Han transcurrido horas, desde que la vi acercarse a la sede del Comité Provincial del Partido en Sancti Spíritus, y confieso que su imagen no se aparta, gratamente, de mi memoria.
Me parece verla aún, caminando con sus delicados pasos; preocupada, temerosa de que ya hubiese concluido el avance de toda una ciudad frente a la imagen de los 32 héroes cubanos que el pasado 3 de enero cayeron en desigual combate contra fuerzas y medios del imperio, muy superiores, que agredían impunemente a Venezuela.
“Qué va, no puedo quedar sin verlos, sin darles mi abrazo, en silencio, desde lo más hondo de mi pecho” –se dice al ver que, por lo visto, ya no quedan personas aguardando para entrar al solemne recinto.
Hubiera deseado venir bien tempranito, pero la edad, esa insuficiencia renal que le aqueja, los quehaceres del hogar, la necesidad de atender a su también octogenario esposo, afectado por el Parkinson… todo ello le impidió estar, como en sus buenos tiempos, entre los primeros en llegar.

La pupila, sin embargo, se le ilumina de repente, cuando un hombre de morena tez, alto, elegante, se le acerca y, al oírla suplicar, le extiende el antebrazo, para que se apoye en él y lo acompañe, como lo que en ese momento siente ser: una verdadera reina cubana.
Y muy despacio –como si no quisiera dejar atrás tanto honor y tanta gloria- va fundiendo, inevitablemente, suspiros, palpitaciones, lágrimas, gemidos…
¿Quién puede convencer a su afligido corazón de que los 32 no son también frutos de su vientre?
Mucho más si recuerda que años antes de acogerse a jubilación ofreció en tierra venezolana una ayuda tan solidaria, humana y fraternal, en salud, como la que ahora brindaban los 32 combatientes en la protección y seguridad del Presidente de esa nación hermana.
“Lo que Estados Unidos ha hecho con él y con su esposa tampoco tiene perdón de Dios ni de la humanidad” –me dice, no sé si en un susurro o si en incontrolable sollozo.
¿Sabes que eres la última espirituana, quien sabe si hasta la última cubana, en pasar frente a la imagen de esos héroes? –le digo, en un intento por distraerla o por desviar su dolor hacia la vera de este duro instante.
Entonces Elia Ríos Hernández me regala una de las sonrisas más cándidas, ingenuas y hermosas que he visto en el universo de mis días, el beso que les hubiera dado, uno por uno, a las 32 fotos, y sigue rumbo a su hogar, con esos pasitos cortos, que la llevan hasta donde la edad quizás no le aconseje… tan delicada como una blanca mariposa el libre vuelo.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus










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