Imaginar que es posible atravesar este archipiélago a fuerza de machete y metralla es una locura. Materializarlo ya se convierte en leyenda. Lo confirman muchos de los pasajes de la Invasión de Oriente a Occidente, gestada entre 1895 y 1896, y la que en 1958 se convirtió en estocada final de la última etapa de lucha armada en Cuba.
Precisamente, en ese desacato a la cordura es que, entre tantos nombres, coinciden dos de los inscritos en el altar de la Patria. Quisieron la vida y el destino que el 14 de junio se entrelazaran los nombres de José Antonio de la Caridad Maceo Grajales y Ernesto Guevara de la Serna. El primero, en el año 1845. El segundo, en 1928.
La fecha se volvió el punto de partida de constantes referencias entre uno y otro. Ambos fueron hombres respetados y admirados sobremanera, incluso por sus enemigos. Se lo ganaron a golpe de ejemplo, disciplina, de poner el bien colectivo por delante del suyo propio, por develar miradas profundas con la mayor de las transparencias.

Perdieron sus nombres. El Titán de Bronce, entre los más bravíos de la manigua insurrecta, se hizo eco dentro y fuera de Cuba. El Che, el mismo sustantivo por herencia argentina con el que bautizó a quienes encontró a su paso, recorrió gran parte del orbe con sus ideales como escudo.

Tanto Maceo como Guevara demostraron que la fidelidad, más que compromiso, es convicción. El Generalísimo Máximo Gómez no pudo tener un mejor Lugarteniente General del Ejército Libertador para impulsar la campaña militar contra el colonialismo español. El Comandante en Jefe Fidel Castro acertó definitivamente, al contar entre sus hombres imprescindibles, con el Comandante Ernesto Guevara.

De poner el pecho a la vanguardia ante cualquier situación se conocen pocos que superen a Maceo. No sólo se erigió como un gran estratega militar al contabilizar en su hoja de servicio más victorias que reveses, sino por decirle en su propia cara al general Arsenio Martínez Campos que la rendición no era un pacto posible en su Cuba.
Mientras, el Che, acostumbrado a salir al combate asfixiado por la maldita asma que tanto lo hostigó, vestido de guerrillero alzó su voz en la Asamblea General de la ONU. Ocurrió en 1964, año bautizado como de muchas definiciones internacionales. Repasó los problemas principales que agobiaban al mundo y presentó la plataforma indispensable para una salida revolucionaria. Cuentan que justo en la misma nariz del histórico enemigo de Cuba: el Gobierno de los Estados Unidos, el hijo adoptado por este archipiélago y su pueblo obligó a escuchar, incluso, a quienes preferían taparse los oídos ante las arbitrariedades.

Por tanto, no sorprende que ambos dejaran físicamente la tierra de los mortales con los pies en la lucha. Maceo no se perdonaría morir de otra forma, después de tanta batalla y de resistir 26 heridas. El Che entendió que, ya libre Cuba, otras tierras también exigían de sus modestos esfuerzos. En Bolivia cayó en manos de un enemigo que creyó haberlo callado para siempre.

Demasiados puntos coincidentes en la ruta de estos hombres de estirpe poco común. Mas, todos nos conducen a un mismo lugar: Antonio Maceo y Ernesto Guevara son, sencillamente, símbolos porque cada una de sus palabras se respaldó con conductas dignas a imitar.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus













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