Mi papá no dejó caer a Serafín (+fotos)

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La muerte de Serafín, óleo del pintor taguasquense Francisco Rodríguez.

Al conmemorarse este 18 de noviembre 120 años de la caída en combate del Mayor General Serafín Sánchez Valdivia en Paso de las Damas, Sancti Spíritus, en el centro de Cuba, Escambray rescata de sus archivos este reportaje que resalta la actitud de José Inés Fernández, ordenanza del más ilustre de los espirituanos, quien sostuvo entre sus brazos el cuerpo de su jefe y amigo de José Martí aquel aciago día de 1896. Gracias a la ayuda de Fernández, también fueron localizados los restos mortales de Serafín en 1900 en una intrincada finca de Taguasco

 

Presentarán en Sancti Spíritus sitio web sobre el Mayor General Serafín Sánchez

Campamento de La Yamagua, Taguasco, 17 de noviembre de 1896. En medio de la alta noche, José Inés Fernández acomoda sus huesos a los caprichos de la improvisada hamaca. Próximo, siente los pasos de Rafael Veloz, quien aún trae la corneta a la espalda, por si acaso. Con un prisionero que llevaba retratado el miedo en el rostro y en los pies, dicen que el Mayor General Serafín Sánchez informó al coronel Eduardo Armiñán que se dirigiría hacia el Paso de las Damas, donde aguardaría por el español para otro combate.

—El General sabe lo que hace, musita el ordenanza, quien retuerce su cuerpo dentro de aquel telón, mugriento de tanta pelea, de tanta manigua; sus brazos, cortos, van a parar debajo de la camisa que huele a pólvora y a mil rayos. Al atardecer, en Manaquitas de Capiro, Cabaiguán, habían cruzado fuego contra el propio Armiñán.

Ese día, José Inés vio llegar a un hombre de bigote canoso y grueso que entregó un mensaje, bien envuelto, a Serafín Sánchez, entonces Inspector General del Ejército Libertador. Era el General colombiano Avelino Rosas, el León del Cauca, sumado a la gesta cubana a petición de Antonio Maceo y ahora venido del Camagüey.

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Francisca Fernández Marrero donó recientemente documentos originales de sus padres al Museo Casa Natal Mayor General Serafín Sánchez Valdivia. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Nada de preguntas. El ordenanza, que no sabía de países ni de continentes, menos de estrategias militares, observó cómo Serafín leyó con avidez las letras de Máximo Gómez, autoridad suprema de las huestes mambisas.

—¡Bienvenido!, le dijo a Rosas, mientras colocaba sin prisa la carta en el bolsillo de la camisa.

Por esa fecha, Serafín, amigo de José Martí y figura clave en la preparación de la Guerra Necesaria (1895-1898), se encontraba en Las Villas cumpliendo una misión secreta de Gómez. “(…) adquirió gloria justa y grande. Es persona de discreción y de manejo de hombres, de honradez absoluta y de reserva y como usted lo ve tiene de columna hasta la estatura”, escribiría Martí en 1892 en carta a Eduardo Hidalgo Gato, rico industrial y patriota cubano asentado en el sur de La Florida, Estados Unidos, para recomendarle a su amigo Serafín Sánchez.

18 de noviembre de 1896. De un salto, el mulato José Inés se incorpora de la hamaca; aún soñoliento sigue el rastro del humo para ver si Cortés ya preparó, aunque sea, tisana de naranja “para calentar las tripas”, como él decía. Más allá, Pentón alista los caballos.

Poco después, la tropa del Mayor General Serafín Sánchez se pierde a galope en el pecho de la sabana en busca de la margen izquierda del río Zaza. Al llegar, el Brigadier José Miguel Gómez toma posición en el Paso de las Damas; en el de La Larga, el también Brigadier González Planas. Entre los dos parajes, en una elevación, Serafín se establece con su Estado Mayor y los Generales Francisco Carrillo y Avelino Rosas.

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El ordenanza del Mayor General falleció el 30 de marzo de 1958.

¿Quién le iba a decir a José Inés que aquellas órdenes secas y perentorias podrían venir de un hombre capaz de hilvanar sonetos? ¡Caramba!, de escritura el ordenanza tampoco conocía; lo importante ahora era afincar el machete en la mano y los pies en los estribos. Lo otro sería clásica herejía.

Con los anteojos, el Mayor General escudriña el horizonte, harto de peninsulares. El paladín no auguró que refuerzos comandados por el General López Amor, quien se encontraba en Sancti Spíritus, se sumarían a las huestes de Armiñán. En fin, en el teatro de operaciones: 2 600 soldados españoles contra 800 insurrectos, de estos últimos solo 300 poseen capacidad combativa debido a la carencia de armamento y municiones.

Pasado el mediodía, las balas llevan y traen la muerte de un bando a otro. Los insurrectos contienen la embestida enemiga; mas, empiezan a escasear las municiones. José Inés ve cómo un rictus de inquietud comienza a asomarse en su jefe, quien maniobra en el campo de batalla y dirige la retirada. Serafín coge de nuevo los anteojos.

—Han matado a Enriquito*, se lamenta, y casi sin mediar tiempo, a las cinco y cuarto de la tarde, una bala de máuser lo atraviesa del hombro derecho al izquierdo interesando una arteria pulmonar. Con la fuerza de tres guerras en las manos, el Mayor General hala las riendas de la bestia.

A punto de desplomarse… “mi papá no dejó caer a Serafín”, sostiene Francisca Fernández Marrero, más conocida por Panchita, la menor y la única sobreviviente entre los 14 hijos del ordenanza José Inés Fernández, quien, junto al negro Teo, asistente del General Carrillo y también allí, le escuchó decir al héroe:

—¡Carajo!, me han matado! ¡Siga la marcha!

TRAZOS DE UNA VIDA

José Inés Fernández no solo le testimonió la caída en combate de Serafín Sánchez a su familia; sino al ya fallecido Orlando Barrera Figueroa, historiador de Sancti Spíritus, quien lo recogió en sus libros Diario y otros documentos. Serafín Sánchez Valdivia, y Apuntes biográficos del Mayor General Serafín Sánchez Valdivia.

Según consta en un documento emitido en 1958 por el entonces Ministerio de Defensa Nacional, José Inés prestó servicios en el Ejército Libertador desde el 8 de agosto de 1895 hasta el 24 de agosto de 1898, cuando servía con el grado de sargento primero.

Panchita comenta que a su papá no le gustaba mucho hablar de la guerra; únicamente a instancias de sus hijos, con la curiosidad a punto, en ocasiones José Inés les relataba aquellas historias en el portal de su bohío en la finca La Caridad, en Yayabo, cerca de Las Tosas, que adquirió luego de casarse con su mamá María de la Caridad Marrero y Gual en marzo de 1907.

Mujer más bien gruesa y de no reírle las gracias a nadie, al decir de sus nietas Aleida y Jorgelina, María de la Caridad vivía por la zona de Banao y era hija del alférez del Ejército Libertador Serapio de Belén Marrero.

En aquella finca creció la familia, que siempre contó con las manos solícitas de la partera María Vargas, quien enfrentó las complicaciones de tres embarazos jimaguas.

“En mi casa lo único que se compraba era la sal y el azúcar; la semilla que usted tiraba en la finca nacía. Los varones se levantaban a las 5 de la mañana; todos cogían el trillo a trabajar como un bando de gallinas. Papá iba alante en el caballo”, recuerda Panchita, afincada en el bastón que le cuida sus 85 años.

¿Y qué hacían por las noches?, indagamos.

“¡Ah! Tenían un combito. Papá tocaba el acordeón, otro la marimba… Los domingos por la tarde también formábamos el guateque”, añade.

A finales de los años 30, José Inés se muda con parte de la familia para Sancti Spíritus, donde luego levantó una casa en la hoy calle Brigadier Reeve, más conocida por Onza. Aleida y Jorgelina recuerdan a su abuelo caminando por el portal “tirando” sus pasillitos, mientras cantaba: Seferino, el manco… Manuel Sanguily, el que tiene nigua no puede caminar…

Eran los cantos nacidos en los campamentos mambises, alrededor de las fogatas en aquellas noches a la espera de otro combate. No alardeaba José Inés de su épica al lado de Serafín, de su paso por la trocha militar de Júcaro a Morón, de los cruces de los ríos Zaza y Agabama, de la búsqueda en Cienfuegos del cargamento traído por la expedición del Brigadier Miguel Betancourt, de la participación en el sitio a Condado y de su incorporación a las fuerzas de Carrillo, después de la muerte del Mayor General espirituano.

“Abuelo admiraba a Serafín”, subraya Cristina Sofía, una de los 30 nietos de José Inés, quien nació en Tunas de Bayamo, Oriente, presumiblemente en 1868.

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Amigo entrañable y colaborador de José Martí y Máximo Gómez, Serafín Sánchez nació el 2 de julio de 1846 en Sancti Spíritus.

AHÍ ESTÁ MI GENERAL

Allá en la finca La Caridad, más de una vez mientras Felipe y Tomás —hijos también del mambí— cortaban de cuajo los racimos de palmiche aferrados a la cima de las palmas reales, echaban un vistazo a tierra, y encontraban a José Inés con la mirada fija en el cafetal, quién sabe si recordando el último temblor de vida de Serafín entre sus brazos o el día que lo fueron a buscar para que ayudara a localizar sus restos mortales.

Transcurría 1900. Temprano en una mañana fresca de marzo partió el grupo desde el hoy parque Serafín Sánchez, de la ciudad de Sancti Spíritus, hacia la finca Las Olivas, Taguasco. Como en un rompecabezas, poco a poco José Inés fue encajando las imágenes de aquellos parajes. Cuentan que detuvo el caballo, miró; pero no dio con el lugar exacto. De pronto, vio otra vez las mismas piedras, junto a la misma cañada.

—Síganme, dijo, e hincó las espuelas en los ijares de la bestia.

—Escarden; ahí está mi General.

Nota: *Enrique Loynaz del Castillo no cae en esa acción; su caballo había sido blanco del fuego enemigo.

One comment

  1. Realmente es estremecedor conocer historias como estas, por suerte algunos sobrevieron para contarla, y gracias a ellos, la historia se levanta desde la tierra manchada con la sangre de los espirituanos que glorificaron nuestra madre Patria. Serafín y sus hombres vivirán por siempre en el recuerdo y el espíritu de los cubanos.

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