Terrorismo contra Sancti Spíritus: Tenemos memoria

Promovido y financiado por Washington, el terrorismo de Estado contra Cuba ocasionó 56 asesinatos de residentes en la provincia de Sancti Spíritus, uno de los principales emplazamientos de las bandas contrarrevolucionarias que operaron en el centro del país

Primera plana del periódico Revolución con la información acerca del asesinato del maestro voluntario Conrado Benítez, el 5 de enero de 1961.

2 de julio de 1962. Aproximadamente, a las nueve de la noche, llega la banda de Julio Emilio Carretero a San José de Altamira, Escambray adentro; la orden es asesinar a Eustaquio Polo Romero, entintar de sangre la casa, el patio y hasta la noche.

“A mi primo Eustaquio, le metieron la bayoneta por el pecho y le dieron por la cabeza, que se la cortaron en dos, y a mi tía le arrancaron un seno de un rafagazo. A Pastora, la esposa de Pío, y a sus hijas Teodora y Paula, también las golpearon salvajemente”.

La voz acusatoria de Bartolo Romero Rojas, integrante de la familia Romero, prácticamente masacrada, trae las remembranzas de uno de los más crudos y dolorosos hechos terroristas ocurridos en Sancti Spíritus, una de las provincias cubanas que más sufrió el asedio de las bandas contrarrevolucionarias que, en la primera mitad de los años 60 del pasado siglo, buscaron desestabilizar y derrocar a la naciente Revolución.

El catálogo sangriento de las bandas terroristas en el territorio no solo incluyó el crimen de la familia Romero, también ocasionó otros asesinatos en el territorio.

INVENTARIO TERRORISTA

Un amplio inventario de crímenes y otros hechos terroristas consta en la Demanda del Pueblo de Cuba al Gobierno de Estados Unidos por Daños Humanos, presentada el 31 de mayo de 1999 ante la Sala de lo Civil y de lo Administrativo del Tribunal Provincial Popular, de la entonces Ciudad de La Habana.

Jóvenes milicianos participaron en la captura de bandidos con un amplio inventario de crímenes y otros hechos terroristas.

7 de noviembre de 1960: comienza a sembrarse el terror en las montañas del Escambray, en el centro de Cuba. En las tierras fértiles de Condado, Trinidad, cae el primer alijo de armas: un avión cuatrimotor cumplía con la primera misión de la Operación Silencio, financiada y ejecutada por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos.

6 de enero de 1961: lanzan 20 paracaídas con armas, municiones, explosivos y medios de comunicación entre el Condado y Magua, en Trinidad.

6 de febrero de 1961: un avión lanza 30 paracaídas con armas, municiones, explosivos, medios de comunicación y alimentos en la zona de Santa Lucía, en Cabaiguán.

Suficiente pertrecho de guerra para fomentar los grupos armados promovidos y financiados quince meses después del triunfo revolucionario de 1959 y que contaron con el amparo de la administración republicana del presidente Einsenhower.

1961: se radicalizaba la Revolución Cubana y casi 100 000 jóvenes se integran a la Campaña de Alfabetización, acontecimiento educacional y cultural sin precedentes en la Isla. La CIA entonces dio orientaciones precisas a sus bandas para sembrar el terror y sabotear esta cruzada contra la ignorancia.

5 de enero de 1961: son asesinados el maestro voluntario Conrado Benítez García y el campesino Eleodoro Rodríguez Linares, en Tinajitas, San Ambrosio, Trinidad. En las páginas de La confesión de un bandido, de Pedro Carrazanas, quedaron las revelaciones de aquella orgía de sangre.

“Algún tiempo después, encontrándose fugitivo, el bandido Mirio Pérez Venegas le revelaría a un agente de la Seguridad del Estado: ʻEn el campamento parecía que había una fiesta esa noche (…) primero sacaron a Conrado Benítez, que con una soga al cuello tenía que caminar a prisa para no ser arrastrado, a la vez que todos los allí presentes le dábamos con palos y le pasábamos los cuchillos. Cuando estuvo debajo de la mata escogida para su ejecución, la soga se pasó por un gajo, los ojos del brigadista miraban a su alrededor como preguntando si nosotros éramos personas o animales. Las piedras y los pinchazos no cesaron un momento, hasta que Osvaldo dispuso que haláramos la soga. El cuerpo fue suspendido y bajado en varias ocasiones como si fuera un muñeco, hasta el final de su vida en que lo dejamos arriba. No obstante estar bien muerto, Osvaldo ordenó que lo siguiéramos pinchando y apaleando. Después de eso le tocó el turno al campesino. Se trajo en iguales condiciones. A Eleodoro Rodríguez le hicimos lo mismo que al brigadista, encabezados por Osvaldo que siempre era el primero en torturar y halar la sogaʼ”.

El 26 de noviembre de 1961 son asesinados Manuel Ascunce Domenech y Pedro Lantigua Ortega, por los bandidos Julio Emilio Carretero, Pedro González Sánchez y Braulio Amador Quesada, en la finca Palmarito, Río Ay, Trinidad.

El 26 de noviembre de 1961 son asesinados Manuel Ascunce Domenech y Pedro Lantigua Ortega, por los terroristas de la banda de Julio Emilio Carretero.

Teresa Rojas, madre de Neysa Fernández, la única alumna a la que Ascunce llegó a alfabetizar completamente dejó testimonios a esta periodista de aquel crimen horrendo.

“Cuando me dieron la noticia, lloré muchísimo. Y eso que siempre le decía: ʻHijo, no salgas de la casa, cuídateʼ; pero no le valió de nada. Vinieron esa gente a hacerle esa criminalidad. Se ensañaron con ese pobre muchacho y con el campesino. Mira que matarlos y colgarlos así, como si fueran unos perros. ¡Pobrecitos! Ese fue el crimen más grande que pudo cometerse. Muy triste, ¿verdad?”.

CUBA DEMANDA

Mayo de 1999: ante la Sala de lo Civil y de lo Administrativo del Tribunal Provincial Popular de Ciudad de La Habana, el testimonio sentido de Evelia Domenech, madre de Manuel Ascunce.

La voz octogenaria de Evelia duele: “He sido perjudicada por lo más grande que le puede pasar a una madre: la pérdida de su hijo. Se ensañaron con su cuerpo, un adolescente de 16 años”.

Evelia Domenech formó parte de los 193 testigos, quienes, junto a documentos desclasificados por la Casa Blanca, además de fotografías, ma­teriales fílmicos y resultados periciales de meticulosas investigaciones, devinieron pruebas irrefutables para la conformación de la Demanda del Pueblo de Cuba al Gobierno de Estados Unidos por daños humanos.

En dicho texto jurídico, el Tribunal Provincial Popular de Ciudad de la Habana dictaminó que el gobierno agresor de Estados Unidos debía indemnizar al pueblo cubano con el pago único de 181 100 millones de dólares estadounidenses; aunque, tal como alegaron los letrados a cargo del proceso judicial, el dolor y las lágrimas no tienen precio.

Una larga lista de hechos había enlutado a Cuba para ese entonces. El bandidismo en el territorio nacional dejó 549 muertos y 200 personas con discapacidad; en tanto, la invasión mercenaria por Playa Girón tuvo un saldo de 176 muertos, más de 300 heridos y 50 discapacitados. A ello se suman los fallecimientos motivados por la introducción deliberada del virus del dengue he­morrágico en la Isla.

Igualmente, en la memoria de Cuba no ha cicatrizado la voladura en pleno vuelo del avión de Cubana de Aviación en el que 73 personas fueron asesinadas, de ellas 57 cubanos.

Otro infinito número de sucesos fue denunciado durante 12 días, en los cuales se escucharon con dolor las voces de las víctimas de tanta crueldad orquestada y financiada por Estados Unidos contra Cuba.

Todavía allí, ante la Sala de lo Civil y de lo Administrativo del Tribunal Provincial Popular de Ciudad de La Habana, se escuchan los ecos del testimonio sentido de Evelia Domenech, madre de Manuel Ascunce, el muchacho del farol y la cartilla asesinado por enseñar a leer y a escribir.

“No soy yo sola, sino miles de madres con las garras del imperio clavadas en nuestras entrañas; no tienen perdón”, sentenció entonces Evelia y hasta hoy llega su denuncia.

Arelys García

Texto de Arelys García
Máster en Ciencias de la Comunicación. Reportera de Radio Sancti Spíritus. Especializada en temas sociales.

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