La urgencia de cambiar para levantar un país

En medio de un complejo contexto, la aplicación de nuevas medidas económicas y sociales constituye una necesidad y un desafío para la nación

Las 176 medidas anunciadas han generado gran expectativa en la población.

Poco a poco, las más recientes transformaciones anunciadas para la economía cubana se desgranan. Y eso en materia comunicacional es bueno, aunque en este escenario de apagones y desconexiones la mayoría no puede informarse bien a través de los diferentes medios.

Para unos constituyen una desesperada tabla de salvación en medio del océano; para otros, con sus traducciones “a lo cubano”, pueden ser un arma de doble filo. En dependencia del grupo social al que se pertenezca, vistas en cascada y sin la suficiente explicación, lo mismo golpean que atizan el optimismo.

Lo cierto es que, en medio de tantas penurias cotidianas, con extensos apagones, reservas de alimentos echados a perder o agotados, tarjetas llenas de dinero y manos sin efectivo, bolsillos incapaces de responder a la subida de los precios, sin agua y sin conectividad para informarse de cómo andan el país o la familia, sin medicamentos a mano para aliviar el mal más común, con un calor bestial que aviva el agobio, resulta complicado entender, de golpe y porrazo, el alcance de las 176 medidas, enmarcadas en 23 ejes, según trascendidos del Pleno Extraordinario del Comité Central del Partido y la Tercera Sesión Extraordinaria de la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Carcomida por la inflación galopante, los desabastecimientos crónicos, sin combustible, sin transporte, sin financiamiento, sin acceso a mercados externos entre deudas acumuladas y un bloqueo más concreto y atroz que nunca por los cortes al suministro de combustibles y de las fuentes de ingresos en divisas, Cuba no puede seguir como está. En eso concuerda buena parte de la gente cuando dice que “algo tiene que pasar”, y no precisamente como referencia a la invasión militar que algunos claman, sino a cambios reales que ayuden a respirar en medio de la asfixia y a crear, aunque sea a largo plazo, la prosperidad que, en preceptos teóricos, debe garantizar el socialismo.

Para muchos el anuncio de las reformas ha sido como dormir en un país y despertar en otro, al menos en papeles, por resultar las más radicales, audaces, profundas y riesgosas asumidas en 67 años de Revolución al remover esencias del sistema con transformaciones inéditas, muchas de las cuales se asemejan a las del modelo capitalista, aun cuando se asimilan de los proyectos socialistas chinos o vietnamitas, y de que ya estaban recogidas en los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución.

Con estos últimos escritos desde 2011, no pocos se cuestionan por qué esperar tres lustros con propuestas engavetadas y sacarlas de golpe, con el temor a que no sea el momento ideal, aunque en verdad nunca lo hemos tenido. También porque varias lo que hacen es legalizar lo ilegal, quitar prohibiciones que no fueron importadas y erosionaron el sistema y hasta la credibilidad, suprimir trabas y deformaciones estructurales burocráticamente “cubanas”; en otras palabras, mitigar el bloqueo interno que nos ha hecho mucho daño.

Un país no puede vivir a expensas de que el combustible llegue de barco en barco; tampoco de donaciones solidarias que se agradecen, pero no resuelven el día a día a día ni desarrollan. Por eso, creo que más vale tarde que nunca, pues en el precipicio en el que está la economía cubana no le quedan muchas más opciones que intentarlo.

El asunto es qué soluciones concretas tendrán las transformaciones, las macroeconómicas, que deben sustentar la vitalidad de todo, y las microeconómicas, llamadas a dinamitar la calidad de vida que hoy no tenemos. Por ello, amerita desglosar, informar y explicarlas una a una y no solo por los medios, pues no todas tienen la misma repercusión social.

Una que ya comenzó a desdoblarse en la peor de sus caras es la relativa a los precios. Pese al antecedente del mercado libre campesino de la década de los 80, la propuesta de descentralizar su aprobación y ajustarlos a las leyes del mercado, de la oferta y la demanda, es de lo más radical, aunque en la práctica, a pesar de decretos, leyes y multas, el Estado no ha podido siempre hacer cumplir ni las tarifas que topa y es secreto a voces lo de un precio ficticio para el inspector en la pizarra y otro real para el consumidor; sin hablar del mercado ilegal e impune de los revolicos virtuales, que por todas las redes sociales comercializan desde un caramelo hasta un avión.

Habrá que ver si, como en el capitalismo, las leyes de la competencia, las del capital, no nos tragan en medio de un sálvese quien pueda, con pensiones y salarios irrisorios, sin capacidad de compra, a pesar del aumento anunciado o si aprendemos realmente a competir para que no primen los precios por acuerdo entre vendedores, aunque las mercancías se pudran o se venzan.

Lo de reconocer las diferentes formas de propiedad ya está en nuestra Constitución. Falta ver si somos capaces de darle la verdadera autonomía a la empresa estatal socialista, hoy estrangulada en miles de resoluciones, y si en verdad se rige por los mismos cánones que los privados, hasta con la tasa cambiaria, pues lo que denominamos el pilar de la economía padece de costos irreales con el cambio de 1 por 24, que ahora reconocemos que no tiene sentido, mientras el dólar sube hasta superar la barrera de los 600 pesos en el mercado ilegal.

En este punto y ante el anuncio de potencial liquidación de entidades y cooperativas, unido al necesario redimensionamiento tanto del sector empresarial como del presupuestado, una preocupación ronda: ¿cómo parar el desempleo que generará ese proceso? Y es lícita, porque poco se ha reparado en los miles de trabajadores que se encuentran en un limbo laboral, muchos en sus casas como interruptos indefinidos, desde febrero pasado, cuando, a raíz de las medidas dictadas por el cerco energético del Gobierno de Estados Unidos, sus centros paralizaron.

El discurso del encadenamiento, de desatar las fuerzas productivas, de ser dueña de sus utilidades, de definir su salario… no es nuevo. Falta experimentarlo y ver si resuelve uno de los caos más acentuados de nuestra economía: la necesidad de brazos para hacer parir la tierra, a pesar de que los precios de la mano de obra han subido al estilo Wall Street. ¿Cómo resolver la ecuación de que cada cual tendrá lo que sea capaz de producir en un país donde da más negocio revender caramelos que doblar el lomo al sol?

Resulta reveladora la propuesta de transformar la gestión económica en igualdad de condiciones para todos los actores y los cambios en el rol y funciones del Estado. Mas, eso supone para las empresas eliminación de subsidios y búsqueda de recursos y financiamientos en el mercado. Todo ello, sin embargo, se traducirá en los precios, pues hoy buena parte de la solvencia y ganancias de entidades estatales se basan en el aumento de las tarifas.

Para muchos la creación de bancas privadas parece traspasar las fronteras del socialismo. Pero en verdad ello puede leerse como la “oficialización” de la impunidad que ya existe con casas y almacenes de actores económicos llenos de efectivo, modelando el mercado cambiario, extorsionando los bolsillos de vendedores y compradores y dejando vacías las arcas del Estado y en ascuas la capacidad de compra del salario.

Es entendible que, con una dolarización parcial, que no ha permitido ni sostener la canasta familiar, Cuba se abra a la inversión extranjera, venga de donde venga. Lo preocupante es cómo atraerla con nuestro historial de prohibiciones, en un país apagado, sin divisas y con trabas para extraerla de los bancos, además de las sanciones que afianza Estados Unidos y ya provocaron estampidas recientes de decenas de inversionistas en sectores claves como el turismo y la minería.

No conocen antecedentes la compraventa de acciones con participación de nacionales y extranjeros, los negocios inmobiliarios en unidades residenciales, la admisión de franquicias, la apertura de cuentas bancarias en el exterior, la posibilidad de que una persona natural pueda ser titular de más de una empresa privada, como tampoco la ampliación de la autonomía municipal con acceso al mercado externo, ni la estimulación a la práctica mundial de los incentivos fiscales.

Entre las prohibiciones que se eliminan figuran las de ampliar, sin restricciones, la cantidad de servicios o negocios a los trabajadores por cuenta propia o formas de gestión, la admisión de empresas privadas en la esfera agropecuaria y la autorización a importar y comercializar combustibles por quienes lo logren concretar. Aquí cabe una pregunta que refuerza lo del bloqueo interno: ¿había que esperar tanto tiempo para quitar la mediación de las importadoras que reconocemos como “mecanismo burócratico e ineficiente” y han llenado de trabas y desviaciones un proceso natural en muchos países?  

Después de tantos decretos, leyes, disposiciones, estorbos…; después de que el marabú, el burocratismo y la terquedad se tragaron miles de hectáreas, llegamos al punto lógico de otorgar el derecho real de usufructo sobre la tierra por tiempo indeterminado y la cantidad de áreas o tierras a quien tenga posibilidades de hacerlo con el principio de la propiedad de todo el pueblo sobre ese recurso.

Y entremos en otro punto rojo. Aunque una de las medidas habla de reconocer el crecimiento legítimo del patrimonio financiero y material de las personas jurídicas y naturales, ¿estamos preparados mentalmente para ver el resurgir de terratenientes, aunque sea al estilo socialista? Con estas y otras medidas, como la de transparentar los “beneficiarios finales de toda entidad mercantil”, ¿evitaremos el llamado error ruso de los 90, cuando muchos oligarcas fueron exdirigentes de varios sectores? ¿Cómo detener la corrupción? ¿Asumiremos en todos sus puntos las hondas brechas entre ricos y pobres y la pirámide social cada vez más invertida?

Estas son algunas de las miles de preguntas a resolver por economistas, gobernantes y políticos. Mas, mientras se explican, muchos especulan cómo impactará en sus maltrechas vidas el paquete de medidas y cómo se podrá cumplir en la práctica el principio socialista de no dejar a nadie desamparado.

Empecemos por la libreta de abastecimiento, que en verdad solo la enterraremos, ya que murió hace meses, desde que comenzaron a desaparecer la mayoría de sus productos, hasta decaer a una libra de azúcar, un poquito de chícharos, el pan intermitente y la leche inconstante para niños y embarazadas.

Creo que es muy socialista la protección a los llamados vulnerables, que esperan para saber cómo recibirán los productos que necesitan, cuáles serían, con qué frecuencia y cómo será eso de que actores económicos, incluidos privados, tengan a su cargo, no obligado, la alimentación y casi manutención de los más desvalidos de su entorno comunitario, sean instituciones sociales o personas.

Pero sucede que, por el concepto del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, por ejemplo, solo el 0.5 por ciento de los espirituanos es considerado vulnerable. Por el concepto de la cotidianidad, la inmensa mayoría, incluidos trabajadores estatales, que viven o sobreviven en esa condición y ahora tendrán que comer, lavar, bañarse, pasar del “tránsito de la canasta familiar normada a las ventas controladas sin subsidio en la red de comercio”.

La visión de que las mipymes, puntos de venta y vendutas de portales sostienen los calderos y los cuerpos cubanos es tan parcial como peligrosa, aunque hace meses, con el crónico desabastecimiento estatal, han sido la única opción. Detrás de ese velo existen personas que pasan necesidad de alimentos, no comen lo que deben según las recomendaciones médicas o viven a expensas del gesto solidario de los vecinos para dar de comer a sus hijos, sus ancianos, sus enfermos, porque no pueden acceder ni a una libra de arroz con el dinero que les entra. Y esa, no creo que sea la aspiración del socialismo, como tampoco lo de normalizar la cocción con carbón en medio de un palacete de ciudad o un edificio, después de que la Revolución Energética nos mejoró las condiciones de vida para de pronto caer en las cavernas del humo y la leña. 

Bienvenidas sean las aperturas al pluriempleo sin tantas gradaciones de permiso, la concertación de jornadas laborales reducidas para eliminar el cubaneo de las ocho horas irreales, la transformación del sistema tributario, la “privatización” de entidades comerciales y de todo tipo donde pululan el bostezo y los estantes vacíos y otras tantas medidas, sobre todo si son capaces de detener el éxodo masivo al exterior y hacia otros sectores económicos de médicos, maestros, profesionales, fuerza calificada o la emigración de jóvenes y mujeres, o si estimulan la natalidad hoy peligrosamente disminuida. 

Esperemos que la nueva tónica de la recogida de desechos sólidos “deschurre” las ciudades y elimine los macrovertederos en plenas calles, aunque hay mucha expectativa sobre el pago del servicio por la población como una carga más para los ingresos personales.

Porque sobre medidas se estará hablando mucho tiempo hasta que las 176 se corporicen en leyes, normas, resoluciones… dejemos aquí los ejemplos.

Más allá de la “reforma jurídica” que presuponen estos cambios, algo inquieta a los cubanos: el tiempo que demore este proceso lógico y el rol del Estado para hacerlas cumplir, porque es real que el control no es nuestro fuerte, sin hablar de la incapacidad estatal para hacer cumplir lo que promulga; una ilustración que nos quema la cara es el cacareado Decreto-Ley No. 111 sobre el comercio electrónico y el pago por transferencias.

Ya se ha dicho que los cambios no son rígidos y que se adoptarán las acciones correctivas necesarias. Habrá que afrontar los riegos y peligros, con la lupa socialista que aún define el proyecto en este empeño de no renunciar a la preservación de las principales conquistas de la Revolución, hoy resquebrajadas.

Cuba necesita, eso sí, de un dialogo plurinacional entre quienes se fueron y se quedaron sin resquemores ni resentimientos y, sin obviar el pasado, habrá que tener, con el corazón en medio del pecho, valor para olvidar, perdonar, porque si abrimos las puertas económicas a todos sin excepción es porque los necesitamos y con urgencia.

Hay que rebasar el consignismo discursivo y cambiar mentalidades de quienes tienen que implementar cada medida, porque muchos de nuestros cuadros no están preparados con conocimientos económicos, ni tampoco tienen la capacidad para interpretar, dialogar, escuchar al otro, aunque tenga opinión discrepante, y suelen ver al “enemigo” hasta en la sopa o al emprendimiento como un mal capitalista.

Y habrá que tener mucha paciencia política. También entendimiento. No todo es resistencia al cambio. Hay muchas personas cansadas, descontentas, desmotivadas, agobiadas, trasnochadas, incrédulas. Tantos años de angustias, precariedades e inacción han avivado la apatía y eso para el socialismo cubano, por más humanista que se proyecte, es tan dañino como los propios cacerolazos o toques de calderos en varias partes del país, que exteriorizan el malestar social.

Quedan, eso sí, personas que crean, construyen, inventan, sueñan. Aprovechemos para multiplicarlos y apoyar este proyecto de una Cuba que “cambia para levantarse, para vivir mejor, para seguir siendo libre”, como asegurara el presidente cubano Miguel Díaz-Canel Bermúdez.

Para algunos este puede ser el túnel, pero se necesita de la luz para alimentar el optimismo, la confianza y hasta la resistencia, por más heroica que sea. Sin dejar de pensar en el mañana, hay que atender las urgencias cubanas, porque se nos va la vida, y hay cosas que necesitan soluciones para hoy, aunque se sabe que no hay reforma, por radical que sea, que logre transformar un país de un día para otro.

Elsa Ramos

Texto de Elsa Ramos
Premio Nacional de Periodismo Juan Gualberto Gómez por la obra del año (2014, 2018 y 2019). Máster en Ciencias de la Comunicación. Especializada en temas deportivos.

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