Duele. Desbroza en lo más profundo de las esencias del ser humano. Con cada tirón desde dentro brotan preguntas, sentimientos, sensaciones… Se suma también la oscuridad de la sala inmensa. Plano a plano, Calle 232 hila fragmentos de la Cuba de hoy, cada vez más envejecida, vulnerable, necesitada de sostenes.
Vuelve el cine nacional a erigirse como un cronista estrella de su tiempo y para todos los tiempos. Narra. Describe. Dialoga. Alerta. Denuncia. El más reciente estreno del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, (Icaic), bajo la firma de Rudy Mora, visibiliza un tema que, aunque cotidiano, aparece poco, poquísimo en la historia del séptimo arte cubano.
Y es así porque no asume el envejecimiento y sus huellas como un apéndice de la sinopsis. Ambos se roban totalmente todas las tomas. Gritan. Estremecen. De ahí que admitir como protagonista solo a Atila —el talentoso y exitoso director de cine que tras enfermarse pierde gran parte de sus capacidades—es asumir de forma reduccionista la producción audiovisual. Ahí están Pedro, Josefa, Elsa, Alex, Carlos, Lourdes…, cada quien lo nombra según su propia experiencia, la que le colinda o conoció de oídas en este país tan diverso y auténtico.
Sencillamente, muestra a todas luces un fenómeno que transgrede los perímetros individuales para agitar interrogantes lacerantes: cuán humanos somos y cuánto lo es una sociedad con demasiadas deudas, no solo con las personas adultas mayores, sino con los más jóvenes, en su mayoría, educados distantes de entender que hay responsabilidades basadas en el amor y el agradecimiento, más allá de leyes y disposiciones gubernamentales. Pero, también, que urge acomodar los contextos cubanos para hacer menos angosto el tránsito por los años y a quienes les acompañan.
Y entre tantos valores propios de la producción hay un punto esencial: la propuesta surgió de una experiencia vivencial que por 10 años sintió en carne propia Rudy Mora. Mas, logra desprenderse de sus emociones más íntimas, por lo que la narrativa toma carácter universal.
Hay a todas luces una investigación profunda. Horas y horas de búsquedas reflejadas en un guion cuidadoso, hilvanado con preciosismo por textos y subtextos. ¡No sorprende! Llega por un realizador probado con creces y con un sello creativo provocador, ya sea en televisión con Doble juego (2002) o en el séptimo arte con Y, sin embargo (2011).
En este nuevo reto, una producción con presupuesto limitado —según declaraciones a la prensa— se nutrió de la propia riqueza de las escasas locaciones que permitieron al reducido elenco moverse en un universo donde el ahogo, la imposibilidad de escapar y el agotamiento están más allá de las palabras.

Jorge Alí, tras años ausente de la escena nacional retorna por la puerta de los inmensos. Demuestra que ser artista sí precisa crecer durante una carrera constante, pero es mucho más. Se nace histriónico, con talento. Basta verlo tomar la mano de su cuidador o llorar como un bebé negado a dejar el nido propio, esa especie de incubadora esculpida por sí mismo, para confirmarlo.
A su lado, como siempre, magistral Isabel Santos. Tan ella, eternamente, sobre todo en una escena que parece sencilla y lo dice todo. Mientras recoge las prendas y dinero del hermano inerte sobre la cama deja escapar al ritmo de los cuentos felices de familia las muchas razones de por qué “está ahí”.
Ante ambos, el resto de las actuaciones transcurre unas veces más orgánicas; otras, no tanto. Mas, logran reflejar, de forma general, las situaciones y contextos ideados por Rudy Mora. Difícil, arduo reto porque construyen la otra cara del fenómeno de envejecer: la dureza, fragilidad y temple de los cuidadores, seres humanos capaces de quebrarse por momentos, de cuestionarse si vale la pena seguir al ver escapar ante sí mimos su propia vida.
Incluso, traspasa esas emociones naturales para ir más allá en el personaje interpretado por la actriz Chavely Díaz, quien decide romper su relación, sus sueños a futuro por otro conflicto ético: el sacrificio de cuidar una persona ajena a la familia. También está el personaje que encarna la reconocida Laura Moras. Es el tipo de ser humano que se aprovecha de los otros mientras le aportan. Cuando no, salta, huye de las dificultades y solo regresa cuando precisa vestirse como mejor persona. Es por eso y otras muchas reflexiones que Calle 232 es un filme duro, conmovedor, aleccionador, creíble.

De ahí que no concuerde con el criterio de una espectadora espirituana que asegura que la película presenta un ritmo lento. Hacer correr las emociones tendría un costo injustificable, imperdonable. No por gusto, la fotografía tan cuidadosa, limpia, pensada hasta el más mínimo detalle, nos devela esa relación tan agotable enfermo-cuidador, con nombre Atila-Abel, de una manera bella, artística, meticulosa, perfecta en sus propias imperfecciones.
En el caso de la banda sonora, me quedan deudas. Aunque no niego que el propio paisaje sonoro de la vivienda ubicada en la calle capitalina y el resto de los entornos: vendedor, cine, fiesta, candonga y hospital le otorgan valores añadidos de lo que entra por los oídos. De todo, me quedo con los últimos minutos, donde Monólogo, de Silvio Rodríguez, permite transitar de otra manera, con otros ojos y pensamientos por las arterias por donde corre la vida de este país.
Cuando la sala cinematográfica espirituana se puso oscura y las ovaciones dieron el punto final fue inevitable coincidir en que valió la pena el calor porque se tuvo la oportunidad del encuentro con una obra de arte y, por tanto, humana, cuestionadora y fiel con las realidades en las que coexiste.
Cuba seguirá envejeciendo. Emergerán con mucha más fuerza las figuras de los cuidadores, aunque también aflorarán los vacíos por causa de una emigración indetenible o, sencillamente, el no sentido de pertenencia con quienes nos rodean. Tendrán sus razones para hacerlo, como también los que sí, incluso bajo muchas presiones, se queden, como Abel hizo con Atila.

Está en cada plano de Calle 232, sin medias tintas, sin adornos, como se hurga en una herida infestada, una preocupación que nos implica a todos: la real desatención desde lo social que hoy viven quienes un día lo entregaron todo y ya poco o casi nada tienen. Más que leyes y disposiciones, urge facilitarles la vida con políticas reales, algunas hoy solo en letra impresa y materializadas con la subida de una chequera que sigue sin alcanzar ni en una semana de mes. Pero la vida plena implica más, exige más.
Es esa una grieta de país que se agiganta con el paso de los años. El cine cumplió su rol y la puso al desnudo. Lo ha hecho otras muchas veces como expresión artística, con la belleza que no oculta luces y sombras. Sobran otros ejemplos tan duros y reveladores como Memorias del subdesarrollo (1968), Los sobrevivientes (1979), Suite Habana (2003) y La pared de las palabras (2014). Mencionarlas a todas es un desacato a la objetividad periodística. Por tanto, solo queda agradecer por esas provocaciones al pensamiento y, también ahora por Calle 232, una de las muchas realidades de Cuba.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus










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