Puerto de Tuxpan, 25 de noviembre de 1992
1956. La madera de las tablas cruje indiscreta a estas horas de la noche donde el mínimo ruido se convierte en una maldita delación y amenaza con echarlo todo a perder en un parpadeo. Los tablones, de tanto tragar mar, está podridos y los clavos, de tanto prenderse a la madera salitrosa, oxidados. Esto hace que la estrecha cinta improvisada sobre el río amenace deshacerse a cada paso. La lluvia y la neblina convierten el espigón en una cuerda floja con sebo por donde hay que transportar las cajas con los fusiles de mira telescópica, Garand, Mendoza, Johnson y Remington, las ametralladoras y el parque; por esa misma especie de pasillo temblequeante pasaron los sacos de naranjas, las cajas de galletas, los medicamentos, cigarrillos y café, las mochilas… Parecen doblarse las tablas bajo el peso del ir y venir y volver de los hombres, de la casa al yate, del yate a la casa…
Desde el Distrito Federal, Juan Manuel Márquez, y uno de los grupos de revolucionarios, hace el recorrido hasta Tuxpan por carretera. Ramiro Valdés está entre ellos. Ya en la ciudad esperan en un motel del centro hasta desgranar las horas para reunirse con los otros en un barrio humilde de casas de pescadores, al cruzar el río Pantepec.
Desvalijan eficiente y rápidamente el equipaje e inician el embarque de provisiones y armas. Juan Manuel piensa en sus hijos. Camilo elucubra alguna travesura o susurra un chiste. Almeida recuerda el amor que deja atrás. Che piensa en Guatemala, los viejos e Hildita. Efigenio en Mel y María de las Angustias. Ñico en las tardes en el Café Soda Palace y en Vero que regresó a La Habana y quisiera estar aquí. Chuchú en si los arreglos de última hora a la embarcación bastarán para llegar. Roque calcula por enésima vez, siempre una vez más, el rumbo del yate. Pedrín Soto piensa en su novia. Raúl en toda esta gente. Fidel en que ya es hora de cumplir la palabra.
Ramiro carga como todos, una y otra vez el barco. No piensa en nada. Solo escucha bajo sus pies el trac trac trac de las viejas tablas. Tendría también en qué pensar. Cuenta sobradas razones para el viaje; pero sus reflexiones guardan silencio…

1992. Por ese mismo caminito de tablas regresan al presente, tres décadas después, las vivencias del Comandante de la Revolución. Ahora está de nuevo junto al río, a unos pocos pasos del lugar donde el muelle improvisado traqueteaba aquella madrugada. Ahora sí piensa intensamente.
Las imágenes, como en caleidoscopio, se le superponen precipitadamente: el tío regresa del ingenio, le escucha el nombre de Jesús Menéndez, el periódico siempre entre las manos. La madre, bajo la luz de la lámpara para leer, admira a Céspedes, a Gómez, a Martí y a Maceo. Siente por la historia una profunda devoción. A lo largo de la pseudo república y en especial, durante los años cincuenta, se le fueron escapando las esperanzas y sólo quedan como sentimientos persistentes en el alma -casi como enfermedades incurables- el desencanto, la frustración, el escepticismo y la añoranza por los tiempos mambises.
Los encuentros con los jóvenes del barrio se convierten en reuniones políticas. En la Juventud Ortodoxa milita con Ciro, Julito, Ponce, Pepe Suárez -entre otros- e inician una campaña contra los candidatos a representantes y senadores a las elecciones de 1952, que son una farsa. La madrugada del 10 de marzo interrumpe la lucha política, agota los canales de la democracia representativa.
Desde el día cuando Ramiro salió de su casa junto a Pepe Ponce con el pretexto de viajar a la capital para publicitar las producciones de la imprenta, los acontecimientos se desencadenaron vertiginosamente. Era una explicación plausible para ausentarse cinco días. En ese momento no tenían ni la más remota idea de que el cuartel Moncada era el lugar escogido ni el 26 de julio la fecha exacta. El combate, la detención, el juicio, la prisión, el exilio.
El boleto indicaba: destino Mérida.
Ramiro nunca concedió mayor importancia a los números de teléfonos, las direcciones y las fechas. Siempre se esforzó por grabar esos datos tan solo mientras fueran necesarios y luego borrarlos definitivamente. Pensaba -y piensa- que es la manera más eficaz de prepararse para soportar un interrogatorio, porque -aunque por principio no se puede hablar-, todo resulta más fácil si no hay nada que decir. Por esa convicción, la estancia en México es una confusión de calles y lugares sin una secuencia real en la memoria.
“Viajé solo. Desde Cuba traía anotadas la dirección de un hotel y un número de teléfono que debía discar al llegar a Ciudad México. Al comunicarme, me dieron la dirección de Emparan 49. En casa de María Antonia González encontré a Raúl. Cuando no cumplíamos una misión específica, vivíamos de manera permanente Ciro, Julito, Raúl y yo. Siempre buscábamos estar unidos. Integrábamos un núcleo desde la prisión, donde funcionaba la Academia Abel Santamaría, pero nuestro grupo tenía su propio plan de estudios. Nos levantábamos a las cinco de la mañana para estudiar durante todo el día hasta aproximadamente las doce de la noche. Un programa tenso. Lo cumplimos juntos hasta que aislaron a Raúl y lo separaron de nosotros como a Fidel. Seguimos sin él, el mismo ritmo de estudios.”
En el campamento Santa Rosa (así le denominaban por seguridad, pero de cierto se trataba del Rancho San Miguel), en Chalco, Guevara fungía como jefe de personal y Ramiro, como segundo al mando.
“A Che le sorprendió su nombramiento y comentaba que otros tenían mayor participación. Se interesaba por saber cómo ocurrieron las cosas en el Moncada. Él y yo habíamos intimado durante las prácticas de tiro. Cierto que algunos mostraron reservas hacia él, pero aún a esos, supo ganarlos por su prestigio, autoridad, y por sus ya sobresalientes condiciones humanas y políticas. Todos conocían su estado de salud, de crisis asmática en determinados momentos. Admiraba verlo sentirse mal sin que nunca dijera: `háganlo ustedes´.
“Para aprender a orientarnos por la estrella Polar subíamos unas montañas durante las noches. Recuerdo que helaba y llovía. Las caminatas las dirigía Che que era hasta medio alpinista. Subíamos amarrados unos a otros por una soga para evitar las caídas o perdernos en la oscuridad. Bien arriba, disparábamos. En las primeras horas del amanecer volvíamos. A más tardar a las seis o las siete de la mañana nos ocultábamos.”
La tiranía batistiana no descansaba en sus planes de asesinar a Fidel. Por confidencias y rumores se tuvo la certeza del atentado. Los detalles debían ser analizados como sobre un tablero de ajedrez, observar cada movimiento de las piezas enemigas, prever el próximo paso para neutralizar el ataque.
Ramiro fue designado entre quienes no debían perderle ni pie ni pisada a Fidel. Su sombra se movía tras él en reuniones, visitas y actividades políticas.
Por tal circunstancia especial los detienen juntos, al salir del local de Kepler y Copérnico.
“Vi venir dos hombres hacia mí. No percibí nada anormal en ellos. De pronto me levantaron en vilo y un tercero me desarmó por la espalda. Se acercó un carro de la Policía Federal y me tiraron en el piso del auto. A los tres minutos estaban ahí Fidel y Universo. En Un grano de maíz, Fidel comenta este hecho y dice que piensa que yo estoy detrás. Fue algo muy rápido. Ocurrió en segundos. No tengo clara la secuencia. De allí nos llevaron creo a la Oficina de la Policía Federal de Seguridad y luego a la Procuraduría, después a la cárcel de inmigración en la calle Miguel Schultz.”
La parte mexicana señaló el hecho como una coincidencia. Argumentaron que tenían montado un operativo antinarcóticos y la detención se produjo por casualidad. “Sí, pero yo nunca he pensado que fuera el azar”, precisa Ramiro.
“En la cárcel dormíamos en un salón. Algunos tiraban colchonetas en el piso. Fidel cocinó varias veces antes de ser separado como en Isla de Pinos. Otra vez leíamos mucho. Che jugaba ajedrez y retaba a los compañeros para entablar partidos a la ciega. Situaban los tableros a sus espaldas y él cantaba sus movimientos y escuchaba las respuestas de sus adversarios. Llevaba en la menta varios tableros y las posiciones de cada oponente. Era todo un espectáculo.”
El general mexicano Lázaro Cárdenas se interesó por los jóvenes detenidos e inició las gestiones para ponerlos en libertad. Un primer grupo la obtuvo. Desde entonces Ramiro se “encarceló” a la entrada del penal. La posibilidad de que Fidel fuera trasladado a otro lugar o se intentara algo contra su vida mantenía vigencia. La única entrada y salida estuvo bajo el control de Ramiro y el de otros compañeros permanentemente.
Todos los preparativos se precipitaron hasta la salida para Tuxpan.
“Viajé por carretera con Juan Manuel Márquez. No recuerdo la casa de Santiago de la Peña. Dicen que Fidel aseguró cuando estuvo aquí, que el Granma salió de un punto más abajo. Concluimos de embarcar las vituallas y el armamento y nos quedamos a bordo. Enseguida el yate hizo agua y hubo que achicar. Pasé prácticamente todo el tiempo afuera, en un asiento de proa. Traté de no estar abajo porque estaban muy hacinados y la fetidez era insoportable. Julito, Ciro y yo cuidábamos el puesto en una litera junto a un ojo de buey o escotilla. Si uno se mareaba se recostaba y refrescaba. Sentía malestar y náuseas. Vomité una sola vez. Raúl hacía bromas. Si alguien vomitaba, le preguntaba en francés si tenía miedo. Soy de los últimos en desembarcar. Revisamos el yate para que no quedara nada. Se olvidaba un fusil antitanque con sus proyectiles.”
Después, la caminata por el mangle y los días. Acampan en Alegría de Pío. Ramiro es designado para buscar provisiones a una bodega cercana. Paga las galletas y el chorizo, regresa al cañaveral. Reparte la escasa ración a los pelotones y después se dirige hacia las postas con igual propósito. Al acercarse a la avanzada distingue a los soldados que se aproximan a las posiciones rebeldes. El fuego se generaliza y él solo porta la pistola ametralladora. Sus pertrechos han quedado donde el pelotón para facilitarle la distribución de los alimentos a la tropa.
“Me replegué hacia donde debía estar mi pelotón. Allí solo esperaba mi mochila, el fusil y la canana. Quedé solo. Agarré el arma, las balas, el parque que guardaba en la mochila y una lata de leche condensada. Las balas sesgaban las cañas en una dirección y altura determinadas. Calculé de dónde procedía el fuego enemigo, pues sonaba un tableteo de armas de las que carecíamos. La posición de nuestra gente podía precisarse por los disparos esporádicos. Me topé con el grupo de Almeida y seguimos replegándonos hacia el monte.
“De bohío en bohío fuimos a parar donde unos adventistas. Para ayudarnos a burlar el cerco pusieron como condición dejar las armas largas. No teníamos otra alternativa rodeados como estábamos de guardias y sin el menor sentido de orientación. Continuar así era un suicidio. Evadimos emboscadas. Casi sin comer, llegamos al fin a la casa de Mongo Pérez y después tuvo lugar el reencuentro.”
Ramiro tenía entonces 24 años. Integró la Columna 1, después la número 4 y luego -como segundo jefe- la número 8 Ciro Redondo, al mando de la cual se encontraba el Comandante Ernesto Che Guevara. Como en la col. 4 y el rancho de México, volvía a ser su segundo.
De entonces, Che escribe a Fidel: “… a mí me dieron una bala de M-1 en la garganta del pie que quedó allí y me impide totalmente caminar por ahora. Ramiro se hizo cargo de la columna y va con la mayor parte de la gente hacia el lugar que te indicará el portador…”.
Ramiro no estaba al principio entre los que harían la campaña a occidente.
“Insistí con Fidel. La columna madre, la 1, nutría al resto de las otras para extender la guerra y pedí que no me negara la oportunidad de participar. Accedió inconforme porque, sentía tal vez, que los viejos combatientes se alejaban a otras misiones y se iba quedando solo. La muerte abrió amplios claros en las filas de los iniciadores y muchos sobrevivientes estaban ya combatiendo en otros frentes. Nuevos compañeros se sumaban; pero le quedaba, con seguridad, la nostalgia por los rostros de los días difíciles.”
El Comandante de la Revolución Ramiro Valdés está al borde de la pasarela. Pronto se hará a la mar El Taíno -barco en que la juventud cubana reeditará con rumbo al archipiélago, la navegación del Granma 36 años después de “la aventura del siglo”, como calificó Che a la expedición de 1956-. No es solo el único testigo de los dos tiempos, es, además, el único combatiente que participó en todos los acontecimientos relevantes de la Revolución Cubana -algo reconocido por Fidel-: en el Moncada, la prisión, el exilio en México, la travesía del yate Granma, la guerrilla en la Sierra Maestra y la invasión al centro del país. Después del triunfo siguieron los combates y las emboscadas, solo que entonces la guerra fue callada. Él ha sido también el Comandante de la guerra silenciosa.
No ha perdido ni la juventud ni el romanticismo. Escucho las ráfagas cortas de su narración. No es dado a contar y ha contado. Sus palabras no son altitonantes. Habla en voz baja acerca de una historia alta. Recuenta con naturalidad una vida de amor. Yo le escucho y él, con toda seguridad, escucha dentro de sí el trac trac trac de las tablas del viejo espigón improvisado junto al río, aquella madrugada de noviembre de 1956.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus













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