Todavía hoy resulta imposible desprender de la memoria aquel sonido de las sirenas, cuando hace 24 años un sobresalto de catástrofe hacía que un pueblo entero despertara en plena madrugada con una misma pesadilla: “Se va la presa, hay una grieta en la cortina de la Lebrije”, gritaban casa por casa los delegados del Poder Popular, los dirigentes, los vecinos. Aun cuando se decía que el aluvión resultaba inminente, los moradores de Jatibonico supieron poner a prueba su capacidad movilizativa y a las seis de la mañana aguas abajo del embalse todo era un desierto.
Desde La Habana, el Comandante en Jefe seguía los partes con la atención de quien sabe que cada minuto cuenta. “Tan pronto conocimos la situación —escribiría después en el mensaje que el periódico Escambray publicaría para la historia— no vacilamos en indicar que se procediera a la evacuación inmediata por muy remota que fuera la posibilidad de un accidente, y desde entonces hemos seguido la situación de ustedes y los trabajos que se realizan en la presa, casi hora por hora”. El teléfono testigo de su constante preocupación, hoy expuesto en el Museo Municipal de Historia, es la prueba material de aquellas largas jornadas sin descanso.
A 24 años del estremecedor acontecimiento, quienes vivimos en estos lares no olvidamos la interminable fila de autos alejándose por la Carretera Central, el sonar de los pitos de los autos agitados en medio de la neblina, las mascotas apretadas al pecho, el tren de Noé en medio del pueblo y, sobre todo, la confianza de decenas de miles de ciudadanos que, luego de siete días, regresaron a sus viviendas cuando se salvó Jatibonico.

Sin dudas, los ecos de protagonistas incógnitos de aquel 14 de junio de 2002 laten para siempre en cientos de gorras azules y uniformes verde olivo que custodiaron los bienes materiales y espirituales de más de 35 000 personas refugiadas en Sancti Spíritus y otros territorios vecinos. La solidaridad germinaba en todas partes y, en medio de tanto desatino y lágrimas, asomaba una luz, para muchos era la Patria con su grandeza humana; otros, se encomendaban a la gracia de la virgen sevillana nombrada Lebrije.
Cálidas entonces las palabras de la abuela: la santa no abandonaría a quienes invocaban el milagro. Y aunque el embalse ya había tenido que soportar otras situaciones difíciles como la venida del río en 1970 sin haberse terminado su aliviadero, en 2002, la Lebrije fue noticia en los medios nacionales y extranjeros por el peligro que representó la fuerte amenaza de ruptura de la cortina y el posible desbordamiento.
Así, mientras pasaban los minutos y las horas, el Comandante en Jefe Fidel Castro llamaba una y otra vez desde La Habana; sus orientaciones fueron precisas: sin lugar para el descanso, ingenieros, obreros y directivos se convirtieron en protagonistas de exitosas maniobras, fueron incontables los camiones de piedras de la cantera de Nieves Morejón que se tragó la grieta. Por suerte, gracias a la santa Lebrije, o mejor, a cientos de hombres y mujeres, el agua apenas rozó el puente de hierro sobre el Jatibonico del Sur, pues no era secreto que si se iba la presa colapsarían el ferrocarril y la Carretera Central. El país se partiría en dos.
Luego de los días de tensión, llegaría el feliz regreso de todo un pueblo a sus casas y los barrios enteros se vistieron con la histórica frase: “Lebrije, firmeza y confianza”. Miles de pulóveres blancos con la enseña nacional inundaron la plaza Panchito Gómez Toro; el olor a café prendía por doquier y la música de la radio provincial dejaba de ser tensa. Fue entonces cuando se conoció el mensaje del Comandante.
“Aprovecho esta mañana, que deja atrás riesgos y preocupaciones —escribió Fidel en sus palabras publicadas por Escambray— para hacerles llegar mi reconocimiento y felicitación a todos los que de una manera u otra participaron y vivieron estos acontecimientos”. El líder reconoció a los 35 000 espirituanos que se evacuaron disciplinadamente en apenas unas horas, a los que acogieron y atendieron, a los técnicos y obreros que buscaron soluciones, a los combatientes que cuidaron sus propiedades, a los medios de prensa que los mantuvieron informados.
Y entonces, con la certeza de quien ha visto la grandeza de un pueblo, añadió: “Lo ocurrido, como consecuencia del excepcional período de lluvias del último mes, que provocó los deslizamientos en la cortina, no se repetirá porque ya ha comenzado la ejecución de un segundo aliviadero en la presa Lebrije que en breve se concluirá y evitará, junto con otras acciones, que se repita el peligro”. No era un consuelo, era una promesa de la Revolución.
El mensaje cerró con un grito que aún resuena en la memoria de Jatibonico: “¡Vivan la Revolución y el Socialismo!, ¡Vivan los hombres y mujeres de nuestro pueblo, que, como ustedes, los hacen posible!”. Jatibonico seguía en el mapa, el ser humano desafiaba otra vez a la naturaleza, Cuba entera suspiraba y un abrazo emocionado se multiplicaba en los corazones que, aun en medio de la pesadilla, supieron confiar en la luz de la Revolución. Esa luz no la inventan los dirigentes, la llevan dentro los pueblos que saben levantarse antes del alba.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus


















Escambray se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social, así como los que no guarden relación con el tema en cuestión.