No por haber nacido el 4 de febrero de 1939 Remberto Lamadrid Bernal podría parecerse a la brevedad de ese mes. Quizá sea porque asumió la vida sin prisa, de un hallazgo artístico en otro, en el disfrute del café y del cigarro, en atrapar en sus ojos claros el mundo al que no parecía pertenecer.
De ahí que no sorprenda que frente a los ojos de muchas personas pudiera crecerse, aparentemente triste, apagado, sin mucho que decir… Pero, simplemente, fue un bohemio, vivió como quiso, como las circunstancias se lo permitieron, como acomodó cada etapa, siempre en la búsqueda constante de oxigenarse, sobre todo, de las artes.
En esa fascinación por la cultura toda, siempre lo encontré. Incluso, en nuestros primeros encuentros en la Galería de Arte Oscar Fernández Morera. Paso a paso recorría la casona con los brazos aferrados a la espalda. Eterna parsimonia.
Vestía de guayabera humilde y pequeña, semejante solo a su estatura física. Bastaron dos o tres preguntas a conocidos para aclarar mis sospechas: detrás del diminuto y delgado hombre se sostenía una historia digna de admirar.
Lo supuse por el cariño y admiración de las entonces jóvenes generaciones de las artes visuales espirituanas. A pesar de su silencio, rompía la algarabía del grupo que por los primeros años de este siglo tenían como cobija segura el patio de la casona, donde pintó Oscar Fernández.
“¡Lama!”, le gritaban al verlo con euforia, como si fuera uno más de ellos. Dibujaba discretas sonrisas ante las anécdotas del grupo bisoño. Bastaba escucharlos con atención para reconocer que sus vínculos tenían años y enseñanzas.
Y es que Lamadrid tomó de las manos a muchas generaciones de espirituanos. Se sostenía sobre la espalda de quienes intentaban encontrar la perfección de los trazos. Se hizo guía necesaria para entender los complejos mundos de la creación.
Sobre los altos de la Plaza del Mercado, hoy faustuoso espacio La Merced, entonces un tanto lóbrego, plantó el Taller de Artes Plásticas. Junto a otro gigante de las artes Juan Rodríguez Paz, El Monje, sembró la semilla de una manifestación con arraigo en esta tierra.
Bodegones, paisajes, experimentaciones… emergieron bajo sus miradas. Muchos de sus pupilos llegaron a la otrora Academia de Artes Plásticas de Trinidad, siguieron paso hacia el nivel superior y muchos se inscriben hoy como autores reconocidos en el ámbito nacional e internacional.
Y es que jamás abandonó su vocación esculpida en los primeros años de la década del 60 al estudiar en la recién inaugurada Escuela Nacional de Instructores de Arte. Fue así hasta su último día. Se entregó avivar los espíritus creativos de otros, mientras detenía los suyos.
No obstante, compartió su firma el Salón Oscar Fernández Morera, el de Pequeño Formato del Comité Provincial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), el de la Ciudad y en los Nacionales de Instructores de Arte.
Se hicieron inconfundibles sus girasoles, hongos y paisajes rurales. Con algunos se tropieza todavía, como parte de las colecciones que prestigian instituciones alejadas del sector cultural.
Pero, más allá de las enseñanzas y la creación, Remberto Lamadrid defendió a ultranza toda expresión de la cultura popular. Era un convencido consumado de que ahí germina lo más autóctono, lo que nos identifica.
Tanto así que hacía pausa en los pinceles en cada mes de julio. Asumió en más de una ocasión la presidencia de la comisión evaluadora de calles enramadas y engalanadas en los tradicionales festejos del Santiago Espirituano. Se le veía en sus galas con la mirada descolgada de los gruesos cristales para no perderse ningún detalle.
Parco, de verbo inconforme y justo, se ganó el respeto. Cada palabra tenía un respaldo en saberes y práctica. La sinceridad y el compromiso se volvieron sus mejores armas. Se presentó como hombre de lecturas, de conocer el mundo, aunque sus obras viajaron sin él hasta distintos puntos del orbe.
Fue así como Remberto Lamadrid Bernal, el espirituano de imagen medieval, quijotesca, de otros siglos, se ganó con creces un espacio de privilegio en la historia de Sancti Spíritus, no solo en el apartado cultural sino en el completo escenario de aportes, ganancias, crecimientos…
Me bastaron los primeros segundos en mi única entrevista realizada casi en el umbral de su despedida de este mundo en 2014 para reconocerlo. Me esperó como lo pactamos en el apartamento de Olivos III, en la ciudad del Yayabo, donde pasó sus últimos tiempos.
Allí, donde la extrema humildad habitó, nos sentamos a conversar café por medio. Nos acompañaron como testigos algunas de sus creaciones y otra que esperaba el punto final recostada al viejo e inclinado caballete, ubicado próximo a su cama.
Entre tantas confesiones me regaló su gusto por el amarillo y el entorno campesino, quizá porque no podía desprenderse de la campiña cabaiguanense que le dio la bienvenida. También me contó de los días del Santiago, de los eventos con el movimiento de artistas aficionados, anécdotas con El Monje, Fayad Jamís y Mario Félix Bernal; de cómo era capaz de reconocer a un artista con solo mirar su primer trazo y cuánto placer sentía al ver después sus obras expuestas en una galería.
Fue una conversación de esas que se disfrutan como el café cuando cae caliente en el paladar, porque escuchar a Remberto Lamadrid Bernal, más que oír cuánto había realizado a título personal, era reencontrarse con un fragmento importante de las esencias más auténticas de esta tierra. Santa palabra.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus

















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