La historia la escriben los hombres, unos con la grandeza de los elegidos; otros desde la humildad y el sentido del deber. Delio Alberto Pujol de la Peña es uno de ellos.
Con 86 años y una lucidez admirable, evoca su participación en los hechos que situaron a la ciudad de Trinidad en el centro de una operación militar fraguada por los servicios de inteligencia de los Estados Unidos, el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo y elementos batistianos; y que supuestamente sería respaldada por un levantamiento armado interno.
Tenía entonces 20 años. A los 17 comenzó sus primeras acciones en la clandestinidad hasta unirse a las fuerzas rebeldes. Días antes del 13 de agosto de 1959 había sido movilizado sin tener idea de los planes del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz para neutralizar la conjura.
“Sabíamos que iba a ver algo contra él, pero no conocíamos los detalles. La Rosa Blanca se llamaba la operación, aunque no teníamos idea de la magnitud de lo que se estaba organizando por los enemigos de la Revolución.

El 12 de agosto en el aeropuerto trinitario aterrizó un avión con armas y pertrechos para los supuestos alzados, mientras en la pista y sus alrededores se escuchaban expresiones contrarrevolucionarias, y a lo lejos, el sonido de disparos.
“Ya ese día supimos, cuenta Delio, cuando llegó el avión y vimos descargar las armas: morteros, ametralladoras y muchas balas. Nos pusimos a bajar toda la carga. Se fue y nosotros continuamos. Un camión lleno de pertrechos de guerra”.
El teatro de operaciones fue tan real que resistió una inspección del sacerdote Ricardo Velazco Ordóñez, quien viajó como enviado especial del dictador dominicano y pudo apreciar en el terrero una compañía de supuestos desafectos a la Revolución que gritaban ¡Viva Trujillo!
El testimonio de Delio como participante de las acciones coincide con los hechos que documenta el libro Una historia fascinante. La conspiración trujillista, de los investigadores Andrés Zaldívar Diéguez y Pedro Etcheverry Vázquez. Como prueba irrefutable de su presencia en estas acciones, el joven aparece en la fotografía del grupo de combatientes, al lado de los comandantes Camilo Cienfuegos y Juan Abrantes, mientras Fidel se inclina hacia el radio-operador y le da indicaciones precisas.
“Dile que Trinidad ya está tomada y que seguimos avanzando”, recuerda.

“Después salimos para la terraza del cuartel, que es hoy la sede del Partido municipal y Fidel se da cuenta de que el avión podía llegar más temprano y ver el helicóptero que los trajo a ellos. Y preguntó si alguien sabía cómo enmascararlo.
—Bueno Comandante, yo sé dónde puedo conseguir un enserado— dije
—Pues coja un yepp y vaya a traerlo enseguida— ordenó.
“Me fui a buscarlo de inmediato y logramos cubrirlo bien”, relata.
Este plan —refieren Zaldívar Diéguez y Etcheverry Vázquez— fue fruto de la genialidad del Comandante en Jefe, al hacer creer al enemigo que la región estaba tomada por fuerzas contrarrevolucionarias.
El punto final de esta operación táctica tuvo lugar el día 13 cuando aterrizó otro avión de la fuerza aérea trujillista con once tripulantes y un cargamento adicional de pertrechos de guerra. Seis de estos mercenarios proyectaban quedarse en espera de la invasión.
Como parte de la operación, organizada por el alto mando de la Revolución, las fuerzas rebeldes fueron distribuidas en otros puntos de la ciudad.

“Se hicieron dos grupos para simular los combates —recuerda Delio—. Uno se ubicó en la carretera de Casilda y nosotros, bajo las órdenes de Alfredo Peña, fuimos para la subida de Las Cuevas.
“Cuando nos dieron la orden de regresar ya se había neutralizado a los mercenarios en el aeropuerto”.
Tras un breve, pero intenso tiroteo, fueron capturados los tripulantes de la nave enemiga, entre los cuales hubo varios muertos y heridos. En la operación perdieron sus vidas los revolucionarios Frank Hidalgo Gato, Eliope Paz Alonso y Oscar Reitor Fajardo, quien resultó herido de gravedad y falleció 42 días más tarde.
“La que fue después mi esposa, Lidia Guerra, ayudó a limpiar y preparar los cuerpos de nuestros compañeros que estaban llenos de sangre”, refiere Delio.
Aquel hecho trascendió como la Conspiración Trujillista, a pesar de que en su comparecencia antes las cámaras de televisión, Fidel aseguró que la participación del presidente títere en las acciones anticubanas era solo un aspecto circunstancial y que los verdaderos enemigos de la nación eran “los intereses creados extranjeros”, expresión que usó para referirse al gobierno de Estados Unidos.
Para el líder cubano los hechos ocurridos el 13 de agosto constituyeron “una importante victoria revolucionaria, pero a la vez una señal de los tiempos que vendrían y un triste obsequio que me hizo Rafael Leónidas Trujillo el día de mi cumpleaños.”
Delio Alberto Pujol de la Peña revive cada detalle de este suceso con el orgullo de haber estado “pegadito” a Fidel.
“Esa fue la primera vez. Poco tiempo después, cuando mataron a Piti Fajardo me encontré con él por segunda ocasión. Yo trabajaba de portero en el hospital de Trinidad y él se presentó media hora después de que llegara el cadáver.

“Y la tercera vez fue ya en Santa Clara donde hice mi vida; yo trabajaba como electricista en la Delegación Provincial de la Agricultura y me llamaron para resolver un problema eléctrico en La Granjita. Cuando entré, ahí estaba Fidel. Lo saludé e hice mi trabajo.
“Genio como él no sé cada cuantos años nace. Tenía una luz larga bien potente, él sabía las cosas antes de que sucedieran; era muy previsor, muy inteligente. Como Fidel no sé cuánto tiempo tendremos que esperar para ver otro”.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus











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