La historia de Trinidad, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, no solo se guarda en sus palacios coloniales o en el Valle de los Ingenios. Está escrita, literalmente, en el suelo que pisan sus habitantes y visitantes. El origen de sus calles, un entramado laberíntico de piedras centenarias, narra memorias de ingenio moldeadas a partir de los hechos y los años.
Para entender el diseño actual, hay que remontarse a muchos años atrás, desde la fundación de la ciudad. Inicialmente, los colonizadores se dedicaban a la extracción del oro, al cultivo de la tierra y a la cría de ganado, basado en el trabajo esclavo del indio, en las llamadas encomiendas.
En 1518, tras la llegada de Hernán Cortés a la villa, una gran parte de la población lo siguió hacia la conquista de México. Solo unas 60 o 70 familias, entre peninsulares y aborígenes, quedaron residiendo en el poblado y se dedicaban a las mismas tareas que los primeros colonizadores.
En 1544 quedó prácticamente despoblada. Los aborígenes, que habían aprendido el uso de los instrumentos de labranza y las técnicas del cultivo de la tierra, criaban también ganado y se dedicaban a la actividad comercial. Incluso, hubo un momento en que un indio asumió el cargo de Alguacil Mayor. A partir de 1570 se activó el comercio por tierra firme y la población española reasumió el control de las propiedades y la administración local.
Trinidad recibió la categoría de ciudad en 1585, lo que se refleja en los instrumentos públicos. Ante el monopolio comercial impuesto por la Corona Española se desarrolló el contrabando. Del territorio salían carnes saladas, casabe, tabaco, caballos y otros productos. Recibían a cambio, mercancías manufacturadas: telas, porcelanas, perfumes, muebles finos y otros. Pronto la ciudad tuvo un rápido desarrollo, de lo que se aprovecharon los piratas y corsarios que atacaban frecuentemente la ciudad.
Esto obligó a fortalecer el sistema defensivo; se crearon los fuertes de San Pedro, en la Península de Ancón y El Castillo, en el puerto de La Boca. Se reforzaron las tropas en los cuarteles de la ciudad. Fue organizado un cuerpo de corsarios trinitarios para enfrentar al enemigo e, incluso, hacían incursiones a las islas caribeñas como Jamaica y Haití.
La población creció de 150 habitantes en 1620 a 5 840 en 1755. Más adelante, para 1827, la población llegó a unos 29 000 habitantes, de ellos 11 727 esclavos. El número de ingenios llegó a ser superior a 46 en el Valle de San Luís.
Ante el crecimiento de las riquezas, gran número de emigrantes europeos y americanos se establecieron en la ciudad: industriales, comerciantes, artesanos, maestros, pintores, músicos, etc. Hubo un gran desarrollo de la educación y la cultura en general.
La mayoría de las casas eran de madera, yagua, techos de guano; y en diversas ocasiones eran destruidas por voraces incendios. Para 1827 existían 1 327 construcciones de ese tipo.
Poco a poco, las viejas edificaciones fueron sustituidas por sólidas casas de ladrillos, piedras, con techos de teja o azoteas. Se levantaron grandes palacios, como los de Borrell, Cantero, Béquer, Brunet e Iznaga, y casas solariegas que resultaban verdaderos palacetes, como las de Padrón, Sarría, Malibrán y muchos otros.
Las calles eran de tierra y ocasionaban grandes polvaredas en época de seca, mientras que se convertían en enormes lodazales con la caída de torrenciales aguaceros en la temporada de lluvia, unido al agua que se deslizaba de los cerros cercanos de La Popa y La Vigía, de modo tal que se depositaban donde hoy se encuentra el Parque de Céspedes, formando la llamada laguna de Guaicanamar.
El desarrollo de la ciudad determinó que fueran empedradas con piedras llamadas chinas pelonas, que eran traídas de orillas de los ríos cercanos, principalmente del Táyaba; y para su construcción participaron maestros de obra, jornaleros y presidiarios. Tenían su caída hacia el centro, por donde corría el agua hasta las praderas del sur de la ciudad y desaguaban en el río Guaurabo, lagunas o en el cercano mar.
Las pavimentadas y sólidas calles confluían en hermosas plazas y plazuelas, como las de Segarte, El Jigüe, las Tres Palmitas, Santa Ana, la de Carrillo, la Plaza Mayor y la de las Tres Cruces.
A mediados del siglo XVIII fueron formándose nuevas calles, la primera fue la de Gutiérrez —hoy Maceo—, en honor al Teniente Gobernador Don Francisco Gutiérrez y Rivera, quizás la primera que se le dio el nombre de un gobernante; al resto le pusieron nombres religiosos o relacionados con la fundación de la villa, o de oficios y árboles.
Las calles se formaron alrededor de la Plaza Mayor y se fueron extendiendo hacia el sur. Más tarde en las proximidades de la Plaza de Paula —hoy parque de Céspedes—.
En la esquina de la calle Colón (en honor al descubridor de nuestro país) y Gutiérrez, existió hasta 1837 un puente que facilitaba la movilidad de los transeúntes, pues era parte del cauce del arroyo Guaicanamar.
Se construyó la Calzada Real de Jesús María, que en un principio se llamó Másico, y tomó el nombre de un moreno nombrado Tomás de Jesús María, quien tenía en ella un puesto de venta de empanadas y tamales.
Los demás nombres de las vías públicas fueron surgiendo por diversas razones. La calle de San Procopio lo recibió por una imagen de madera del referido Santo que poseía un maestro platero llamado Procopio Arranzola.
Rosario, porque en determinadas actividades religiosas se rezaba el Santo Rosario desde la salida de la Iglesia Mayor, cuesta abajo por esta inclinada calle hasta llegar donde se encontraba el Cabildo de la Cruz, en el barrio del Pimpá, al final de la misma. Más tarde se nombró Francisco Javier Zerquera, en honor al destacado educador trinitario, abuelo del que fuera Historiador de nuestra ciudad, el inolvidable Carlos Joaquín Zerquera.
El Callejón de Peña, a un costado del Palacio de Cantero, sede del Museo Histórico Municipal, tomó su nombre del apellido de un Gobernador de Trinidad de triste recordación por su despotismo y crueldad.
La de Media Luna recibió su nombre por su irregularidad, semejante a la forma que toma en una de sus estaciones el satélite de nuestro planeta.
La del Guaurabo era un antiguo sendero indio que conducía casi en línea recta hasta las aguas del río de su nombre, por donde desembarcaron Diego Velázquez y Hernán Cortés.
Una calle en que vivían bellas y alegres muchachas se llamó Pimpollo. El Callejón de Smith, por un señor natural de Portugal que vivía en esa corta cuadra.
La de Real del Jigüe, porque en la esquina que hace con la de Boca, se encontraba el árbol de este nombre, donde la tradición histórica señala que bajo su sombra celebró Fray Bartolomé de Las Casas la misa de fundación de la villa de La Santísima Trinidad; y así, sucesivamente, cada nombre esconde un pedazo de historia
La forma irregular de las calles fue, a propósito, tomando en consideración el peligro potencial de algún ataque enemigo con el fin de confundirlos y hacerles emboscadas y a su vez, servía para propiciar la fuga hacia las montañas de mujeres y niños, lo que también resultaba útil en caso de incendios.
Un poco más adelante en el tiempo, las guerras independentistas y la abolición de la esclavitud sumieron a Trinidad en un largo letargo económico. Paradójicamente, este olvido fue su salvación, pues su centro histórico quedó congelado en el tiempo, preservando intacto su patrimonio arquitectónico original.
El siglo XX trajo el reconocimiento de su valor excepcional. Su consagración internacional llegó en 1988, cuando la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad, junto al Valle de los Ingenios. Este título marcó el inicio de su renacimiento como destino cultural y turístico de primer orden.
Hoy, muchos años después de su fundación, Trinidad encubre dentro de cada piedra y esquina, muchas anécdotas y relatos que cuentan cómo surgió hace más de cinco siglos hasta la actualidad, de ciudad azucarera a tesoro preservado y de interés.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus











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