sorprendió pidiéndome hacer un disco, donde le pusiera mi voz. Y así fue. En 2016, vio la luz Guajira soy, con varios temas de su autoría. Me sobran los motivos para decir que quiero y querré por siempre a mi Pototo”.
Y el dolor llama a la pausa. Desde que el pasado 15 de enero Marcelo Lamas, el también conocido rey del tres y el laúd, se despidió del mundo de los mortales, la voz de Idelaine López se ha escuchado poco.
Similar le sucede a la música campesina cubana. Suspira sin consuelo. Los acordes más auténticos del laúd lloran. El guajiro reyoyo de San Ambrosio, en el corazón del histórico Escambray, con 82 años recién cumplidos ha provocado un silencio en la cultura espirituana y nacional; solo posible de romper con la defensa de su legado, distinguido por la maestría que bautiza a los artistas de etiqueta.
De la familia heredó la humildad y la pasión por la tierra. Ni cuando recorrió medio mundo o mereció homenajes en eventos de renombre perdió esas esencias.
Y es que llegaron al mismo ritmo en que conoció el tres como estímulo maternal para que, aun sin perder la forma física de un niño, hiciera parir la tierra como ayuda a la familia. Dos tíos, hombres de manos con surcos profundos por el trabajo fuerte bajo el sol, le presentaron la magia de los guateques.
Desde entonces, ni la fatiga tras detener el tractor y la guataca le hizo poner a un lado la música. Se volvía fiesta cada acorde arrancado a oídos, a talento…
Así llegó a Los Pinares. Según Sayli Alba Álvarez, la cronista más sistemática de la música campesina espirituana, se convirtió en un pilar imprescindible de esa agrupación, la cual dirigió tanto en presentaciones en grandes y pequeños escenarios como en estudios radiales.
“En el año 1968, quien interpretaba el laúd en ese proyecto se fue a trabajar al campo y, por primera vez, Marcelo lo tuvo en sus manos. El músico Edelberto Rodríguez me contó que tocaba todo el día y en todas partes. Se convirtió en uno de los más grandes y mejores laudistas de Cuba. Sin ir a la escuela, sin que nadie lo enseñara, compuso obras que se consultan en la academia. Sus aportes aparecen recogidos en los estudios de las cuerdas cubanas”.
Aseguran testigos del estreno con ese instrumento que fue amor a primera vista. Aunque confesó muchas veces que se dio unos cuantos cabezazos hasta que, de un asombro a otro, lo convirtió en parte de su vida; una relación que dejó en más de una ocasión boquiabierto a medio mundo por demostrar que es posible al rasgar las seis cuerdas dobles afinadas al unísono por pares, romper las falsas barreras entre lo culto y lo popular.
Así, deslumbró en más de un escenario con sus propios proyectos, primero Los Guanches y, luego Los Lamas. Dignificó con cada melodía la música cubana en varios sitios del mundo.
A unas cuantas millas de su terruño con olor a río correntón entre palmas, en Islas Canarias, se creció como pocas veces se ha visto a un artista. Cuentan que en solo 40 horas dominó a la perfección el cuatro, instrumento de cuatro cuerdas de origen colonial de la familia de las guitarras, el más emblemático del joropo. Lo confirman las melodías grabadas con el proyecto canario 6 y Pto. Lo interpretó como si se conocieran de toda una vida.
Posteriormente, tocaron a su puerta otras importantes grabaciones. Una de las más aplaudidas salió a la luz en 2006, bajo el nombre Punto y Trova, promocionada por la productora Ocora, de Radio Francia.
Trabajar y defender lo más autóctono de nuestra cultura resultaron sus más certeros boletos para ubicarse entre los laudistas de obligada consulta no solo en Cuba sino en escenarios como Francia, Tailandia y otros del área asiática, donde dejó la huella espirituana y cubana.
Tanto así, que los instrumentistas y pedagogos Doris Oropesa y Efraín Amador hicieron en la década de los 80 una parada en su casa, en la barriada de Colón, de la ciudad del Yayabo, para beber de su savia, de sus composiciones, hoy referentes en la enseñanza del tres y el laúd.

MAESTRO DE MAESTROS
Cuando a Victoria Milagro González Hernández, Viky, le pusieron un laúd en las manos, quedó sin habla. ¡Una guitarra chiquita!, pensó con la agilidad de la inocencia de los 10 años.
Al mirar en retrospectiva aquellos días en que los pasillos de la Escuela de Arte Ernesto Lecuona, de Sancti Spíritus, se volvieron su casa, en sustitución de la familiar con raíces más allá de la cabecera jatiboniquense, se encuentra frente a Marcelo Lamas.
“Hizo que me gustara, me acostumbrara, aprendiera… Hoy las clases son con partituras, incluso usamos las tecnologías para mantenernos en constante comunicación con nuestros alumnos, pero el maestro Lamas, a pesar de no tener academia, de no saber leer una partitura, te enseñaba música. Sus clases no se olvidan y estoy segura de que la causa es su maestría como instrumentista”.
Como ella, Yessica Amanda Romero, la única profesora de laúd actualmente del plantel yayabero, añora aquellos días en que, primero, le enseñaba Puntos y tonadas y, luego, interpretaban juntos las piezas.
“Sus clases eran interesantes y, a la vez, exquisitas. Era un profesor bastante exigente, pero jamás dejó de demostrarnos cariño. Eso lo intento poner en práctica en cada clase. Me gusta interactuar con mis alumnos, a semejanza de como él hizo conmigo”.
Tal vez ni él mismo tuvo conciencia de cuán inmenso es su legado en la cátedra de cuerdas pulsadas de la “Lecuona”. Justo por ello se le dedicó la primera edición del Festival de Tres y Laúd, que tuvo lugar en Sancti Spíritus en 2024.
“Tenemos que recordarlo como el más grande entre los grandes”, concluye Yessica Amanda.
De sus enseñanzas también conocieron quienes integraron el taller de repentismo Marcelo Lamas y sus raíces. Sonorizó más de una tarde de sábado en el Museo de Arte Colonial. Tocó en cuanto espacio encontró hasta que sus dedos se lo permitieron.
“Era muy alegre, buen padre, hijo, hermano, amigo. Se daba fácil a querer. Le encantaba ayudar y amaba a los niños. Por eso, su dedicación a la enseñanza, donde jamás dejó de transmitir su amor infinito por la música campesina”, suelta como alivio y refugio al dolor Idelaine López.
Demasiadas razones para no entender por qué la música campesina llora inconsolablemente, por qué la cultura nacional anda marchita como cuando le falta un sentido, un referente. Y por qué se hace magistral la interpretación de María Victoria Rodríguez: “Oye como llora ese laúd por ti / dejaste un vacío en su corazón / está triste el río, está triste el mar / la canción guajira suspirando está…”.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus















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