Para una familia de profesionales constituye un tremendo orgullo que sus hijos estudien en las escuelas de mayor rigor. Mariela González Jiménez fue una de esas niñas y se ganó, por derecho propio, ingresar al Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas (IPVCE) Eusebio Olivera, de Sancti Spíritus. Sin embargo, la adolescente decidió abandonar la institución y justo ahí fue donde comenzó su vínculo eterno con la producción de tabaco.
“Cuando dejé el IPVCE mi madre me dijo que si no iba a estudiar tenía que buscarme un trabajo y así fue como llegué a la fábrica de tabaco de mi pueblo con tan solo 16 años de edad”, rememora con la picardía de quien se salió con la suya.
“Lo que fue un castigo por dejar los estudios se convirtió en mi razón de ser. El aroma del tabaco, el ambiente, las personas me enamoraron para siempre”.

El tabaco cubano está considerado entre los mejores del mundo. Y ese título no se gana solo con la calidad y el aroma de la hoja. En el mercado cada detalle cuenta y vende: la caja, los sellos, las formas y los colores. En esto último Mariela puede dar cátedra.
“Lo primero que hice en la tabaquería fue muy interesante. Dentro de cada caja los tabacos tienen que tener colores específicos. Es un trabajo bonito porque eres una especie de filtro, pero, a la vez, muy fuerte físicamente”.
Así trascurrieron sus primeros 17 años en la Unidad Empresarial de Base (UEB) José Antonio García Borroto, de Zaza del Medio, perteneciente a la Empresa de Tabaco Torcido de Sancti Spíritus; hasta que un día el deseo de superarse comenzó a darle vueltas en la cabeza y llegó el momento de tomar decisiones.
“Yo tenía ese deseo de estudiar, de superarme profesionalmente y el rigor de una fábrica de tabaco te roba mucho tiempo. Entonces, decidí dejar a un lado lo que hasta ese entonces había sido mi vida para hacer una carrera universitaria”.
Y lo logró. Se licenció en Derecho y se abrió camino en la vida. Pero el aroma del tabaco seguía con ella como una especie de perfume eterno que no podía abandonar.
El tiempo pasó. Pero hay lazos que no puede quebrar. Tal vez no era el mejor momento; ya había una familia de por medio, un matrimonio consolidado, dos hijas.
“Me hicieron la propuesta de regresar a la tabaquería y yo decía que no por instinto, era una respuesta programada, una falsa verdad que me había intentado creer durante mucho tiempo. Ahora se trataba de afectar a otras personas con mi decisión.
“Hasta que un buen día mi esposo me dijo: ‛Cada vez que hablas de la fábrica te brillan los ojos. Nosotros te ayudamos’. Por ese apoyo estoy aquí de nuevo”.
Resagadora de colores, especialista de Calidad, jefa de Terminado y actualmente jefa de Producción de la UEB… Ha hecho de todo o casi todo, menos torcer tabaco.
“La verdad, nunca me atreví a torcer. Para mí es un arte y no todo el mundo es artista. Cuando haces un tabaco con tus propias manos te conviertes en embajador de tu país y, a la vez, en portador de una herencia de siglos que no puedes traicionar. Es mucha responsabilidad”.
Está claro que el apoyo de la familia resulta imprescindible para el desarrollo profesional y espiritual de las personas. Las mujeres y, sobre todo, las madres, merecen ese cariño y respaldo de sus seres queridos.
Podríamos decir que Mariela González Jiménez es una mujer como otra cualquiera que trabaja y atiende a su familia. Pero no; es una madre cubana y, al igual que el tabaco de esta tierra, tiene un sello de calidad que la distingue en el mundo.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus














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