Materializar la Ley de Comunicación Social se mantiene como un desafío. Se dijo por todas las plataformas, desde aquellos días en que se hablaba de ella como un gran sueño. Tres años después de su aprobación, ratifica que transformar culturas y competencias profesionales precisa de algo más que documentos.
Se vive en carne propia en la Dirección de Información y Comunicación Social Sancti Spíritus, donde, a brazo partido y sin darle espacio a la apatía, se revolucionan conductas, modos y pensamientos, en tanto se impulsan necesarias interacciones entre gestores, dirigentes y audiencias.
En ese andar, muchas veces como Quijotes por más de una resistencia directiva, ya hoy se aprecian, entre otros saltos cuantitativos, que, excepto en los territorios de Sancti Spíritus y Jatibonico, se completaron las estructuras de las subordinaciones municipales. Asimismo, existen más de 285 comunicadores diseminados por entidades, organismos y el sistema empresarial.
Igualmente, se tiene a favor que alrededor de 177 centros disponen de su sistema de comunicación implementado, cifra que ha logrado crecer por la posibilidad de contar en predios espirituanos con el periódico Escambray, único medio público aquí con aprobación para realizar el complejo proceso de Consultoría en Comunicación, además de la Asociación de Comunicadores Sociales en el territorio.
Sin embargo, el llamado a velar por el cumplimiento, letra a letra, de lo estipulado en la Ley, aprobada por la Asamblea Nacional de Cuba el 25 de mayo de 2023, sigue en lo más urgente de las agendas.
Y lo es porque todavía prevalece el empirismo y el desconocimiento en quienes conducen los procesos comunicativos, aunque se realizan sistemáticas acciones de superación.
Por otra parte, prevalecen normas de publicación muchas veces totalmente ajenas a los objetos sociales de las entidades y divorciadas de los códigos de las plataformas, así como enfrentamientos públicos, como si las redes sociales fueran un gran solar, donde el que más ofende triunfa.
También es recurrente tropezar con “entusiastas” que, por ganar seguidores, replican contenidos que ni ellos mismos entienden, para caer a veces en la mayor de las ridiculeces al construir narrativas incoherentes con el contexto.
No faltan comunicadores institucionales que son los últimos en conocer las decisiones de su entidad y, mucho más preocupante, todavía las direcciones de Información y Comunicación Social no tienen bajo sus mandos los medios públicos. En esos espacios hoy se gana una de las batallas más retadoras de los últimos tiempos: generar contenidos creíbles y que mantengan enganchados a los públicos.
Son realidades que visibilizan un fenómeno más complejo: se olvida o se le restar valor a la comunicación como ciencia, algo muy peligroso porque significa nadar contra la corriente. Nunca o casi nunca se llega al punto anhelado.
De ahí que urge asumir como Biblia cada uno de los estudios realizados en esta tierra fértil de comunicadores de academia. En cada propuesta hay diagnósticos, análisis, sugerencias de instrumentos transformadores… Pero siguen engavetadas en su mayoría las muchas tesis de grado, maestría e, incluso, de doctorado donde se demuestra que la comunicación transversaliza todos los ámbitos de la sociedad y sus actores.
Precisamente, en no asumirlo así radica la principal causa de por qué la primera Ley de Comunicación Social, elaborada, discutida y aprobada bajo muchos fuegos, que valora esa ciencia desde una mirada multisectorial, mantiene un buen trecho entre las disposiciones y la práctica.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus












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