Marcada la opinión pública del planeta por el nefando secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y de su esposa, la primera combatiente Cilia Flores, en la madrugada del 3 de enero, el ciudadano común que sigue la política internacional en cualquier país del mundo no sabe si tendrá la oportunidad de despertar a un nuevo día en un contexto exacerbado por la proyección radical de derecha del actual presidente de los Estados Unidos Donald Trump.
No caigamos en la ingenuidad de olvidar que, aun sin Trump, la situación entre el occidente colectivo y las potencias emergentes ya se movía, aunque a un paso más lento y un tanto predecible, en un rumbo de colisión por la presión ejercida por el primero para mantener sus privilegios y seguir campeando por su irrespeto frente a un grupo de naciones pujantes que buscan defender su derecho a la autodeterminación, la igualdad de oportunidades y el progreso, las cuales se agrupan en el llamado Grupo BRICS conformado en un inicio por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica y que hoy suma a otros países influyentes de Asia, África y América Latina.
No, el peligro existía, pero era más lento y estaba más focalizado en puntos calientes del globo terráqueo como Ucrania, Medio Oriente y el Estrecho de Taiwán. En ese contexto, la llegada del presidente número 47 al poder en enero del 2025, con su promesa de contribuir a poner fin al conflicto que exacerba a Europa, hizo brotar la esperanza de paz en amplias capas de la opinión pública a lo largo y ancho de esta esfera común y prodigiosa que llamamos Tierra.
Pero he aquí que, en medio de un grupo de gestiones infructuosas de mediación entre Rusia y Ucrania, el mandatario yanqui se encontró inmerso en una madeja de contradicciones de todo tipo derivadas del empeño de las potencias principales de la vieja Europa —Inglaterra, Francia y Alemania— de debilitar a Rusia para hacer caer a su líder, Vladimir V. Putin, fragmentar a la Federación Rusa y después imponer sus condiciones a las seis u ocho porciones o regiones resultantes, cuyo estatus pasaría a ser el de meras neocolonias. Esta posición es sustentada además principalmente por Polonia y Letonia, Estonia y Lituania, las tres repúblicas bálticas.
Como resulta obvio, hay mucho de aventurerismo e irresponsabilidad en esa posición de los líderes otanianos, quienes lucran con la guerra entre Rusia y Ucrania, después de haberse prestado a los planes de desquite con ese conflicto, del anterior presidente estadounidense Joe Biden, de la debacle sufrida por Estados Unidos y la OTAN en Afganistán, de donde salieron huyendo de manera bochornosa después de 20 años de agresión.
Hoy Ucrania es un punto de fricción no solo entre Moscú y Kiev, sino también entre los Estados Unidos de Trump y los lideres de la Europa comunitaria, porque un mejoramiento de las relaciones entre Moscú y Washington propiciaría al primero el acceso rentable a combustibles y materiales estratégicos del gigante euroasiático, que podían abrirles además el camino a las regiones árticas para la explotación de valiosos yacimientos de la mano de los rompehielos rusos. Ello sin contar la cooperación en la esfera espacial y otras de su interés.
Los europeos, en cambio, luego de dejarse arruinar por las políticas antirrusas de Biden, quien los presionó para que rompieran sus nexos energéticos con Rusia y les compraran a los norteamericanos el gas licuado de petróleo a un precio tres veces más caro, están llenos de un odio y resentimiento que nubla sus sentidos y que no les permite ver la realidad de una guerra perdida por un régimen corrupto, el de Vladimir Zelenski, que se ha convertido en un barril sin fondo.
Falto de decisión sobre si presionar a Rusia con el envío de misiles crucero Tomahawk a Kiev, con el objetivo de que firme una paz precaria, o al menos acceda a un alto al fuego transitorio que solo beneficiaría a la parte ucraniana —al precio de traspasar una de las últimas líneas rojas de Moscú y acercar la tercera guerra mundial—, Trump reparte su atención entre los otros dos frentes de conflicto, uno entre Israel e Irán y el otro entre China y Taiwán, todos con suficiente material explosivo para desatar una conflagración global.
Una mente racional hubiese deducido que ya son demasiados problemas en la arena internacional como para provocar otros con potencial similar e incluso superior para incitar un choque irreversible entre potencias nucleares. Si se observa con un prisma objetivo, quizá pudiésemos encontrar aquí las causas de por qué Trump odia la guerra en Ucrania y la figura conflictiva de Zelenski, al tiempo que cada vez se siente más molesto con sus “aliados” del Viejo Continente. El hecho llano y simple es que estorban sus propios planes en América Latina y el Caribe, Europa y África, sin descartar a su vecina, Canadá.
Si aceptamos este supuesto, entonces podemos deducir también que, en un contexto económico adverso para Estados Unidos que incentiva sus problemas económicos internos, el mandatario yanqui quiere frenar el desarrollo impetuoso de China y fragmentar a los pujantes BRICS, objetivos que han definido su política de guerra arancelaria internacional, presiones, chantajes, sobornos y agresiones, que han tenido su máxima expresión con lo que ocurre ahora en Venezuela.
Sin ir más lejos, los expertos han venido señalando hace tiempo que lo que busca Estados Unidos con este acoso a Venezuela, pero también a Colombia y México, es apropiarse de las enormes reservas de hidrocarburos del país morocho y sus demás riquezas, para con ese potencial contrarrestar a Rusia, China e Irán, entre otros adversarios y sostener a flote la maltrecha economía del gigante norteño. De manera simultánea persigue también revivir la añeja Doctrina Monroe.
Todo el acoso de meses contra la patria de Simón Bolívar con el pretexto del enfrentamiento al narcoterrorismo encarnado por un supuesto cartel de Los Soles que habría dirigido Nicolás Maduro, ha llevado la situación en la región caribeña a niveles inusitados de paroxismo con las presiones militares de una armada de guerra anclada a pocas millas de la nación bolivariana, los letales ataques a embarcaciones sospechosas de transportar drogas y el despliegue de miles de marines en Puerto Rico, Trinidad y Tobago y a bordo de los buques, así como el sobrevuelo de aviones de combate muy cerca del territorio del país hermano.
En ese ambiente sostenido para provocar el desgaste y la desmoralización del gobierno chavista de Maduro y suscitar una explosión popular aconteció el secuestro del presidente y su esposa con una poderosa operación comando minuciosamente preparada que causó la muerte de 32 internacionalistas cubanos y al menos 25 venezolanos, en lo que constituye un acto que viola todas las leyes internacionales, las leyes venezolanas y las de Estados Unidos, pues se ejecutó sin la aprobación del Congreso, como establece la Constitución estadounidense en estos casos.
Según una mayoría de analistas, Donald Trump ha pasado a una fase de su política muy peligrosa, por cuanto implica el irrespeto de las leyes internas de su país, vulnerando los principios democráticos y, al mismo tiempo, viola las leyes internacionales y las normas de convivencia entre naciones, algo en extremo riesgoso frente a naciones que suman miles de ojivas nucleares con sus correspondientes vectores. Lo que hace el actual inquilino de la Casa Blanca es, en esencia, terrorismo de estado, y esto pone en riesgo inminente la paz mundial.
En su afán por precipitar la caída del gobierno chavista, con o sin Maduro, Trump ha introducido la piratería como práctica cotidiana, al apropiarse por la fuerza de barcos tanqueros de Venezuela, Irán y otros países, en algunos casos con millones de barriles de petróleo a bordo, lo que, inevitablemente, no puede ser aceptado por naciones soberanas afectadas por ese flagelo propio de los siglos XVI y XVII, pero inadmisible en este siglo XXI por constituir un acto de guerra.
Por este camino llegó Trump este 8 de enero a ordenar el abordaje y apropiación de un barco de bandera rusa contra las advertencias y pedidos de Moscú, lo que de seguro va a tener consecuencias ante ese hecho inadmisible ante el cual la inacción devendría humillación e incitación a que se repita.
Naturalmente que todo tiene un límite. La actuación irresponsable y de corte fascista del magnate presidente en todos los ámbitos, pero sobre todo en el escenario interno, al margen de las leyes, le ha acarreado la oposición creciente de una mayoría de congresistas en la Cámara de Representantes, tendencia que se abre paso también en el Senado, lo que pudiera llegar a un impeachment o a presiones que no dejen otro camino al fascistoide personaje que la renuncia.
Mientras el Congreso parece avanzar en esa dirección, la Corte Suprema de Justicia (CSJ) está en franco conflicto con Trump y su entorno por la vulneración sistemática de la ley y sus excesos en el ejercicio de las prerrogativas presidenciales. La situación ha llegado al extremo de que la CSJ ha estado a punto de dictar desacato contra él, luego de sucesivas ofensas, presiones y amenazas.
En este contexto se inscribe el secuestro del mandatario venezolano Nicolás Maduro, recluido junto a su esposa Cilia Flores en una prisión en el barrio neoyorquino de Brooklyn. En una primera vista con el juez para presentarle los cargos en su contra, Maduro subrayó que es el presidente de Venezuela, se declaró inocente y dijo que había sido secuestrado violentamente de su casa y que se considera un prisionero de guerra.
Ya la corte asumió la falacia del supuesto cartel de Los Soles, al que consideró una entidad inexistente. Trump, para no quedarse atrás, reconoció en sucesivas declaraciones que el motivo principal de su acoso a Venezuela es el petróleo, controlar sus riquezas en general y expulsar de ese país a las empresas rusas, chinas, iraníes y cubanas —que sí pagan el crudo en lo que vale— para dejar al imperio yanqui como único propietario.
Tal posición, además de provocar una ola de repudio en Venezuela, pero también mundial y en los propios Estados Unidos, ha tenido la virtud de dejar desnuda moralmente a la oposición interna de derecha, pues han quedado en evidencia como lo que son, traidores a su patria, a Bolívar y a la América Nuestra, en su condición de agentes de una potencia extranjera.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus










No pueden con el éxito de Trump, todo le sale bien. Lo q ha logrado y logrará en Venezuela será el mejor ejemplo.