La manigua como refugio: el centro cultural donde los niños cubanos aprenden jugando

El proyecto nació de un sueño compartido, de esas ideas que parecen imposibles hasta que alguien se atreve a ponerles cuerpo

Las áreas del centro son variadas y están pensadas para diferentes intereses y edades. (Fotos: Thalía Fuentes)

En el corazón de La Timba, un barrio antiguo de La Habana que guarda en sus calles estrechas la memoria de varias generaciones, hay un espacio donde el arte no se mira, se vive. Donde la historia no se estudia, se juega. Donde los niños no son espectadores pasivos, sino protagonistas activos de su propio aprendizaje. Donde el asombro no es un lujo, sino una materia prima.

Ese lugar se llama La Manigua.

El nombre evoca de inmediato la espesura cubana, ese territorio salvaje y denso que en la obra de Juan Padrón fue escenario de incontables aventuras. Allí, entre matorrales y caminos de tierra, Elpidio Valdés —ese mambí de cartón, ese manigüero de bigote indomable— libraba sus batallas contra el colonialismo español con una mezcla de humor, dignidad y ternura que lo convirtió en un héroe para varias generaciones de cubanos. Pero aquí, en este centro cultural ubicado en el municipio Plaza de la Revolución, la manigua es otra cosa: no solo un espacio físico, también una filosofía. Un método. Una manera de entender la cultura como un derecho, no como un privilegio.

El proyecto nació de un sueño compartido, de esas ideas que parecen imposibles hasta que alguien se atreve a ponerles cuerpo. Juan Padrón y su hija Silvia imaginaron un sitio donde los valores de la obra del reconocido animador —la cubanía, el humor inteligente, la independencia como horizonte— pudieran transmitirse a las nuevas generaciones.

No se trataba de un museo estático, de esos donde el polvo se acumula sobre los objetos y el silencio pesa como una losa. Tampoco de una sala de cine más, de esas que proyectan sin dialogar. La idea era más ambiciosa: crear un laboratorio creativo, un espacio vivo donde las infancias pudieran experimentar, equivocarse, aprender y divertirse al mismo tiempo. Un lugar donde el arte no se consumiera, sino que se fabricara.

Idianelys Santillano, coordinadora de proyectos de La Manigua, lo explica con claridad: “La Manigua fue un sueño, una idea que tuvieron Juan Padrón y Silvia. A partir de la obra que Juan había realizado para las infancias, relacionada con los audiovisuales, pensaron en crear un espacio que, sobre la base de esos mismos valores —la cubanía, el humor, la identidad—, pudiera ofrecer a las niñas y los niños la oportunidad de conectar con lo cultural, de desarrollarse, de enriquecerse, de tener otras vivencias, y que fueran de la mano de un personaje que marcó a muchas generaciones: Elpidio Valdés”.

Ese mambí de ficción, ese soldado libertador que en la pantalla chica desafiaba al imperio español con una mezcla de astucia y coraje, se convirtió así en el hilo conductor de un proyecto que busca, ante todo, contemporanizar su legado porque si bien Elpidio fue un héroe para los niños de los años ochenta y noventa, un compañero de tardes de televisión y de meriendas apresuradas, las generaciones actuales apenas lo conocen. La Manigua viene a saldar esa deuda.

La apuesta por el barrio

La ubicación del centro no es un detalle menor. No fue una decisión azarosa ni una concesión a la disponibilidad de un local vacío. Estar en La Timba, un barrio popular de la capital, fue desde el principio una apuesta consciente y deliberada. Un acto de fe en la capacidad de la cultura para transformar entornos. Una declaración de principios.

“La idea de que estuviera ubicado aquí, en este barrio antiguo de la ciudad, tiene que ver con esa dimensión comunitaria, con la posibilidad de hacer por las niñas y los niños más allá de que tengan un mayor poder adquisitivo o no”, explica Santillano. “La propia proyección de las propuestas de la institución va dirigida sobre todo a encontrar a la niña y al niño de aquí, a esos que corren por estas calles, que muchas veces no tienen las grandes oportunidades”.

Muchos de estos niños provienen de medios familiares donde el desarrollo intelectual, cultural o integral no siempre es una prioridad. No por desinterés, sino por urgencia porque en un país donde las preocupaciones cotidianas ocupan gran parte del tiempo y la energía de las familias, el acceso a espacios culturales de calidad se convierte en un lujo que pocos pueden permitirse. La Manigua viene a romper ese círculo.

“El centro se convierte en un espacio cercano”, insiste Santillano, “y eso es muy importante. Un espacio que tiene propuestas interesantes, novedosas para esos niños, y que además involucra a la familia”. La Manigua no concibe la cultura como una experiencia individual y aislada. La entiende, más bien, como un acto colectivo, como un tejido que se va armando entre generaciones, como un puente que conecta el barrio con la ciudad, la historia con el presente, el juego con el aprendizaje.

De ahí que el centro haya adoptado políticas de acceso que exigen la presencia de un adulto acompañante. Es una decisión pedagógica: “Que la familia venga también, que no solo estén las niñas y los niños aquí dentro, sino que vengan de la mano de alguna persona adulta que también aprenda y que luego se pueda llevar a la casa y al barrio lo que aprendieron aquí”. La Manigua, entonces, no es un destino. Es un punto de partida.

Cultura accesible en tiempos difíciles

Cualquier lector atento a la realidad cubana sabe que el contexto económico y social de la isla es, por decir lo menos, complejo. La transportación es difícil, los precios suben, las opciones de entretenimiento de calidad escasean, y las familias tienen que hacer malabares para llegar a fin de mes. En ese escenario, la idea de un centro cultural que ofrezca actividades gratuitas y accesibles no es solo bienvenida. Es casi revolucionaria.

El centro permite trasmitir a las nuevas generaciones la cubanía, el humor inteligente, la independencia como horizonte.

Santillano lo explica: “La idea de lo comunitario siempre va muy de la mano del contexto social que se está viviendo. En este momento, donde el tema de la transportación es difícil, donde la diversidad de lugares para divertirse también es difícil, La Manigua se ha convertido en ese lugar al cual las personas acceden”.

Y el acceso no es un eslogan. Los niños entran de manera gratuita. Solo pagan los adultos. La escuela de verano, con su diversidad de talleres, fue completamente gratuita. La programación habitual también lo es. “Nuestro trabajo de gestión de recursos va en función de poder obtenerlos para que luego los servicios, o algunos de ellos, puedan ser gratuitos”, afirma la coordinadora. “Que el contexto económico complejo que vive la ciudad, y que por supuesto también viven nuestras niñas y nuestros niños, no se convierta en un obstáculo para que puedan disfrutar de las propuestas que tenemos aquí”.

Esta decisión tiene un costo, por supuesto. Implica un esfuerzo constante de gestión, de búsqueda de alianzas, de creatividad para sostener lo que otros dan por imposible, pero el equipo de La Manigua asume ese desafío con la convicción de que la cultura no puede ser un bien de lujo, un privilegio al alcance de unos pocos.

El legado de Elpidio en el presente

Cada rincón de La Manigua habla de Juan Padrón, pero no de un Padrón musealizado, congelado en el tiempo, sino de un Padrón vivo, que sigue dialogando con los niños de hoy a través de sus personajes y sus historias. Elpidio Valdés es, en palabras de Santillano, “símbolo de cubanía, de independentismo, de voluntad, de respeto a la otra persona, incluso de inclusión”. Esos valores atraviesan cada actividad del centro como un río subterráneo.

Las generaciones actuales apenas conocen el universo de Elpidio Valdés. La Manigua viene a saldar esa deuda.

La cubanía en La Manigua se practica de manera concreta, cotidiana, casi doméstica. Desde el taller más lúdico hasta las alianzas con proyectos como Nativa, que trabaja con la flora cubana y la sostenibilidad, la identidad nacional está presente como una atmósfera, como un sustrato que da sentido a todo lo que se hace. Sin estridencias. Sin dogmatismos.

“En cada cosa que hacemos tratamos de que la cubanía esté”, dice Santillano. “Tratamos de defender los valores de nuestra idiosincrasia nacional. Lo hacemos incluso desde lo más tradicional, demostrando lo que Cuba ha hecho por las infancias, pero también tenemos alianzas con proyectos como Nativa, que tiene que ver con la flora cubana. Y La Manigua tiene que ver con Elpidio Valdés, que era un mambí que luchó en los campos cubanos. Hay una serie de conexiones que se convierten en ejes transversales de nuestro trabajo”.

El equipo de La Manigua es mayoritariamente femenino, y eso también se nota en la gestión. Hay una sensibilidad especial en el trato con los niños, una atención a los detalles que convierte cada visita en una experiencia distinta, un cuidado en la programación que evita el facilismo y apuesta por la calidad. “Somos un equipo de mujeres básicamente, y para nosotras es muy importante que el tema de la inclusión, el respeto, la voluntad, estén presentes en todo lo que hacemos”.

Lo que se ve y lo que no

Anyeli Blanco es anfitriona en La Manigua. Su trabajo consiste en recibir a las personas, hablarles sobre la exposición y explicarles las distintas actividades que ocurren en el centro. Es, de algún modo, la primera cara que ven los visitantes. La que pone palabras a lo que los ojos ya han empezado a descubrir. “El proyecto surge como un espacio pensado para los niños, para recrearse, para aprender, para disfrutar en medio de las dificultades”.

El centro adoptó políticas de acceso que exigen la presencia de un adulto acompañante. Fue una decisión pedagógica.

Las áreas del centro son variadas y están pensadas para diferentes intereses y edades. Está el área de exposición, que acerca a los visitantes a la temática de Elpidio y al universo creativo de Padrón. Sobre todo, como apunta Blanco, para los niños pequeños que quizás no han tenido la misma oportunidad de visibilidad que tuvieron los adultos antes, y que necesitan conocer esa parte de la historia cultural cubana.

Hay espacios de talleres creativos, que surgen por colaboración con profesores y artistas que se dedican a distintas disciplinas. Hay actividades más movidas, shows de teatro, funciones musicales, propuestas que sacuden el cuerpo y despiertan la energía. Está la ludoteca, un área de juego inaugurada recientemente, donde los niños pueden simplemente ser niños, sin la presión de aprender algo en particular. Existe la librería, con muchísimas colecciones y libros, quizás el espacio más silencioso pero no por ello menos importante.

“Existe mucha colaboración con los niños de la comunidad”, comenta Blanco. “El proyecto de La Timba viene frecuentemente. Pero es un espacio abierto al público en general, para que todos los niños puedan disfrutar y aprender”.

Lo que no se ve, sin embargo, es tanto o más importante que lo que se aprecia. No se ve el esfuerzo de gestión que permite mantener las actividades gratuitas. No se ven las reuniones de planificación, los ajustes de última hora, las renuncias que el equipo asume para que el proyecto siga adelante. No se ven las dificultades cotidianas que cualquier institución cultural en Cuba enfrenta, pero que aquí se sortean con una mezcla de creatividad y obstinación que roza el heroísmo.

Blanco lo dice con naturalidad, como quien cuenta una evidencia: “Muchas de las personas que nos visitan lo comentan mucho, porque la situación que se vive realmente en el país es que no hay muchos lugares u oportunidades para que los niños disfruten y se recreen. Y en medio de todo esto, aquí brindamos un espacio realmente accesible para la mayoría de las familias”.

La emoción de quienes llegan

Una de las cosas que más sorprende a quienes visitan La Manigua es la variedad de perfiles que se cruzan en sus pasillos. Allí conviven abuelos que coleccionaron revistas de Elpidio durante años y que llegan con la emoción a flor de piel, niños que descubren al personaje por primera vez y se quedan embelesados con sus aventuras, padres y madres que buscan un plan diferente para sus hijos, adolescentes que se acercan atraídos por los talleres de animación o las propuestas musicales.

En medio de la modernidad, donde se consumen cosas mucho más ágiles y adictivas, la programación de Padrón siempre fue algo más amable. Precisamente, esa cualidad de “amabilidad” es quizás uno de los rasgos más distintivos del proyecto. En un mundo hiperestimulado, donde las pantallas compiten por la atención de los niños con una ferocidad inusitada, La Manigua propone otra cosa: ritmo pausado, presencia física, contacto humano, sorpresa analógica. No rechaza la tecnología, sino que ofrece un contrapeso. Una alternativa.

“Que los niños descubran esto como parte de la cultura cubana, algo que existió, que en su momento fue muy importante, que fue un hito, que formó parte de cosas tan relevantes como el primer largometraje animado en Cuba”, reflexiona Blanco. “Los niños pueden aprender eso e integrarlo a su vida”.

Lo que queda después de la visita

La pregunta que cualquier visitante se hace al salir de La Manigua es inevitable: ¿qué queda después de la experiencia? ¿Qué se llevan los niños en la mochila, más allá del recuerdo de una tarde entretenida?

La respuesta, quizás, no se ve a simple vista. No es un objeto que pueda guardarse en un bolsillo ni una habilidad que pueda medirse en una prueba. Es algo más sutil. Un sedimento. Una semilla.

Los niños que pasan por La Manigua no solo aprenden sobre Elpidio Valdés o sobre animación cubana. Aprenden, sobre todo, que la cultura es algo que se hace, no algo que se recibe pasivamente. Que la historia se puede contar de muchas maneras. Que el humor no está reñido con la profundidad. Que el barrio puede ser un escenario de creación y no solo un lugar de paso. Que el arte es un derecho, no un privilegio. Y que, incluso en medio de las dificultades, siempre hay espacio para la imaginación.

Santillano lo resume con una convicción que trasciende lo programático: “Elpidio Valdés es símbolo de cubanía, de independentismo, de voluntad, de respeto a la otra persona. Y esos son temas que para nosotras son muy importantes. Lo hacemos desde lo más tradicional, demostrando lo que Cuba ha hecho por las infancias, pero también desde alianzas que nos conectan con la flora, con la historia, con la identidad. Hay una serie de conexiones que se convierten en ejes transversales de nuestro trabajo”.

Un homenaje que se hace futuro

La Manigua es, en muchos sentidos, un homenaje. A Juan Padrón, por supuesto, a su legado inmenso, a su capacidad para hacer reír y pensar al mismo tiempo. Pero también a la infancia cubana, a esa generación que creció con Elpidio y que hoy, ya adulta, busca transmitir ese mismo asombro a sus hijos y nietos. Y, sobre todo, a la idea de que la cultura puede ser un factor de transformación social, una herramienta de resistencia cotidiana, una manera de habitar el mundo con los ojos abiertos.

La Manigua no mira solo al pasado. Su programación, sus talleres, sus alianzas, su apuesta por la comunidad, todo apunta hacia adelante. Hacia un futuro donde los niños de La Timba y de otros barrios tengan acceso a una cultura de calidad. Donde el arte no sea un lujo, sino una certeza. Donde Elpidio Valdés, ese mambí de cartón, siga luchando, pero ahora en el territorio de la imaginación.

El legado de Juan Padrón, entonces, no está en una vitrina. No es un objeto de museo ni un recuerdo polvoriento. Está en los talleres, en los juegos, en las risas de los niños que descubren a Elpidio Valdés por primera vez. Está en La Timba, en ese rincón de La Habana donde la cultura no se guarda, sino que se comparte. Donde el arte no se exhibe, sino que se vive. Donde la manigua, ese territorio salvaje de la imaginación, sigue creciendo.

La manigua, al final, no es un lugar. Es una idea. Y esa idea, gracias a este proyecto, sigue viva. Sigue siendo refugio. Sigue siendo resistencia. Sigue siendo, sobre todo, un espacio donde los niños pueden seguir soñando.

(Tomado de La Jiribilla)

Redacción Escambray

Texto de Redacción Escambray

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