Arelis Prado Prieto no necesitó llamados para convertirse en donante de sangre. Cuando decidió extender su mano había pensado de sobra en miles de casos. Se le encogía el pecho de solo pensar, por ejemplo, en un bebé recién nacido que precisa de un grupo de sangre infrecuente, en los aciagos accidentes, en un sinfín de hechos que pueden ocurrir en un abrir y cerrar de ojos.
Antes de la primera donación no tuvo experiencias negativas en su familia, mucho menos tocaron a su puerta para pedirle auxilio. Bastó sensibilizarse, ser empática y entender cuánto se le cercena el alma a una persona al tener grave a un familiar en el hospital, cuán ansiosa se torna por no disponer de este valioso recurso en medio de situaciones complejas.
Por ello, no lo dudó. Dejó a un lado los criterios encontrados que suelen hallarse sobre este asunto y se lanzó a un acto de extremo humanismo que defiende hasta los días de hoy.
A pesar de los tiempos que corren, tan carentes de solidaridad, esta yaguajayense está ahí, siempre que el reclamo por la vida sea la urgencia.
“Solo hay que imaginarse estar en un hospital, viendo a tu hijo, a tu madre, padre, hermano, a cualquier familiar o persona pidiendo a gritos ayuda. ¿Qué pudiera pasar si no existieran personas dispuestas a donar? Hay que pensar en eso cuando exista la menor duda. Por eso, decidí hacerlo, porque la vida es lo más sagrado que existe y puede variarle a cualquiera en un segundo”, apunta.
Arelis es una mujer transparente, que no repara en formalidades y abre las puertas de su casa como si fueran las del alma. Es, entonces, cuando una entiende que solo alguien así es capaz de protagonizar gestos de este tipo.
“Desde el año 2006 dono sangre y estoy superfeliz de poder dar mi granito de arena. Sé que cada gota de sangre salva una vida y ese es el mayor premio que se recibe. Además, la gente lo agradece. Y eso basta”, recalca la fémina de 55 años de edad, también licenciada en Primera Infancia.
Más de 20 donaciones suma esta mujer. Cada seis meses acude hasta los centros de salud de su zona de residencia, en el Consejo Popular de Iguará, en el municipio espirituano de Yaguajay. Allí brinda su sangre. Nunca falta. Se ausenta en casos excepcionales. La voluntad de ayudar grita más alto que cualquier contratiempo.
“Hay que resaltar los cuidados que se asumen antes de cada donación. Siempre nos toman la presión, verifican la hemoglobina y velan por que todos los parámetros de salud estén en orden. Nuestro bienestar también es una máxima para los trabajadores de la salud. Son admirables los procederes para esta labor de elevado humanismo”, acota.
Arelis labora el Círculo Infantil Soldaditos de Fidel, de la comunidad de Iguará. Ella adora a los niños. No por gusto habla con orgullo de sus hijos y nietos. En ellos también piensa mientras extiende su brazo.
“Cada hombre o mujer que dona su sangre impulsa la vida, devuelve la sonrisa al enfermo y a su familiar. No sabemos qué persona la recibirá, ni de qué lugar de Cuba. Solo conocemos que cada gota salva. A mis nietos les inculco el espíritu de ayudar, de ser, ante todo, humanos. Quién sabe si un día también sean capaces de donar. Estaría orgullosa”, detalla.
Arelis hilvana cada frase y, sin querer, deja atrás la barrera del “soy de pocas palabras”. Nadie mejor que ella para contar una historia de amor, que la ha hecho crecer como ser humano. Nadie mejor que ella para saber que está haciendo algo bueno en el mundo.
“No me cansaré de decir que con cada donación se defiende la vida. Donar sangre es un acto voluntario, anónimo, pero que tiene corazón. Es un gesto muy lindo. Y mientras la salud me lo permita, extenderé mi brazo. Hay miles de personas que necesitan una bolsa de sangre, y todo el que pueda, debe contribuir a garantizarla, en cualquier rincón de Cuba”, concluye.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus













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