Ante el llamado para que se quitara de cuajo las trencitas, el cinto y uniforme nuevo entregados, Duniesky Contreras Madrigal, entonces al borde de sus 20 abriles, ni tan siquiera sospechó cuál sería el fin.
“Aquí hay algo raro”, solo se dijo y cumplió estrictamente con la indicación de la directora de la otrora Escuela de Instructores de Arte Vladislav Volkov, en el corazón de la comunidad rural de Tres Palmas, en Cabaiguán.
Se centró en vivir el momento anhelado durante cuatro años: la primera graduación de la formación nacida como fruto de la Batalla de Ideas. En la Plaza Ernesto Che Guevara, de Santa Clara se reunieron los casi profesionales “horneados” en las entonces nuevas 15 instituciones educativas con ese perfil en Cuba e invitados.

“Antes de partir me comentan que era una de las propuestas de ser el graduado más integral de mi escuela. Eso implicaba recibir el título de manos de Fidel. Llamé a mi mamá, pero le aclaré que no creara expectativas. Cerca de cinco horas antes de la ceremonia, el 20 de octubre de 2004, me notificaron que me eligieron por Sancti Spíritus”.
En ese momento no valoró en su justa medida que era un premio a los años de estudio y entrega. Mucho menos, tras haber cumplido con creces la práctica preprofesional en La Sierpe como apoyo a un territorio históricamente en desventaja cuando de formación cultural se habla.
“Desde niño, el arte, específicamente las artes plásticas, me apasionaban. Estuve en los talleres de Mario Félix Bernal y Remberto Lamadrid. Incluso, me presenté a las pruebas de aptitud de la otrora Academia de Trinidad, lo que no aprobé. Vino entonces la oportunidad de la formación de instructores de arte. Reconozco que aposté por ella en ese momento porque creí que era para formar artistas”.
—¿Valió la pena, aunque no fue lo pensado?
—“Claro. En primer lugar, porque creo que todo artista, de alguna manera, enseña y todo maestro, también de alguna manera, es un artista. Por muy poético que lo consideremos, no hay contradicción. Además, tuve un claustro de profesores que me enseñó valores extraordinarios, los que me sostienen y me rodeó un colectivo de estudiantes que actualmente forman parte de mi círculo de compañeros, de amigos”.
UNA NOCHE PARA LA HISTORIA
Mucho antes que la Plaza santaclareña se vistiera con sus mejores galas, específicamente el 17 de mayo del 2000, en reunión del Grupo de Trabajo de la Batalla de Ideas, se aprobó el proyecto de formación de instructores de arte. En el umbral de la Revolución se había creado el programa, pero, por muchas causas, se redujo casi a cero. El contexto obligó a restablecerlo.
“Fue una de las tantas soluciones que se le dio a una etapa extraordinaria desde el punto de vista histórico e ideológico. Se habían disparado las cifras de población joven penitenciaria y de deserción escolar. Entonces, las formaciones de instructores de arte, trabajadores sociales, de profesores integrales de Secundaria Básica, y los cursos de superación integral fueron programas que salvaron a muchos jóvenes, donde me incluyo.
“Quien ve a Duniesky en la Secundaria, tengo que reconocerlo, y lo ve después, son cosas completamente diferentes. Eso demuestra que la formación de instructor de arte me cambió”.
Lo entiende mucho mejor ahora, después de haber vivido bastante para sus cuatro décadas. Profesor en la institución educativa especial Abel Santamaría, de Sancti Spíritus, primer presidente de la Brigada de Instructores de Arte José Martí (BJM) aquí, trabajador del otrora Instituto Superior Pedagógico Capitán Silverio Blanco Núñez, instructor de arte en un Politécnico en La Habana Vieja, al tiempo que integró la dirección nacional de la BJM; más de una responsabilidad como colaborador en diferentes momentos, en la República Bolivariana de Venezuela, viajes oficiales a Argentina y Bolivia, así como la conducción de procesos en centros del sector cultural y el título de Máster en Ciencias, engordan su currículo.
“Aquel 20 de octubre, día que se registra la creación de la BJM,
fue extraordinario por lo que representa. Además, entendí que nada con Fidel era al azar. En los minutos que dialogamos me di cuenta que sabía quién era. Me preguntó cómo me había ido en La Sierpe, y jocosamente si había dejado alguna novia por allá. Le mandó saludos a mi mamá, quien, añadió, debía estar orgullosa de mí.
“También me marcó su humildad y modestia al decirme que en el libro que nos entregaron, compendio de Palabras a los intelectuales, quizá encontrara cosas dichas por él que me pudieran servir. Miré cada detalle de su cara, los lunares. Me llamó la atención su tamaño. Son de las cosas que a uno lo marcan para toda la vida y que, desde ese momento, se convierten en punto de partida para el resto del andar”.
—Esa noche el Comandante en Jefe los nombró “valientes abanderados de la cultura y el humanismo”. ¿A la vuelta de 22 años se cumple?
—“Sigue siendo la idea del Comandante en Jefe, pero tenemos que levantar la bandera de nuevo. Ha ocurrido un grupo importante de distorsiones, sobre todo, relacionadas con el papel real del instructor de arte. No se comprende realmente su función. No es un profesional para suplir necesidades. Tiene que ver con la formación cultural, la capacidad de sostener una identidad y de defenderla.
“Volvemos al contexto donde surgió el programa que junto al resto estuvo dirigido a salvar el alma de la nación”.
Tampoco, este espirituano olvida otra enseñanza de su primera vez bien cerca de Fidel Castro. Como a toda Cuba se le cortó la respiración al verlo caer tras un tropezón al bajar unos escalones del monumento de la Plaza Ernesto Che Guevara.
“Impresionante fue la manera en que se levantó. En medio del llanto y la preocupación de los presentes, pidió, mediante una llamada telefónica, que no se apagara la alegría y prohibió que se suspendiera la actividad recreativa prevista con agrupaciones reconocidas. Transmitió tranquilidad. Se disculpó y volvió a decirnos que estaba muy orgulloso de cada uno de nosotros”.
—Después de esa ocasión y los otros encuentros, ¿con qué características de Fidel te quedas?
—“Con el compromiso de ser consecuente con lo que creo al precio de cualquier sacrificio. Incluso, reconozco que hay compañeros de la misma trinchera que no te comprenden, pero que no necesariamente están en contra tuya. Y me quedo con la idea de que la cultura es la que nos va a salvar a nosotros. Podemos asumir muchísimas alternativas, incluso novedosas, pero no van a ser pertinentes sino responden a la identidad que tenemos que defender”.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus











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