Muchas nueces y poco ruido dejó para Liuber Gallo García la Serie Nacional en su versión 64 que, atropellada en su calendario y sobre todo en su cierre, opacó un poco el desempeño individual de muchos peloteros.
Pero ya el cabaiguanense había escrito su propia historia y en los anales de ese clásico su nombre quedó inscrito como el único espirituano que logró incluirse en el Todos Estrellas de la campaña por su desempeño ofensivo y defensivo.
Ha sido toda una sorpresa para quien, con su somatotipo fuera de lo común, como él mismo reconoce, rompió estereotipos y archivó números de lujo con el bate y el guante para convertirse en líder de su equipo y entre los primeros del país en importantes departamentos.
En la campaña 64 fue el que más carreras impulsó con 51 y el que más produjo para su equipo: 88, sumadas las 37 anotadas. En total, bateó 81 hits (de ellos ocho dobles, cuatro triples y cuatro jonrones) en 257 veces al bate para 315 de average. Su slugging fue de 424 y el OPS de 795.
Otros números dejaron ver su aporte para la causa colectiva de los Gallos. Destaca su productividad con hombres en base, al punto de compilar 368 con hombres en circulación y figuró como uno de los más oportunos de la campaña. De 136 corredores encontrados en posición anotadora, empujó 42, de ellos 18 para empatar o decidir un partido. Como parte de ese juego colectivo habría que apuntar sus ocho toques de bola y siete flays de sacrificio.
Quienes lo ven en el terreno con su estatura de 1.73 metros y 80 kilogramos de peso no se explican bien tal desempeño. Él tampoco. Lo dice sin sonrojo. “No tengo una explicación para eso, sé que no tengo un físico ideal, como dicen, es como un don natural o tendrá que ver con mi letra de nacimiento… Qué sé yo”.
Admite que le ayuda el hecho de batear detrás de hombres como Rodolexis Moreno y Delvis Hernández, que se embasaron mucho, puede también que sean los nervios, la concentración porque para mí lo veo como un turno más”.
Lo achaca también —creo que con razón— a un don que desarrolló desde que “estaba en los brazos de mi padre cuando era muy pequeño. Él siempre fue fanático a la pelota y me la inculcó, a los dos años ya estaba jugando”.
Después, todo fue jugar “en el barrio del cementerio en Cabaiguán”, donde se reunían piquetes de muchachos. Pero siempre fue su padre quien le mantuvo viva la pasión y la enseñanza, hasta que llegó a la EIDE Lino Salabarría y estuvo en los equipos de diferentes categorías, en los que logró resultar subcampeón nacional en las categorías Sub-12 y Sub-15.
No fue solo el bateo, ese que aprendió a fuerza de repeticiones de swing. El fildeo le moldeó “las buenas manos” que él mismo se reconoce.
Así, no le ha sido difícil asumir la defensa de una posición tan complicada como la segunda base. Desde allí redondeó números importantes: En 69 juegos y 547.1 entradas facturó 184 outs, realizó 167 asistencias y 51 jugadas de doble play. En 362 lances cometió 11 errores para un aceptable 970.
“Es lo que mejor sé hacer, trato de coger la bola como sea. Lo practico de todas las maneras. Hemos tenido sesiones de 300-400 rollings diarios”.
En Liuber destaca su capacidad como bateador de contacto: solo 14 ponches en toda la justa y si no fueron menos fue porque los nervios lo traicionaron y algunos “ojos” también. “Creo que estaba a punto de implantar un récord de más veces al bate sin poncharme, eso me lo dijeron desde las gradas y me creó cierta preocupación y esa misma semana me ponché como tres o cuatro veces”.
La campaña 64 confirmó con creces las razones de su regreso, después de un tiempo en que salió de las filas de los Gallos, sin terminar su primera campaña e intentó probarse incluso en otros parajes beisboleros. Zanjó resquemores pasados y decidió ponerse para una de las cosas que más ama en la vida: el béisbol.
“Eriel Sánchez me hizo volver al equipo el año pasado. Habíamos tenido algunos malos entendidos, habló mucho conmigo y me comprometió. También cambié algunas cosas de mi forma de ser, me comencé a llevar bien con todos los entrenadores, a tener mejor química con ellos.
“Tengo que decir que estoy agradecido de todos porque me ayudaron e influyeron mucho en la preparación y los resultados. Ellos confiaron en mí para poder jugar regular, incluso el nuevo director Luisvany Meneses”.
En esta segunda campaña y a los 23 años, Liuber superó con creces los números de su debut y la transformación se resumió en su inclusión en el Todos Estrellas, un reconocimiento que, fuera de la publicación mediática en su momento, no tenido mayores resonancias.
“Me sorprendió porque hay muy buenos peloteros en Cuba, pero me sentí contento”, asegura.
Sin un torneo definido a la vista, Liuber se sigue preparando en su natal Cabaiguán, con el mismo mentor que, entre pañales, comenzó a curtir quien es hoy una pieza clave en la alineación de los Gallos.
“No sé si, de haber Liga Élite, alguien pueda pedirme como refuerzo o de todas maneras me preparo para la próxima Serie Nacional”, apunta finalmente.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus













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