En el corazón de la casa de abuelos Esperanza de Vivir, de Trinidad, Gisela Borrell Quesada escucha historias que otros ya no tienen tiempo de oír, rescata recuerdos y devuelve la nobleza a almas cansadas, a veces rotas.
Ella es trabajadora social desde hace tantos años que ya no se cuentan con números, sino con rostros: los que ha acompañado, los que ha consolado, los que ha despedido con la ternura de una hija.
Su presencia es un hilo invisible que cose las grietas del olvido. Y en cada gesto suyo hay una promesa: la de que la dignidad no se pierde con los años, que la compañía puede ser tan vital como el aire, que las canas y las arrugas se llevan con orgullo.
Gisela se graduó en 1982 y desde entonces ha hecho de la labor social un sacerdocio.

“Comencé a trabajar en el Hospital de Topes de Collantes Alejandro Rafael León, al frente de un hogar de ancianos pequeño que hubo allí en aquel entonces. Ahí estuve mis dos primeros años de servicio social y esa experiencia confirmó que había elegido bien mi profesión. Buena parte de mi historia laboral se ha vinculado al programa del adulto mayor”.
Lo dice con humildad, porque cada capítulo en la historia de vida de Gisela está marcado por esa cualidad tan hermosa de servir y ser útil. Así evoca los cinco años que permaneció al frente del sindicato municipal de la Salud, una etapa que mostró sus cualidades para convocar desde el compromiso y el ejemplo personal.
Fue un período intenso en el que se convirtió en madre y fundadora de la Casa del Abuelo en el 2012. “Iniciamos con 25 ancianos y fue muy lindo el trabajo”, evoca con nostalgia por los tiempos en que organizó visitas a otras provincias, excursiones, actividades culturales y deportivas. Por ese tiempo también se graduó, con Título de Oro, como licenciada en Rehabilitación Social y Ocupacional

Cino años después le proponen integrar el equipo multidisciplinario de atención geriátrica, perteneciente al policlínico Celia Sánchez.
“Nuestra responsabilidad era atender a los adultos mayores en la comunidad. Es la esencia de mi labor como trabajadora social, en lo que me formé y me apasiona.
“Identificamos varias problemáticas sociales, abuelitos alcohólicos, deambulantes, los intentos suicidas… Detrás de cada historia hay mucho dolor y abandono por parte de la familia”.
Luego de 41 años de servicio en el sector, llegó la jubilación para Gisela.
“A los seis meses ya no cabía en la casa, me sentía incómoda. No puedo estar tranquila, siempre he sido muy activa y extrañaba mi trabajo. Fue entonces que me reincorporo nuevamente aquí a la casa de los abuelos.

“Cuando llegué solo había nueve abuelitos y son 30 capacidades ¿Por qué tan pocos? Una de las cosas que incidió fue el incremento de la cuota a 792 pesos. Entonces me di a la tarea de convencer a algunos de los que se habían marchado y a otros de las ventajas de este tipo de centros. Hoy tenemos casi todas las plazas cubiertas.
“En la institución se les garantiza desayuno, almuerzo, comida y dos meriendas. Cuentan con servicio de enfermería; además, tienen la posibilidad de socializar entre ellos y participar en diversas actividades.
“Tenemos convenios con el Inder, la dirección municipal de cultura y muy fundamentalmente con el turismo. Las instalaciones hoteleras han apoyado todo este tiempo con varios insumos de aseo y para la limpieza del centro. Cada mes organizan un brindis para celebrar los cumpleaños colectivos”.
Se refiere a un concepto esencial en esta etapa de la vida, la salud mental…
Mi rol como trabajadora social es no dejar que caigan en un deterioro cognitivo o detener su avance.
Ellos aquí realizan ejercicio físico lunes, miércoles y viernes. También cuentan con juegos de dominó y de damas. Se debaten temas históricos y de interés nacional, hacemos adivinanzas, completamos refranes para ejercitar su memoria.
Y los últimos viernes de cada mes vamos al Patio Bécquer y participamos de conjunto con la Cátedra del Adulto Mayor del municipio en sus actividades. Tratamos de que se mantengan muy activos.

¿Qué experiencias marcan su trabajo con el adulto mayor?
Esta labor es muy hermosa y sacrificada. Muchos abuelos llegan con falta de afecto porque la familia no les dedica tiempo. Ellos necesitan que les des un abrazo, un beso, preguntarles cómo se sienten. Eso es vital en esta etapa. Siempre se dice que en la vejez se vuelve a ser niño, pero no siempre somos consecuentes con esa frase.
¿Y qué recibe de ellos?
Mucha gratitud. Me ven como una persona cercana dispuesta siempre a ayudar. Trato de que aquí siempre reine la armonía. Esa es mi razón de ser en esta institución porque los abuelos son como faros que iluminan el camino con la luz de su experiencia.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus













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