En la memoria, vuelve la escena teatral de Madre coraje y sus hijos, de Bertolt Brecht: el enemigo apenas está a dos pasos de la ciudad de Halle; a esa hora de la noche a la urbe no la bendice ni una sola estrella. Catalina, la hija de Anna Fierling, no habla, pero a ella la naturaleza la premió con el don de ver, de ver mucho. Al advertir la inminente irrupción de las tropas en la ciudad, la muchacha campesina descubrió unos tambores. Y con una fuerza inusual casi revienta el cuero duro y reseco. Halle despertó y sobrevivió.
Hoy, en las más inimaginables esquinas del planeta, gente de alma noble y solidaria —como Catalina— repiquetea los tambores por Cuba para que todos los seres de bien, no importan sus credos e ideologías, levanten un muro, voz a voz, acción tras acción, para detener al Gobierno de Estados Unidos y su anunciada guerra contra el país antillano.
Pero esta obsesión de Donald Trump hacia Cuba es libro viejo. Desde que puso un pie en la Oficina Oval, en enero de 2017, apretó las clavijas del bloqueo a extremos pocas veces visto.
“He sido muy severo con Cuba; nadie ha sido como yo. Vamos a resolver el problema de Cuba como se debe; no como lo hizo Obama, que fue un desastre que yo revoqué”, se jactó en declarar en entrevista al canal Telemundo, Miami, en junio de 2017.
El día 16 de ese propio mes en esa ciudad de Florida, anunció con cara de “buena gente”; claro, de buena gente atendiendo al escenario: “Estoy cancelando todo el acuerdo bilateral del último gobierno (Barack Obama)”. Lo aseguró a voz en cuello en el teatro que lleva el nombre de Manuel Artime, mercenario de Playa Girón y terrorista al servicio de la Agencia Central de Inteligencia.
Frente al auditorio delirante, el mandatario firmó el Memorando Presidencial de Seguridad Nacional sobre el Fortalecimiento de la Política de los Estados Unidos hacia Cuba, que disponía la eliminación de los intercambios educacionales “pueblo a pueblo” a título individual y una mayor fiscalización de los viajeros estadounidenses a la isla caribeña.
Y, como pocas veces, el magnate que llegó a la presidencia hizo valer lo anunciado ante las cámaras de Telemundo y los veteranos de la brigada mercenaria 2506, sobrevivientes de la invasión por el sur de Matanzas en abril de 1961.
Directo al grano, cuando Donald Trump tomó las riendas de la Casa Blanca optó por echarle tierra y pisón al proceso hacia la normalización de las relaciones entre La Habana y Washington, impulsado por los entonces mandatarios Raúl Castro y Barack Obama a partir del 17 de diciembre del 2014.
Empecinado en la reelección y para echarse en un bolsillo a los votantes de Florida, firmó incontables medidas contra Cuba, incluida la persecución en tiempo real de los buques petroleros con destino a la nación antillana. Una actuación de piratería sin precedentes en el mundo.
Pese al ascenso vertiginoso de su hostilidad hacia la Mayor de las Antillas, Trump debió rumiar la derrota en las elecciones presidenciales, debido a otras “torceduras de pies” que le pasaron la cuenta en el plano político.
Con un expediente repleto de manchas, Trump retornó a la presidencia en enero de 2025 y se hace acompañar, con la anuencia del Senado, de Marco Rubio, como secretario de Estado; quizás, el político más anticubano de la actual administración republicana.
Desafortunadamente, el dueto Trump-Rubio persiste en darle el tiro de gracia a la Revolución. Casi sin sentarse en la silla presidencial, el gobernante reincluyó a Cuba en la lista de países que supuestamente patrocinan el terrorismo; una patente de corso contra las transacciones financieras de la isla antillana.
Como parte de una estrategia milimétricamente calculada y con los ojos puestos en los yacimientos petroleros venezolanos, Estados Unidos agredió militarmente a la tierra de Bolívar y Chávez el pasado 3 de enero, con el saldo de más de 100 muertos —de ellos 32 cubanos— y la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores.
Luego de los hechos en suelo bolivariano, el mandatario y el secretario de Estado han hablado abiertamente de una agresión a Cuba, considerada una amenaza para la seguridad nacional del país norteño, según la administración estadounidense.
De ahí, las dos recientes órdenes ejecutivas, firmadas por Trump: la del 29 de enero que declara el cerco petrolero a la isla, y la del primero de mayo, que eleva a la enésima potencia los efectos extraterritoriales del bloqueo, con la potencial aplicación de sanciones secundarias contra bancos y entidades extranjeros.
Este 20 de mayo llegó la gota que colmó la copa en la escalada de agresividad estadounidense: la acusación del Departamento de Justicia de los Estados Unidos contra el General de Ejército Raúl Castro Ruz, líder de la Revolución, por el derribo sobre el espacio aéreo cubano, el 24 de febrero de 1996, de dos aeronaves operadas por la organización terrorista Hermanos al Rescate, radicada en Miami, con un historial de violaciones hostiles del espacio aéreo de nuestro archipiélago.
Ninguno de estos hechos son piezas aisladas. El peligro de agresión militar pende sobre Cuba, y sería aconsejable que sigan multiplicándose por el mundo personajes como la muda Catalina, de Bertolt Brecht, quien tocó y tocó los tambores para poner sobre aviso a los suyos del inminente ataque, hasta que vio delante de ella a un soldado enemigo, que le apuntó y le gritó: ¡Basta! Ella no oía, pero veía el dedo en el gatillo; no escuchó el disparo, aunque el pueblo se salvó.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus












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