La edad de los olvidos

Más del 20 por ciento de la población espirituana ya alcanza la tercera edad.¿Cómo viven los ancianos  hoy en una de las  provincias más envejecidas del país? Escambray comienza la publicación de una serie de trabajos sobre el tema

Ana Luisa Gómez posiblemente no lo sabe, pero quedó sola para siempre. En un ala de su casona verde de Cabaiguán la anciana de casi 70 años aún vive holgadamente mientras cuida a su madre centenaria. Las dos hijas, los yernos y las nietas se marcharon sin pasaje de regreso a los Estados Unidos. Antes de partir vendieron el  resto de la vivienda y otras pertenencias para cubrir gastos de viaje.

“Enviudé cuando eran niñas y las crié a pulmón. Se graduaron en la universidad. Ahora fui incapaz de cerrarles el camino. Estoy jubilada con 240 pesos, pero me quedó algún dinero. No tengo problemas económicos. No me voy, soy guajira, campechana”.

¿Y cómo resuelve sus gestiones y necesidades?

“No pago criada, lo hago todo. He perdido facultades y me demoro, pero prefiero tener la cabeza ocupada. Un señor me hace los mandados. Mis sobrinos y los vecinos ayudan. Vienen del consultorio y el policlínico a vernos”.

¿No les echa de menos?, ¿cómo imagina su futuro?

“Cada cual hace su vida. Ellas llaman, me pasan mensajes. A todo se acostumbra uno, aunque eso es de dientes para fuera porque las extraño cada día. A veces me pongo a pensar, lloro. Algunas veces me cae la casa arriba. Hablo en presente, mañana no sé”.

Sancti Spíritus y el país todo viajan irremediablemente hacia la vejez justo en medio de un mal momento, sin acabar de superar la crisis económica que ya dura más de un cuarto de siglo. Hoy la provincia se inscribe como la tercera más envejecida de Cuba al superar los 60 años más del 20 por ciento de su población por razones harto sabidas: las políticas de bienestar social aplicadas en la etapa revolucionaria, la baja tasa de fecundidad, la elevada esperanza de vida al nacer y un saldo migratorio negativo.

¿Cómo vive hoy uno de los segmentos más vulnerables de la nación?, ¿la familia asume responsabilidades?, ¿el diseño de las políticas públicas se corresponde con la realidad?, ¿con qué recursos cuenta el Estado para asumir sus obligaciones? Escambray pulsa criterios como un deber con la tercera edad.

LAS CULPAS DE LA FAMILIA

El envejecimiento, tradicionalmente asociado a los países desarrollados, constituye un tema relativamente nuevo dentro de las ciencias. Aquí no existen líneas investigativas al respecto y pocos estudios sociales y psicológicos lo han abordado. Tampoco constan demandas gubernamentales a la Universidad para concretar estudios de esta naturaleza.

En su Tesis de Maestría sobre las potencialidades del adulto mayor en Jíquima de Peláez, la socióloga Elizabeth Martín arribó a interesantes conclusiones: “Su conocimiento muchas veces no se aprovecha. Se jubilan y van a hacer mandados o a cuidar nietos. El protagonismo podría ser mayor. Los más jóvenes no se apropian de experiencias como la forma de cultivar, de criar animales, los bordados, platos de cocina. Tampoco tienen espacios de socialización. No buscan alcanzar metas o cumplir sueños”.

El flash de Escambray recogió imágenes anheladas para una vejez plena: el olor a colonia fresca de aquella anciana encamada, el sabor humeante a sopa recién servida para el abuelo en silla de ruedas.  Pero, lamentablemente, la cámara también captó fotografías no deseadas como la de aquel septuagenario anónimo, con vestido rancio y agujeros en el zapato, vendiendo limones; o el señor del parqueo de bicicletas inquieto porque no encuentra la chapa exacta.

“Desde 1991 con el Congreso de Sociología se está avisando el proceso de envejecimiento en Cuba. Todo empeoró con el colapso económico. Las posibilidades de ahorro son pocas para garantizar una vejez placentera. La previsión de la política social no contempló esta situación y las pensiones no responden a las necesidades básicas. El Estado hace un esfuerzo, pero no a partir de una política diseñada para esa edad. Seguimos pensando la vejez de manera coyuntural, quizás se estén valorando políticas, pero no se están implementando”, considera el también sociólogo José Neira.

Usted enjuicia las políticas del Estado, pero se perciben diferencias entre un anciano con una familia sólida y otro abandonado por ella.

“No he hecho estudios al respecto, pero intuitivamente creo que con el período especial la sociedad se ha fraccionado al interior de la familia. El adulto mayor muchas veces está solo, los hijos se fueron. Los valores inculcados tienen mucho que ver y no predominan hoy. El envejecimiento es responsabilidad de toda la sociedad, que no tiene ni el crecimiento ni la madurez para enfrentarlo”.

Por fortuna, todas las estirpes no recuerdan una caricatura. David Agustín Fleites luce envidiables 82 años. No se acomoda en una burbuja. Sabe que la vida está dura y ayuda. A pesar de su prótesis auditiva y de una insuficiencia renal, ahora vende café. Viste impecable, usa cómodas zapatillas. Vive con la esposa, una hija y los suyos. Cada quien aporta. A veces se reúne con los amigos, participa de una actividad: “Disfruto mi vejez, estamos tranquilos”.

ESLABÓN CASI PERDIDO

Los ojos de Julia Leiva relucen al dar la noticia. Casi acaba de mudarse a un apartamento aceptable en Olivos I. Un solitario girasol amarillo adorna la sala. Todo luce limpio y modesto. Tuvo que dejar una ubicación privilegiada y los sentimentalismos a un lado para permutar la vieja casa de la familia, en el Boquete del Coco, por su lamentable semidestrucción y la imposibilidad real de componerla.

Esta jubilada vive con su hermana de 79 años, limitada mental y física desde niña. Al mes reciben 470 pesos. No tuvieron hijos: “Pagamos un descuento de 60 pesos por el refrigerador, la corriente… Todo está muy caro, principalmente la comida. Ella come mucho, a veces no tengo qué darle. Padezco del colesterol y los triglicéridos, pero la cuenta no da para esos medicamentos”.

¿Nadie las ayuda?, ¿hasta qué punto se siente protegida?

“Allá nunca fue un trabajador social, una vez estuvieron del Policlínico, pero no regresaron. No nos han dado ayuda. Tampoco he solicitado nada, eso lleva mucho papeleo y complicaciones. Mi sobrino se ocupa cuando puede, pero tiene su familia que mantener. Solo siento la protección de Dios y de la Virgen que me dan paz”.

En la provincia hoy existen más de 300 trabajadores sociales, eslabón decisivo en la atención a la tercera edad y a otros necesitados. En la ciudad espirituana promedian 20 por cada Consejo Popular, pero, según el sondeo de Escambray, en los barrios pocos los reconocen y perciben su quehacer. Algunos niegan su presencia aunque los han visitado. Salta a la vista: les falta seguimiento a las problemáticas y engranaje con las autoridades locales para solucionarlas.

“Ellos fluctúan mucho porque el salario es bajo, la mayoría son muy jóvenes, algunos salen buenos. Les hemos dado cursos de habilitación. Los especialistas deben controlarlos, pero es cierto que hemos sido cuestionados por su trabajo en el terreno, allí no los conocen”, admite Inislany Cañizares, hasta hace poco jefa de la Unidad de Prevención y Asistencia Social en el municipio cabecera.

Aunque no han realizado estudio específico sobre la tercera edad, valoran los casos críticos y les ofrecen una ayuda como a otros asistenciados: camas, enseres de cocina, ropa reciclada, sábanas, toallas. “Todo gratis. Muchos nunca están conformes. Este trabajo es bonito, ayudas a los necesitados, pero parte del trabajador social”.

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ENTRE LUCES Y SOMBRAS

Según los entendidos, el 20 por ciento de los adultos mayores se considera frágil o en estado de necesidad. La nación, que durante las últimas décadas no ha tenido respiro entre tanta urgencia, sin proponérselo quizás ha pospuesto asuntos de la vejez. No por gusto una letra de moda asegura que también padece oscuridad el sol.

Ello no quiere decir que el capítulo de la vejez permanezca en las sombras: en el territorio existen hogares de ancianos y casas de abuelos para su cuidado; se ofrecen gratuitamente los servicios de salud, incluidos los medicamentos a los más necesitados y el transporte para turnos médicos en otras provincias; algunas entidades, como las sucursales bancarias, priorizan su atención; y la Seguridad Social beneficia con pensiones a unos 71 060 jubilados.

Al año, en el territorio el Estado eroga para el pago de jubilaciones y pensiones 217 millones de pesos, con un promedio de 250 pesos per cápita, aunque alrededor de la mitad solo cobra 200 pesos.

Pero ustedes conocen que esas cifras no alcanzan para las necesidades básicas, ¿se ha previsto algún aumento?, indaga el semanario con Adriano Abreu, director de la Seguridad Social aquí.

“Por el monto que eso significaría, esa es una decisión del país. En el 2008 se hizo un incremento y se llevó a 200 pesos la pensión mínima. Los jubilados aspiran a una más alta. Se están estudiando muchas cosas, pero hace falta dinero para tomar decisiones. La Asistencia Social satisface algunas necesidades”.

Hoy, la Asistencia Social en Sancti Spíritus aprecia que la mayoría de los ancianos dispone de protección con la jubilación y recursos familiares, pero existen casos que presentan situación crítica. Por esta vía amparan a más de 1200 ancianos con el pago de asistentes a domicilio, de las comidas en comedores estatales, del subsidio de algunos abuelos que permanecen en los hogares, el abono de los módulos de postrados y prestaciones monetarias temporales. El monto de estas depende de la cantidad de personas a proteger y el promedio alcanza 172 pesos.

¿Considera suficiente ese dinero para enfrentar la vida hoy?, ¿existen perspectivas de incremento?, inquiere Escambray a Edilia Caraballoso, hace años al frente de esa esfera aquí.

“Por ahora no existe perspectiva de aumento. Es una ayuda mínima para las necesidades básicas, si no se hubiera encarecido tanto la vida podría resolver. También existen prestaciones excepcionales, que aprueba nuestro ministerio en núcleos con mayores problemas. Es una realidad que, por la situación económica del país, ni los salarios ni las prestaciones son suficientes. Aunque varios organismos cuentan con programas para proteger al adulto mayor debía existir un proyecto más intensivo con atenciones comunitarias más efectivas. La tercena edad necesita ir por caminos diferentes”.

¿Las limitaciones financieras del país han obligado a dejar a alguien desamparado?  

“No, nunca, pero hemos tenido que darle más responsabilidad a la familia que a veces se quiere desentender. Se protege a los que carecen de familiar obligado y presentan situaciones agudas. Antes se era más flexible y se ayudaba a muchos, pero la realidad del país cambió, todo se revisó y empezamos a exigir, a aplicar la ley”.

¿Considera que siempre deciden lo más justo y objetivo?

“Esto no se puede ver fríamente, depende de la persona que haga el análisis, puede ser que alguien haya sido injusto”.

La Asistencia Social es eminentemente valorativa y esa peculiaridad puede volverse a favor o en contra de los ancianos.

“Es valorativa y se ajusta a la ley. No podemos tener orejeras ni pecar por exceso o por defecto”.

Ese concepto también viene como anillo al dedo a esta investigación periodística, que en la próxima edición regresará a los senderos de la vejez repleta de interrogantes: ¿las leyes actuales amparan a la tercera edad?, ¿qué ventanas abre la Cátedra del Adulto Mayor?, ¿cómo funcionan los círculos de abuelos?, ¿qué situación presentan los servicios de Geriatría en el territorio?, ¿cuáles medidas acaba de adoptar el Gobierno para enfrentar el envejecimiento? A Escambray no le bastan las preguntas, ya sale a buscar respuestas.

One comment

  1. Muy buen trabajo. Felicitaciones.

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