A pocos kilómetros del centro de la ciudad, donde el asfalto cede al terraplén, una mujer de campo recibe a su hijo sin aspavientos. No hubo abrazos largos ni anuncios previos. Solo el gesto de colgar la mochila en el clavo de siempre y volver al conuco. Esa escena, repetida en muchos hogares espirituanos, resume el modo en que miles de madres han tenido que reacomodarse a una realidad cada vez más exigente.
El hijo, emigrado hace años, llegó en una guagua que lo dejó en el cruce. Caminó hasta la casa entre palmas reales y polvo fino. Encontró a la madre inclinada sobre las plantas de boniato, con sombrero de yarey y las manos oscurecidas de tierra. Al verlo, se incorporó despacio y dijo: “¡Llegaste!”, como quien confirma un dato sin necesidad de más. La naturalidad de la escena no restaba hondura: detrás de esa bienvenida cabía la historia de una mujer que ha aprendido a leer los ciclos de la tierra y de la escasez con la misma calma.
Mientras arrancaba hierba mala, le fue contando sin queja cómo se las ha ingeniado en los meses recientes. La cosecha anterior se perdió por falta de agua, así que buscó semillas de variedades más resistentes en un pueblo cercano. Ahora cambia huevos por aceite con una vecina de la cooperativa. “Uno se las arregla”, dijo, como si la fórmula no tuviera mayor misterio. Pero el hijo notó que esa aparente sencillez encerraba una capacidad de adaptación forjada a fuerza de necesidad: voluntad aplicada a lo inmediato, sin esperar que las condiciones mejoren solas.
La educación que ella impartió nunca necesitó discursos. Fue un puñado de hábitos firmes —cerrar las puertas sin golpe, sacudirse los pies antes de entrar al portal, dar las gracias mirando a los ojos— que en la distancia resultaron más útiles que cualquier manual. El hijo, acostumbrado a las urgencias del extranjero, reconoció en esa casa espirituana la raíz de su propia disciplina. La mesa de pino, el bombillo amarillo, la alacena con los frascos alineados: todo hablaba de un orden que no se rinde al desorden externo.
La madre también ha tenido que volverse aprendiz de oficios nuevos. Cuando la turbina de agua falló, no esperó al técnico que nunca llegaba. Vio a un muchacho en la bodega enseñarle un video en el teléfono y, con eso, consiguió reparar la avería. El dato la exhibe menos como heroína que como representante de una generación que se ha visto forzada a resolver lo básico sin más herramientas que la observación y la urgencia. Lo mismo cosió con un cabo de vela durante los apagones que reorganizó la siembra para depender menos de la lluvia.
Esa tarde, el hijo cambió el regalo ausente por trabajo: reparó la bisagra de la puerta del fondo y pintó la cerca castigada por el viento. Ella, mientras tendía sábanas en el cordel, lo miraba de reojo. No hizo comentarios largos. Al terminar, puso dos vasos de limonada sobre la mesita del portal y se sentó a su lado. Ese silencio compartido contenía más reconocimiento que cualquier brindis en otra latitud.
Antes de la partida, ella le puso en la mochila un envoltorio con panetela y un pomo de dulce de guayaba. Tampoco le dijo que lo extrañaría. Le recordó, en cambio, que revisara el aceite del carro y cogiera las horas completas de sueño. En esas instrucciones prácticas, sin un gramo de retórica, viajaba todo su apego.
Al cruzar otra vez el terraplén, el hijo entendió que la firmeza de aquella madre no era una coraza frente a las dificultades del país, sino una raíz discreta que se ha ido reinventando en silencio. No está sola: en los campos de Sancti Spíritus y en tantos otros rincones de Cuba, miles de mujeres sostienen lo cotidiano con los recursos que el día pone a la mano, sin pedir permiso y sin esperar homenajes.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus












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