En Fidel había un Martí, un Maceo y un Máximo Gómez

En el centenario del natalicio del líder histórico de la Revolución cubana Fidel Castro Ruz, Escambray evoca su legado a través de las vivencias de Jesús Gilberto García Alonso, uno de los expedicionarios del yate Granma

Jesús Gilberto García Alonso, expedicionario del yate Granma. (Foto: Ismael Batista Ramírez)

Alguien hizo la observación: “Si Homero hubiera vislumbrado la dimensión de la hazaña de los expedicionarios del Granma, supiera que su odisea tiene paralelos en la historia”. Jesús Gilberto García Alonso, uno de los 82 hombres que acompañaron al líder histórico de la Revolución cubana en esa tortuosa travesía, trajo de vuelta una y otra vez en sus memorias al Fidel Quijote, al convencido timonel de un barco que jamás zozobró.

CONOCER A FIDEL

“Siempre fui un rebelde; esa actitud germinó en mí por naturaleza”, afirmó en entrevista a esta reportera Jesús Gilberto, fallecido el 28 de noviembre de 2025; el hijo de un empleado de ferrocarriles y de una madre ama de casa, quienes junto al pan y al buchito de café en su hogar de Luyanó, le hablaban en lenguaje humilde de José Martí y de todo el oro interior que había en su alma.

“Las ideas martianas fueron las que me hicieron coincidir con Fidel en las luchas juveniles, estudiantiles y en la Juventud Ortodoxa.

“Cuando Fidel hablaba con la gente, convencía”, aseveró este combatiente, el herrero soldador que, en 1950, mientras trabajaba en el muelle de la Vaccaro Line, organizó un sindicato de empleados que le costó el despido y un proceso legal que, casualmente, lo acercó al doctor Fidel Castro Ruz, a la postre, su abogado defensor en la reclamación puesta ante el Ministerio del Trabajo. Con su verbo bien plantado y sentido de justicia, el joven abogado logró la restitución en el puesto.

Gilberto resultó uno de los jóvenes que al producirse el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 acudieron a la Universidad de La Habana para protestar y mostrar su decisión de luchar contra el dictador Fulgencio Batista.

Como a otros tantos convencidos, se le vio desafiar el escenario de la Cuba de entonces: ciudades con violencia y tintes sobrecogedores, hombres con uniformes de amarillo, fusiles, pistolas, ametralladoras. Detenciones, torturas, vejaciones, asesinatos a luchadores clandestinos.

En medio de ese panorama, Gilberto participó en la organización del asalto al Cuartel Moncada y, después de esos sucesos, mantuvo contactos con algunos sobrevivientes y ayudó en las colectas y en la compra de armamentos para el reinicio de la gesta de liberación nacional.

Luego de dictada la amnistía por el Gobierno y, por consiguiente, la salida de Fidel y el resto de los asaltantes del llamado Presidio Modelo, de Isla de Pinos, el 15 de mayo de 1955, y de organizarse el Movimiento 26 de Julio, Gilberto se integró a sus filas.

En junio de 1956 fue enviado a México, donde se sumó a los preparativos, liderados por Fidel, de la expedición del yate Granma; travesía histórica que marcó el inicio de las luchas guerrilleras que culminaron con el triunfo de la Revolución Cubana el primero de enero de 1959.

La epopeya del Granma demostró la grandeza de Fidel como líder, según Jesús Gilberto García. (Foto: Montaje tomado de Internet)

TRAVESÍA HOMÉRICA

Madrugada del 25 de noviembre de 1956. Bajo la lluvia, el yate Granma parte desde el puerto de Tuxpan, en México. A bordo de aquella cáscara de nuez, 82 hombres que no venían a Cuba precisamente en viaje de recreo.

Tormenta en mar abierto, las olas golpean el barco, lo tambalean de un lado a otro. La nave cruje por el sobrepeso, hay roturas en uno de los motores, existe una tupición en alguna parte y el agua entra; durante dos días los cubos van y vienen, los expedicionarios sacan agua sin cesar. La embarcación puede zozobrar en cualquier momento; pero todo pasa. Ya lo dijo Norberto Collado, capitán y timonel de aquel yate: “De existir los milagros, el del Granma es el mayor que he visto”.

“Todo parecía indicar que aquella nave tan pequeña no podía luchar contra la naturaleza; sin embargo, lo hizo”, expresó Jesús Gilberto García Alonso, para quien los episodios de la Odisea de Homero parecían repetirse, salvando la distancia de tantos siglos.

“La noche que partimos de Tuxpan había mal tiempo. Ocupamos nuestros lugares en el barco, no quedaba más remedio que sentarse en un rincón porque el espacio resultaba muy pequeño. Éramos 82 hombres, algunos traían hasta maletines con ropa porque no sabían que ese sería el día de la partida hacia Cuba; a eso sumaron 12 barriles de combustible de 55 galones, 13 sacos de naranjas, las armas, los uniformes, las botas… En aquellas condiciones era muy difícil que el yate no naufragara.

“Recuerdo que a causa de los vómitos y mareos que teníamos casi todos los compañeros a bordo, una de las descargas que había para el aseo se trabó y por ahí, en lugar de salir el agua del desperdicio, entraba la del mar, hasta que se descubrió que esa era la causa; pero estuvimos dos días sacando agua.

Usted ha contado que lo más difícil de su vida ha sido no saber nadar y estar en esa embarcación sacudida por olas de hasta 6 y 7 metros de altura...

No sé nadar todavía, y uno de los temores que siempre he tenido es el de morir ahogado; esa vez tuve un miedo muy grande de no poder seguir en la lucha revolucionaria y morir en esas condiciones.

¿Tuvo usted alguna vivencia cercana al Che durante la travesía?

Cuando le faltaba el aspirador de cristal con el que él se administraba su medicina para el asma, porque lo habían pisado en el molote aquel que había en el barco. Se le cayó y sin querer alguien lo pisó. Estaba con un ataque de asma enorme.

¿Fidel llegó a dirigirse en algún momento a los expedicionarios en medio de aquella tormenta?

En el momento en que se entregaron las armas y los uniformes. Fidel estaba emocionado y nos habló de lo que significaba aquel uniforme y aquella arma para luchar contra la tiranía y el sistema imperialista.

Era impresionante verlo engrasando algunas de las armas y preparándoles la mirilla, porque fundamentalmente tenía que regular las mirillas de los fusiles de largo alcance, había fusiles de mirilla para más de 60 hombres, de los 82 que íbamos en aquel barco.

¿Cuál fue la noche más agitada de la travesía?   

Horas antes del desembarco cayó un hombre al agua, Roberto Roque Núñez, él había subido al techo para ver si descubría el resplandor

del faro de Cabo Cruz; pero con el oleaje que había el yate dio un bandazo y Roque cayó al mar. Inmediatamente, Fidel ordenó apagar los motores. Empezamos a buscarlo, a dar vuelta y vuelta y el hombre no aparecía y le gritábamos: «Roooqueeee, Roooqueeee»; entonces, le dijeron a Fidel: «No hay forma, no aparece. Hay una oscuridad tremenda, es muy difícil localizarlo».

—Pues de aquí no nos vamos hasta que no lo salvemos, no es posible irnos, es un compañero y todos tenemos derecho a la vida.

Aquellas palabras de Fidel animaron a todo el mundo y volvimos a gritar: «Roooqueeee, Roooqueeee», hasta que escuchamos una voz casi sin fuerza: «iAquí!, ¡Aquí!». Eso fue un milagro. Con las luces de las linternas lo alumbramos, lo rescatamos y, ya arriba, dijo con lo que le quedaba de voz: «¡Viva Cuba Libre!». Aplaudimos, se nos salieron las lágrimas y todos empezamos a cantar el Himno Nacional. Eso fue tremendo.

Con aquella orden de persistir en la búsqueda de Roque, ¿cuánto creció la imagen de Fidel ante los ojos de ustedes, los expedicionarios?

Algunos compañeros no tenían total conocimiento de quién era Fidel, había sólo simpatía; pero en aquellos momentos, con su actitud de buscar y buscar aun cuando parecía que ya no había alternativa, se llegó a la convicción de que era un verdadero dirigente y un gran ser humano. La insistencia de Fidel salvó a Roque.

El tiempo se encargó de demostrarnos que Fidel era único. En él se materializaron nuestras luchas mambisas. En Fidel había un Martí, un Maceo y un Máximo Gómez.

Arelys García

Texto de Arelys García
Máster en Ciencias de la Comunicación. Reportera de Radio Sancti Spíritus. Especializada en temas sociales.

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