Periódico de Sancti Spíritus

Sancti Spíritus, 1957: los crímenes que no se olvidan

En tres masacres y crímenes individuales en ese año inicial de la guerra de liberación fueron asesinados valiosos representantes de la juventud espirituana

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Beremundo Paz Sánchez, segundo jefe del alzamiento de La Llorona.

 

No sería 1957 para la jurisdicción de Sancti Spíritus el año más sangriento en cuanto a crímenes cometidos por el régimen de Fulgencio Batista, pues ese triste récord correspondería a 1958. Aun así, la tierra del Mayor General Serafín Sánchez Valdivia pagó un alto precio derivado de tres masacres y algunos asesinatos individuales de jóvenes que enlutaron decenas de hogares en distintos puntos de su geografía.

Si se parte de que la juventud personifica el futuro de un país, en tanto encarna a la nueva generación que habrá de asumir los destinos nacionales, el vil asesinato de lo mejor de esa hornada joven por un gobierno dictatorial como el de Fulgencio Batista equivalió a comprometer el destino de Cuba en aras de los espurios intereses de la oligarquía por él representada, al servicio de una potencia extranjera.

En 1957 Sancti Spíritus fue epicentro de tres masacres que sembraron el terror y llenaron de oprobio al régimen podrido con la tortura y eliminación física de casi una veintena de jóvenes a manos de criminales de uniforme, quienes obtuvieron por ello ascensos militares y prebendas.

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Francisco Pettersen, de los más conocidos entre los inmolados en Trinidad.

LA LLORONA, TRISTE NOMBRE

El asesinato en Santiago de Cuba del jefe nacional de Acción del Movimiento 26 de Julio, Frank País García, fue el detonante del alzamiento, en la zona de Cabaiguán, de un grupo de jóvenes revolucionarios, la mayoría de la zona de Neiva, que en su marcha hacia el lomerío de Guamuhaya fueron sorprendidos en la finca La Llorona el 7 de agosto del citado año y luego perseguidos y masacrados, con saldo final hasta el día 12 de la muerte de ocho de los 15 aspirantes a guerrilleros.

A partir de una delación que involucró a un antiguo integrante del Partido Revolucionario Cubano, de nombre Santos Piñero, a quien acudieron en busca de ayuda, y nuevas traiciones a cargo de campesinos acomodados, se completó la masacre, mientras los restantes siete logaban escapar gracias a la ayuda de gente de pueblo.

Así, a partir del 7 de agosto y hasta el 12, los sicarios fueron dejando indistintamente en los cementerios de Cabaiguán y Santa Lucía los cuerpos sin vida de Dionisio Rodríguez Mederos, Orestes Isidro González Morales, Sergio Ruperto Espinosa Águila, José Manuel González Crespo, Vitalino Calero Barrios y Beremundo Paz Sánchez, caracterizados por su juventud, pues solo Dionisio, con 32 abriles, sobrepasaba las tres décadas.

También caerían inmolados Manuel “Bolo” Brito Morales, de 44 años, y Horacio González Méndez, de 38.

A grandes rasgos, la biografía de estos mártires revela sus ideales y origen humilde, la mayoría de ellos de procedencia campesina y sólidos principios morales, incompatibles con las desvergüenzas de un régimen de oprobio como la feroz dictadura batistiana, fruto de un cuartelazo artero.

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Mirabal, al centro, celebrando sus crímenes. Año y medio después pagaba por ellos.

NUEVOS MÁRTIRES EN CABAIGUÁN

Al parecer no satisfecha con los asesinatos derivados del intento frustrado de rebelión de agosto de 1957, la tiranía añadiría dos nuevos crímenes a los ya cometidos en Cabaiguán en las personas de Sabino Calero Barrios y Rogelio Samuel Rojas Reyes. A Sabino, de 29 años y hermano de Vitalino, el destino no le sonrió, pues su infancia fue dura y lo poco que aprendió le fue enseñado por uno de sus hermanos.

Niño aún empezó a laborar en la agricultura y ya mayor trabajó como chofer de alquiler mientras se desempeñaba activamente en acciones clandestinas contra la dictadura. Sin consideración alguna por sus ancianos padres y una pequeña hija que dejó huérfana, el 30 de noviembre de 1957, apenas transcurridos tres meses de la muerte de su hermano, el ejército lo detuvo y luego lo ahorcó en el callejón de Villatera. 

No menos difícil resultó la infancia de Rogelio Rojas Reyes, venido al mundo en Cabaiguán el 4 de diciembre de 1940, a quien la instrucción básica le fue cortada en cuarto grado por la situación económica de sus padres. Para él aún infante, la brocha gorda sustituyó al lápiz hasta que pasa a trabajar como anillador en la tabaquería Moncada, alegórica a esa acción heroica que lo decide a ingresar en el clandestinaje.

Refugiado en Matanzas, regresa a su comarca y continúa trabajando y conspirando hasta que a inicios de diciembre del 57 es detenido en el cine Capirot, de la localidad. El 9 de ese mes su cadáver apareció colgando de un árbol en la finca Paraíso, cercana a al población. Al triunfo de la Revolución, ese cine sería rebautizado con su nombre.   

HOMBRE CON  MAYÚSCULAS

Hombre entero, valiente, patriota a la altura de sus 19 años, Pedro María Rodríguez Rodríguez, Palmerito, impresiona a cualquiera por su biografía, corta, pero repleta de hechos heroicos. Nacido el 2 de diciembre de 1938  en una prole de 15 hermanos en el barrio rural de Santa Rosa, Taguasco, el joven fue casi desde niño un acérrimo opositor a la dictadura batistiana.

 Prácticamente adolescente se va a La Habana. Allá estudia en la Escuela Técnica Industrial de Rancho Boyeros, donde se gradúa en 1955 y empieza a trabajar en la fábrica de pinturas Klipper; alterna esa labor con la de auxiliar químico en una refinería de la compañía norteamericana Esso.

El muchacho conspira contra el régimen y a mediados de 1957, ya “quemado” en estos trajines regresa herido en una pierna a la casa de sus padres. Palmerito acudió al doctor Jorge Ruiz Ramírez, oriundo de Sagua la Grande, para que le curara y luego le pidió a su hermano Rodolfo que fuera a Zaza del Medio y le comprara 100 balitas para su pistola calibre 22.

El 23 de octubre el muchacho acude al correo de la localidad con el pretexto de enviar una carta a una hermana, lo que aprovecha para deslizar un pomito con fósforo blanco en uno de los buzones que provocó un principio de incendio. Un empleado observó el hecho y lo denunció ese mismo día en el cuartel.

El 24 de octubre por la mañana, Rodolfo estaba preparando viaje a un semillero de tabaco que tenía más al norte. “Pedrito iba a ir conmigo. Quería unirse a un grupo de escopeteros que operaba por la vuelta de Jobo Rosado. Eran como las ocho de la mañana y ahí se aparecen el teniente Pascual Cuéllar Nodal, jefe del puesto de la Guardia Rural en Taguasco, y el soldado Quintero”.

Los dos militares querían llevarse al muchacho para “hacerle unas preguntas en el cuartel”, según le dijeron al padre. El joven pidió que lo dejaran cambiarse de ropa y cuando fue al cuarto, escondió la pequeña pistola en la caña de la bota.

Ya en el trayecto se produce un tiroteo en el cual resultan occisos el teniente y el guardia, mientras Palmerito recibe una herida grave en la columna. Llevado a Taguasco en busca de atención médica, el doctor Ruiz dice que necesita operación y parten para Sancti Spíritus en el auto de Agapito Moya Soriano, quien llega por casualidad al lugar. A poco los registran y detienen frente al Escuadrón de la Guardia Rural, donde los internan y torturan sin piedad. Sus cuerpos acribillados aparecen más tarde en El Cartelón, cerca de Jíquima de Peláez.

OTRA MASACRE EN TRINIDAD

Con la carga de simbolismo que es dable imaginar, el 27 de noviembre de 1957, a 86 años exactos del horrible asesinato de los ocho estudiantes de Medicina por el colonialismo español en La Habana, esbirros trinitarios reeditaron aquel crimen en cinco jóvenes revolucionarios naturales de esa villa. Todo parece indicar que una indiscreción, seguida de una delación, facilitó detener a cuatro de los infortunados en Manaca Iznaga cuando se disponían a quemar cañaverales en áreas del antiguo central Trinidad, luego FNTA.

Los soldados capturaron allí a Pedro Zerquera Nieblas, Clemente Magariño Pereira, Mario Guerra Landestoy y León Francisco Pettersen Domínguez. Mientras esto acontecía en Manaca, los agentes Monzón y José R. Tápanes capturaban a Fausto Pelayo Alonso Rodríguez, a quien condujeron a la Estación de Policía, de donde lo trasladaron al cuartel, para ser salvajemente torturado y ultimado junto a los ya citados.

Pedro Zerquera Nieblas nació en Trinidad el 19 de octubre de 1936 y apenas pudo estudiar hasta el sexto grado, pues la situación económica lo obligó a trabajar para ayudar a sus padres. Primero lo hizo en el comercio y después como chofer de alquiler, labor que desempeñaba cuando se integró a la lucha contra la tiranía.

Más pobre aún era Clemente Magariño, quien solo accedió al tercer grado y desde su nacimiento, el 23 de noviembre de 1933, hasta su asesinato a los 24 años de edad conoció los pinchazos de la miseria. De la saga de los humildes era también Fausto Pelayo Alonso. De niño tuvo que dejar el aula al terminar el quinto grado y bregar sin descanso para conseguir el sustento. Ya adulto y convencido de que bajo la tiranía no habría mejoría posible, ingresó en el Movimiento 26 de Julio, del que fue un activo militante hasta su asesinato a los 30 años de edad.

El único que pudo pasar de la primaria fue León Francisco Pettersen, quien empezó el bachillerato en el Instituto de Cienfuegos, de donde se trasladó a la Escuela Técnica Industrial de Rancho Boyeros, en La Habana, la que abandonó al quedar huérfano de padre. Había nacido el 2 de septiembre de 1924.

Estos horrendos crímenes de hombres en su mayoría jóvenes no quedarían impunes, pues torturadores y asesinos pagaron como regla ante el pelotón de fusilamiento el dolor que infligieron a sus víctimas y a sus seres queridos, por sus bajos instintos, su sed de sangre y su servicio a un régimen del tipo que jamás en el futuro podrá volver a mancillar Cuba. 



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