El paso de Humboldt por Trinidad

Acompañado por botánico francés Aimé Bonpland, el llamado segundo descubridor de Cuba arribó a la villa el 14 de marzo de 1801, por el embarcadero del río Guaurabo

Alexander de Humboldt y Aimé Bonpland en su exploración de la selva amazónica, pintados por Eduard Ender (1822-1883) en 1856.

Alejandro de Humboldt, considerado por el filósofo José de la Luz y Caballero como el segundo descubridor de Cuba, fue un sabio alemán que no solo transformó la ciencia moderna con su visión de la naturaleza, sino que dejó una huella imborrable en nuestra isla.

Este geógrafo, naturalista y zoólogo, inició en 1799 una expedición de cinco años por América junto al botánico francés Aimé Bonpland, que los llevaría a lo largo de diferentes culturas, pasando por Cuba en dos ocasiones.

Humboldt y Bonpland partieron del puerto de La Coruña, en Galicia, el 5 de junio de 1799, con permiso especial del rey Carlos IV de España, para visitar las colonias. Tras una escala en las Islas Canarias, llegaron a las costas de Venezuela, donde exploraron los llanos y el río Orinoco, para demostrar su conexión con los sistemas fluviales del Amazonas.

En diciembre de 1800, pisarían por primera vez tierra cubana, en el puerto de La Habana. Durante su primera estancia en la isla, Humboldt se dedicó  a explorar La Habana y sus alrededores (Managua, Bejucal, el Valle de Güines y Batabanó).

Su sed de conocimiento lo llevó a mantener conversaciones con intelectuales criollos como Francisco de Arango y Parreño y el doctor Tomás Romay Chacón, lo que enriqueció su perspectiva sobre la sociedad y la economía de su colonia.

Casa donde se hospedaron Humboldt y Bonbland durante su visita en Trinidad.

Las investigaciones realizadas por Humboldt en Cuba ampliaron los conocimientos del territorio nacional en diversas ramas como la geografía, las comunicaciones, la flora, la fauna, el clima, los suelos y la fabricación de azúcar. Incluso, confeccionó un mapa con mediciones exactas de la latitud de varios puertos y ciudades, entre ellas las de La Habana.

Antes de abandonar por primera vez la isla para continuar su paso por América, Humboldt y Bonpland tuvieron una breve estancia en la villa trinitaria, a la cual arribaron el 14 de marzo de 1801 por el embarcadero del río Guaurabo, con el objetivo de abastecerse de agua.

Dos comerciantes catalanes que se encontraban en el lugar los invitaron a conocer la villa y, montados a la grupa de dos caballos, recorrieron el camino que unía la costa con Trinidad, a legua y media de distancia.

Los visitantes, asombrados por el paisaje, saltaban con frecuencia de los animales, haciendo preguntas y tomando anotaciones acerca  de la flora, los insectos, los caracoles y el suelo. Se dice que quedaron sorprendidos por la belleza de la Miraguana, una palmera de hojas plateadas que desconocían.

En Trinidad, presentaron sus credenciales reales y fueron hospedados por don Antonio Muñoz —administrador de la Real Hacienda— en su mansión, ubicada en la calle Cristo, entre Rosario y Cañada, cerca de la Plaza de la Constitución, donde hoy existen una tarja y una gran cruz, a modo de evocación del hecho. Entre otras acciones, realizaron mediciones astronómicas, estudiaron la geología de la zona y participaron en tertulias con la élite local.

Humboldt reconoció, al siguiente día, la caliza negra de las sierras de Trinidad, y calculó la altura de la loma La Popa.  Por la noche, el Ayuntamiento les facilitó el viaje hasta el puerto del Guaurabo en un quitrín forrado en damasco carmesí.  En el trayecto, quedaron admirados por la gran cantidad de cocuyos que iluminaban la noche, como en ninguna otra parte del mundo; y ese día continuaron su aventura por el continente.

Acerca de la visita de estos hombres, se cuenta que el alcalde de trinidad, al reunirse con el gobernador de la isla, el marqués de Someruelos, comentó con cierto desdén que Humboldt y Bonpland no parecían tan sabios, pues solo se dedicaban a observar, recolectar y tomar notas. Ante ello, el gobernador respondió con una frase que evidenciaba la ignorancia del alcalde: “Burro eres, burro serás y en burro te convertirás”.

Entre las experiencias de estos científicos, no solo se deben destacar todos sus estudios, sino el encuentro con diferentes personas y culturas. Documentaron las condiciones de vida de las poblaciones indígenas y se mostraron críticos con la esclavitud. La expedición fue una gran hazaña que requirió de guías y porteadores locales para transportar decenas de cajas a través de junglas y montañas con miles de plantas y especímenes recolectados.

En abril de 1804 arribaron nuevamente a Cuba, en una visita corta, de apenas un mes de duración, antes de continuar a México y Estados Unidos, para finalmente regresar al viejo continente.

A su regreso a Europa, la prioridad de Humboldt y Bonpland fue procesar y compartir el inmenso tesoro científico acumulado, aunque sus caminos pronto se separaron.

Humboldt se instaló en París, el centro científico de la época, y dedicó el resto de su vida y su fortuna a publicar los resultados de la expedición. Sus escritos, que combinaban datos científicos con descripciones literarias y un detallado atlas con grabados de paisajes y monumentos, reinventaron la imagen de América ante los ojos de los europeos y de las propias élites criollas.

Bonpland, por su parte, después de conocer a Simón Bolívar en 1814, decidió regresar a Sudamérica, donde se instaló en Buenos Aires para continuar su viaje cerca de la botánica por esa región del mundo.

Manuel Lagunilla González

Texto de Manuel Lagunilla González

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