Periódico de Sancti Spíritus

Lágrimas que no cesan

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Monumento a los mártires de La Llorona, en Cabaiguán. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Enoel Salas Santos, sobreviviente del frustado alzamiento de La Lorona, evoca aquellos días de horror

No escribimos en esta ocasión de cuando Enoel Salas Santos, un hombre de mediana estatura, ojos azules y 81 años pasó de segundo jefe de la Base Aérea de San Julián, en Pinar del Río, a segundo de la organización contrarrevolucionaria Alfa 66, en Miami; ni de los 13 años que estuvo preso planta’o, en Cuba, junto a connotados cabecillas. ¡No!  Esta vez tocó hablar del intento frustrado de alzamiento en la finca La Llorona hace 60 años y que costó la vida a ocho de sus compañeros.

“En La Llorona por poco te lloran”, dijo a Enoel el colega y gran cronista José A. Fulgueiras en un libro titulado Cerca del Che, y es verdad, pero ocurrió que prácticamente en aquellas jornadas de horror lloró Cabaiguán completo, cuando casi cada día a partir del 6 y hasta el 12 de agosto aparecían nuevos jóvenes asesinados tirados en cualquier parte y muchos familiares acudían al cementerio rogando por que no fuera uno de los suyos.

 

Homenaje a los mártires de La Llorona

Enoel no está al tanto de categorías filosóficas como casualidad y necesidad, pero sí está convencido de que una relación seriada de eventos llevó al fatal desenlace. En este caso, el asesinato de Frank País el 30 de julio en Santiago de Cuba condujo a la convocatoria de una huelga general nacional de protesta para inicios de agosto, que debía ser apoyada en Cabaiguán por combatientes armados, para lo cual primero había que requisar armas en las zonas rurales y… ahí comenzó todo.

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Enoel Salas, sobreviviente de masacre. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

“Comenzamos a recoger las armas unos días antes y el 5 de agosto, en un lugar que le dicen Echenique, cerca de Neiva, se empezó a enredar la cosa. El problema fue en la casa del viejo Zoilo Nápoles, un batistiano, quien no quiso entregar las suyas y lo que hizo fue esperar que viráramos las espaldas y nos cayó a tiros, por lo que respondimos y resultó muerto.

“Cuando ocurre aquello nos vamos con nuestro jefe, Félix Hurtado Manso, para la casa de Lucio Paz, padre de Beremundo, uno del grupo, y allí Félix dijo que ya estábamos comprometidos y que teníamos a los soldados detrás, por lo que nos comunicó su decisión de irse para las lomas y el que quisiera seguirlo que diera un paso al frente. Solo uno de los 16 hombres reunidos decidió quedarse. Los 15 restantes emprendimos camino pasando entre Guayos y Cabaiguán hasta la finca El Guineo, y de allí a La Llorona, ya en las estribaciones del Escambray”. 

PRELUDIO DEL DESASTRE

Una pregunta salta en el aire: si ya estaban tan cerca de las montañas, ¿por qué detenerse en La Llorona, un lugar de fácil acceso para la soldadesca, lo que a la postre provocó una especie de Alegría de Pío? La respuesta de Enoel es coherente: “Porque según Félix debíamos esperar allí a que la gente del 26 en Cabaiguán nos hiciera llegar armas, pertrechos y medicinas con ayuda de nuestro guía, Dionisio Rodríguez Mederos”. 

Aunque ha pasado mucho tiempo, ¿cuál es su visión de los hechos?

“Bueno, la finca La Llorona era de un señor llamado Santos Piñero. Él era un campesino acomodado como de 50 años. Le pedimos hacer un poco de comida para el grupo y nos dijo que sí, pero que tenía que ir a Santa Lucía a buscar arroz y grasa.

“Félix aceptó y le pidió que investigara dónde estaban los guardias. Eso fue por la mañana. Piñero salió para allá y por la tardecita todavía no había regresado, por lo que fuimos lentamente acercándonos a la casa para ver qué pasaba. Él dueño ya estaba allí y nos indicó que fuéramos para debajo de un árbol grande al lado de una cañadita y que esperáramos, que él nos llevaba la comida. Momentos después llegó, dejó los calderos y salió del lugar con prisa sospechosa.

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Beremundo Paz Sánchez. En su casa en Neiva fue la última reunión del grupo encabezado por Félix Hurtado.

“Cuando nos disponíamos a comer, sobre nosotros se desató un infierno de tiros. Estábamos rodeados de soldados que disparaban desde tres direcciones. Quedaba un solo flanco no cubierto por la parte de Caballete de Casa y por ahí escapé yo, por instinto de conservación, porque no conocía esa zona, herido en un brazo y con mi escopeta calibre 44. Ese fue el comienzo de una cacería humana donde nos asesinaron a ocho compañeros, incluido uno de Camajuaní, que había estado de jornalero en la casa de Lucio Paz sembrando tabaco”.

Seis décadas después decir que no hubo alzamiento, porque de los 15 integrantes del grupo original solo uno llegó al Escambray, quizá sea impropio, pero si ese aspirante a guerrillero encabezó tiempo después un pelotón de casi 30 hombres que luchó por su cuenta hasta el triunfo…

¿Cómo le fue a partir de su escapar maltrecho de La Llorona?

“Fui dando tumbos loma arriba como una fiera herida y a los tres días, ya por la zona de Caballete de Casa, unos jornaleros de la vuelta de Fomento, de apellidos Cadena y Bombino, me encontraron en una cuevita y me llevaron para la casa del mayoral llamado Eladio Castañeda y allí en un ranchito me alimentaron y me curaron hasta que estuve bien.

“Entonces, con Cadena y Bombino formamos una guerrilla que fue creciendo poco a poco con compañeros como Marcelo Martínez, Ismael Viera, Heriberto Zequeira, de Cabaiguán, y así hasta sumar veintipico de hombres en el momento de la llegada del Che al Escambray”.

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Vitalino Calero Barrios, en la foto, y Beremundo fueron asesinados a causa de una segunda delación en la finca de Onilda Hernández.

UNA DECISIÓN DIFÍCIL

Durante años en cada aniversario se repite la versión de que Enoel Salas fue solo a casa de Piñero —quien temiendo por su vida se había mudado para la zona de El Guineo—,  a ajustarle cuentas por lo de La Llorona. Esta es por tanto una oportunidad única de hacer luz sobre el asunto:

¿En qué momento concibe usted la idea de hacerle pagar a Piñero por aquella delación que costó la vida de ocho de sus compañeros?

“Bueno, ya eso fue a última hora, cuando todo el mundo sabía que él era el culpable de la masacre de La Llorona. Yo tenía un soldado que era primo hermano de Piñero y se sabía perfectamente que él había sido el delator. Pero no lo decidí yo, sino que se decidió en la guerrilla y el Che lo aprobó también, de que había que traer a Piñero al campamento para ser juzgado.

“Fuimos Heriberto Zequeira y yo a buscarlo una tarde, pero cometimos el error de que al llegar a la casa de él y recogerlo, tenía un machete a la cintura y no se lo quitamos. Zequeira iba manejando el yipe, y había una puerta de golpe en una cerca a más de un kilómetro de la vivienda de Piñero; cuando yo me bajo, que estoy abriendo la puerta, él se tiró y me atacó a machetazos. Zequeira se quedó paralizado, pero yo saqué la Browning y le disparé dos veces para salvar mi vida. No me lloraron en La Llorona, pero por poco me lloran en El Guineo”.

Nota: El cuerpo de un noveno asesinado, desconocido, fue tirado en el cementerio de Santa Lucía el 12 de agosto de 1957. Solo en 1992 se conoció que se trataba de Rolando Monzón Rivero, oriundo de Villa Clara.



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