Escribo desde la niña que soy

María del Rosario Basso se ha ganado, texto a texto, la admiración de los lectores de distintas generaciones

Como parte del capítulo espirituano de la más reciente Feria Internacional del Libro, se publicó su título Güijes, güijadas y güijaditas, bajo el sello de Ediciones Luminaria.

Corría cada tarde debajo del palmar de Cagüeira en busca de frutas. Ricos caimitos que ayudaban apagar el calor y la obligaban a saltar de un lado para otro para escoger los mejores. Por ese ir y venir, casi siempre era la última de la prole en cumplir la encomienda maternal:

— Muchacha, ven. Todavía no te has bañado y pareces una güija, escuchaba con sistematicidad María del Rosario Basso.

No entendía mucho a qué se le parecía su imagen de niña despeinada, descalza y con huellas de tierra por casi todo el cuerpo. Hasta que un día se atrevió a preguntar.

“Mi madre no me dio un concepto exacto. Solo me respondió: En esa charca se pueden estar bañando. Miré y no los vi. Pero sentí que había algo allí. Luego, apuntó a una palma talada y añadió que a lo mejor había uno sentado”.

Bastó aquella descripción para que la imaginación de la pequeña María del Rosario tomara vuelo. Los aprendió a ver en cada rincón, a escuchar sus risas alborotadas y a descubrir la ternura en cada una de sus acciones.

“Son seres mitológicos. Tienen cosas similares a los seres humanos. Juegan conmigo. Me acompañan”.

Mucho antes que esos, sus más fieles amigos, se convirtieran en eternas musas, ya esta hija del batey cañero Cagüeira, sin tener conciencia de que era una necesidad, había llevado al papel las palabras entrelazadas con sonoridad y elegancia.

“Tenía cerca de 10 años y quería demostrarle a mi maestro Miguel Ángel Ramírez lo importante que era para mí. Se encargó de mi educación. Fue a buscarme a mi casa para que fuera a la escuela porque un susto me hizo que no quisiera ir más, hasta que él se preocupó y ocupó de tenerme sentada en el aula multigrado que era lo único que podía haber en Cagüeira”.

Soñar con trascender los años iniciales del sistema educativo era casi una quimera. O mejor, como recuerda siempre María del Rosario, “para personas con dinero. En el campo no había nada más”. La economía de su familia apenas podía sostener a todas las bocas del hogar.

“Triunfa la Revolución y surgen las escuelas de maestros Makarenko. Me apunté. Estudié en Minas de frío, Topes de Collantes y Tarará. Justo en ese último lugar, escribí el primer poema que ganó un reconocimiento. Se lo dediqué a la efeméride del 26 de Julio y a Abel Santamaría Cuadrado. Entre los obsequios estaba una colección de libros de Casa de las Américas. Para mí fue una maravilla”.

Con el título llegó a La Mula, en plena Sierra Maestra. Cada 21 días tenía derecho a visitar Cagüeira. Demasiadas añoranzas. Se las ingenió para regresar a tierra espirituana.

“Hablé directamente con el entonces viceministro de Educación en Oriente. Me concedió el traslado y comencé a trabajar en las escuelas Serafín Sánchez y en la otrora Cordillera de Los Andes, de la ciudad espirituana, porque allí tenía para alojarme. Ejercí como maestra hasta el año 1971, cuando nació mi hijo mayor y ya la afectación de una cuerda vocal me impedía desempeñarme como era debido”.

Otra vez María del Rosario Basso volvió a emprender el camino. Estudió Economía y asumió el reto de dominar los números en más de una entidad. A la par le acompañó la literatura.

“Escribí siempre por intuición y por el deseo de leer. Nunca tuve preparación en el mundo de la literatura. En Tarará aprendí, pero era elemental”.

¿Por qué la literatura infantil?

“Los niños ejercen una magia dentro de mí. Me gustan porque son sinceros y nobles. Los mayores, muchas veces, escondemos sentimientos. Hacemos, en ocasiones, teatro para agradar. Cuando el niño no te tolera, te rechaza con la manito, con un gesto del cuerpo o con la mirada.

“Una vez Eduardo Heras León me dijo que no escribía para los niños, sino que escribo desde la niña que soy. Lo más que me gusta compartirles es la décima”.

De la madre que recitaba a oído las extensas décimas aprendidas de vecinos heredó el arte de las rimas. Le nacen de forma espontánea y presentan a los güijes más simpáticos del universo. Basta con hojear Güijes, güijadas y güijaditas, aún con olor a tinta fresca de Ediciones Luminaria, para confirmarlo.

“Maikel José Rodríguez Calviño me había prometido un libro; pero al conocer que, junto a Ramón Luis Herrera, me habían dedicado la edición 34 de la Feria Internacional del Libro en Sancti Spíritus, decidimos entregar ese para que saliera impreso. Fueron pocos ejemplares, pero necesito tenerlo en la mano y no solo de manera digital”.

Mucho antes María del Rosario ya había irrumpido en el escenario editorial. Duende callado (2004), El mundo de los güijes (2006), Poemas breves para una mariposa (2009), Paletas de chocolate (2012) y Hechizos de luna (2014) son algunos de los textos que integran su currículo.

“Muchas personas me dicen que me subvaloro. Y pienso que sí porque hubiera podido hacer más, no en belleza, pero sí más. Tengo libros que no se han podido organizar por falta de tiempo y es que he dedicado toda mi vida a la familia”.

La grandeza de su obra ha inspirado las páginas de textos de estudio sobre literatura infantil y sobre décima cultivada por mujeres. El doctor en Ciencias Literarias Ramón Luis Herrera en una de sus publicaciones calificó su escritura como poseedora de “un talento vigoroso”.

¿Cómo sueña que sea el encuentro del público infantil con sus textos?

“Que me descubran con la ternura que escribo. Siempre pienso mucho en ellos. Me hubiera gustado que de niña alguien me hubiera dicho las cosas que pongo en un papel. Mi obra es humilde”.

Y es que esta espirituana vecina del Consejo popular de Colón, en la ciudad de Sancti Spíritus, amante y defensora de los animales, viste eternamente el traje de la modestia. Cuando se presenta frente a los públicos esquiva la mirada y los elogios en busca del refugio más íntimo.

“Después del último libro publicado me han pedido mi poesía para adultos. Pero la salud no me permite responder con prontitud. Lo que sí sé es que amo y vivo por la poesía. Si me la quitan ahora pierdo mucho más la salud que tengo”.

Lisandra Gómez Guerra

Texto de Lisandra Gómez Guerra
Doctora en Ciencias de la Comunicación. Reportera de Radio Sancti Spíritus y corresponsal del periódico Juventud Rebelde. Especializada en temas culturales.

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