El nuevo año, los deseos de Cuba y las ambiciones del emperador

Tras un 2025 en extremo difícil, el 2026 plantea nuevos retos para Cuba, que se mueve entre una crisis económica profunda, las amenazas de Donald Trump y la determinación de preservar su soberanía

Ilustración: Osval

Agobiados por un 2025 extremadamente duro, con una reducción drástica del poder adquisitivo debido a los precios altos en demasía, escasez o carencia de la mayoría de los insumos necesarios para vivir —particularmente de alimentos y medicinas— y con falta de servicio eléctrico la mayor parte de cada uno de nuestros días, los cubanos ciframos nuestras esperanzas de un “respiro” en el 2026.

El año que se iba descolló también por una epidemia inesperada: el virus de chikungunya afectó a una parte importante de los habitantes del país y, junto a otros que también circulan y afectan a la ciudadanía, contribuyó a que la calidad de vida se resintiera sensiblemente.

Acostumbrados a que las cosas no nos resulten fáciles, no aspirábamos a un año nuevo mucho mejor, aunque sí a que fuera, cuando menos, no peor que el período precedente. La esperanza, sin embargo, duró apenas dos días. Al tercero, la noticia al despertar sonaba a bola callejera, pero era dolorosamente cierta.

Fuerzas de los Estados Unidos, armadas a más no poder por orden del presidente de ese país, sin previa consulta ante el Congreso que debía aprobar la decisión y empleando la más sofisticada tecnología, invadieron Venezuela, secuestraron al presidente constitucionalmente electo y a su esposa, y dejaron como saldo más de 100 víctimas mortales, muchos heridos y una significativa destrucción en varios estados.

Cualquier incauto podría pensar que, al suceder lejos de Cuba, el hecho, constitutivo de una gravísima violación de las más elementales normas de convivencia internacional, no debería afectarnos mucho. Pero sucede que afecta al mundo entero, y con un principio de 2026 así no cabe esperar noticias halagüeñas, en primera instancia porque el mismo presidente que mandó a atacar Venezuela, con pretextos que ya han quedado al descubierto, ha amenazado con hacer algo similar en otras naciones del mundo, entre las que alude directamente a México, Colombia y Cuba, y ha declarado que no le importa el derecho internacional.

Su estado mental, el de alguien sin límites obsesionado con seguir incrementando su propio poderío al precio que sea necesario —para los demás, vale aclarar— parece indicar que podría, efectivamente, cumplir sus amenazas. Así, las probabilidades de un mañana totalmente incierto penden sobre nosotros, ahora mismo, como peligro a no desdeñar, mientras nos preparamos, sin dejar de vivir la cotidianidad, en aras de que, de llegar a suceder, dicha invasión no resulte un paseo para los agresores.

Cuba recibió el pasado 3 de enero un duro golpe como resultado de las ansias imperiales de Donald Trump. La pérdida de 32 valiosos compatriotas que se encontraban colaborando con el hermano país,  por solicitud de aquel gobierno, vino a confirmar una vez más el carácter fascista y genocida de la actual administración estadounidense, a enardecer el sentimiento patriótico del pueblo nuestro y a recordarnos las advertencias de José Martí, Fidel Castro y Ernesto Che Guevara acerca de la voracidad del imperialismo y la necesidad de no ceder jamás ante él.

El acoso de más de 60 años contra nuestro país por parte de los Estados Unidos, comúnmente llamado bloqueo económico, comercial y financiero, se ha arreciado a tal punto que el propio Donald Trump, eufórico por su presumible victoria en Venezuela, ha declarado que no cree se pueda ejercer mucha más presión sobre la isla, salvo “entrar y destruir el lugar”. Y, tras asegurar que dispondría de los recursos naturales del país invadido, ha dicho que, a partir de ahora, para Cuba, cero dinero y cero petróleo, en alusión a las relaciones históricas de colaboración entre Cuba y Venezuela, uno de los principales socios comerciales nuestros en Latinoamérica y el mundo.

La vida continúa en el archipiélago, blanco de la ambición de los sucesivos gobiernos estadounidenses debido a su posición estratégica en el Caribe, y debido, también, a la reiterada frustración de los innumerables intentos por socavar la estabilidad del país e instaurar aquí un gobierno a su conveniencia.

Dolido por Venezuela, a la que Cuba ha ayudado, como a otras naciones, a través de esfuerzos para consolidar e impulsar allí los servicios de Salud, educacionales y en otras esferas de la vida económica y social, el verde caimán continúa respirando y tratando de avanzar.

La gente sigue su rutina: trabaja, estudia, potencia las investigaciones para ponerlas al servicio de la sociedad, produce. Muchas cosas no marchan bien y el propósito es corregirlas. En esa intención se ha errado más de una vez y el reto ahora es no volverse a equivocar.

La gente se ayuda mutuamente, se sobrepone como puede a las adversidades, que parecen no acabar. Algunos albergan más fe en el futuro que otros, porque nadie reacciona igual y porque los ánimos de no pocos están sujetos al vaivén de lo que se publica en redes sociales de internet, muchas veces movidas por una mano peluda que desembolsa millones con tal de ver a Cuba hundida, y que aprovecha hasta la mínima oportunidad para desalentar, desacreditar, dividir.

También, muchos confían, aguardan, hacen. Muchos están atentos al acontecer en el mundo y saben que del gobierno de los Estados Unidos no cabe esperar ninguna ayuda que no busque, por detrás, socavar la soberanía, subyugar al país del que se apropien e instaurar allí exclusivamente sus reglas, muy alejadas del mejoramiento humano y de la satisfacción de las necesidades reales de la ciudadanía.

Las bombas no tienen nombre, y eso ha quedado perfectamente claro donde quiera que se ha producido una invasión armada lanzada desde el norte —el que conocemos por su faceta conquistadora—, siempre guiada por “fines pacíficos”.

El suceso en extremo triste que marcó el comienzo del año, además de sentar un precedente muy negativo para todo el mundo, para Cuba significa que el 2026 deberá ser más difícil que el año anterior, porque junto al propósito de seguir viviendo con la soga al cuello, ahora más apretada que antes, deberemos tener los ojos bien abiertos, particularmente en lo relativo a la preparación para la defensa del país, por si el “emperador” intenta saciar aquí sus apetitos.

Delia Proenza

Texto de Delia Proenza
Máster en Ciencias de la comunicación. Especializada en temas sociales. Responsable de la sección Cartas de los lectores.

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