Mis hijos son las medallas olímpicas que me faltaron (+fotos)

Confiesa a Escambray la judoca espirituana Dayaris Mestre Álvarez, desde el más difícil tatami conquistado: la familia

Dasniel Julio y Dainelys de la Caridad son los motores esenciales para esta espirituana. (Foto: Lisandra Gómez Guerra/Escambray)

De la hija del barrio espirituano con colores, sonidos y olores a los ancestros anclados aquí desde África quedan la hiperactividad y el brillo en los ojos. De la atleta en activo, la disciplina y la entrega. De la profesional del deporte, los sueños de que Cuba suba siempre al podio. Del legado familiar, la necesidad de refugiarse en la fuerza que le brindan, sobre todo, los más cercanos. Dayaris Mestre Álvarez, cada día, hace suyo con todas esas energías el tatami de la vida.

“Mi mamá no quería que practicara judo porque era cosa de machos. Incluso, una vez me fue a sacar del Combinado Deportivo Eduardo García, en el Cuartel Viejo, donde comencé. Me escapaba por las tardes para allí. Vivía entonces a dos cuadras, en Jesús María. Cuando salía de la escuela, me metía en el colchón con el uniforme. Llegaba desbarataba a mi casa”.

Habla como si fuera ayer el inicio de prácticamente toda su historia. Lo mira desde el retrovisor. Todavía la agotan los entrenamientos. Le duelen los regaños. Agradece los consejos.

La disciplina y la entrega en los entrenamientos le permitieron lucirse en tatamis nacionales e internacionales. (Foto: Facebook)

“Empecé a despuntar en competencias municipales, provinciales, Juegos Escolares y Juveniles hasta integrar el Equipo Nacional. Poco a poco, mi madre comenzó a ceder. Pero borró aquel criterio con mi primer viaje al exterior. Salimos a Ecuador a un entrenamiento de altura. ‘Te hubiera tronchado tu futuro’, me dijo entonces”.

Ni los más arraigados estereotipos o imaginarios colectivos pueden punzar de muerte los designios, los destinos… Aymara quizá se lo negó, pero su instinto maternal no la traicionó. Dayaris Mestre Álvarez nació con el kimono ajustado por el cinturón.

“No te voy a engañar, vivía fajada con los machos en Jesús María y en la escuela. Mi madre, a quien le agradezco quien soy hoy, me dijo: ‘Te voy a quitar esos impulsos’. Me comenzó a castigar hasta que me empecé a ennoblecer.

“Con el deporte pasó lo mismo. Aprendí de disciplina y constancia. Hay veces que la gente no llega a mí porque muestro un carácter fuerte. Y es que si te conozco me relaciono, me río, te doy la entrevista, pero no me toquen mis puntos fundamentales: mis hijos y mi madre porque entonces si…”.

Ahoga la frase en una carcajada. Cerca están Dasniel Julio, de siete años, y Dainelys de La Caridad, la Cuca, de tres, quienes trastocan las rutinas del apartamento ubicado en un quinto piso en el Reparto 23 de Diciembre, donde reside la actual metodóloga de Sistema Competitivo en la Dirección Municipal del Inder, en Sancti Spíritus.

“Mis compañeros me dicen que lleve al niño para el judo. Les aseguro que no lo será. Tampoco, boxeador como su papá. Eso se sabe desde que nacen. Sí creo que la chiquitica pueda lograrlo porque es Dayaris pequeña, muy espabiladita, hiperactiva, tal y como me recuerda mi mamá”.

Con 32 años, Dayaris Mestre Álvarez se despidió oficialmente de las competencias. (Foto: Facebook)

SUEÑOS Y HECHOS

Durante varios años, Dayaris Mestre Álvarez se robó más de un titular nacional e internacional. No sucedió solo por integrar una generación exitosa del judo cubano. La espirituana inscribió su nombre en el deporte con dos participaciones olímpicas, Londres, 2012 y Río de Janeiro, 2016, títulos en los Centroamericanos y del Caribe 2006 y 2014, plata en los Panamericanos de Guadalajara 2011, dos platas y cinco bronces en torneos Grand Slam y Grand Prix. También guarda con orgullo una presea de cada color en Copas del Mundo, tres metales dorados, cuatro de plata y tres bronceados en torneos continentales de su deporte, casi una veintena de medallas en diferentes torneos foráneos, sin descontar cinco títulos nacionales, cuatro subtítulos y un bronce.

“Lo he dicho en varias entrevistas, me fui del tatami con el mal sabor de no obtener una medalla olímpica”.

Todavía el pecho se le comprime. Vuelve a la tierra de la samba. La representante de 48 kilogramos sube al colchón dispuesta a conquistar el bronce frente a Otgontsetseg Galbadrakh, de Kazajstán. Sabe que no arrancó bien en la Olimpiada de Río de Janeiro, pero todo indica que los próximos minutos están a su favor. Con su victoria, Cuba se colgaba la primera medalla. No ve el contrataque. Sorprende. Cae de espaldas. Se decreta automáticamente el ippon.

“Al regresar decidí tomarme un año sabático. Quería terminar la carrera universitaria. Pero no aguanté. Me incorporé a la Escuela Superior de Formación de Atletas de Alto Rendimiento Cerro Pelado, en junio de 2017. Lo que no pude mantener en ese tiempo fue el peso corporal, el principal rival de los deportistas de combate.

“Llegué consciente de que tenía que volver a ganarme el puesto, como es natural, porque había figuras jóvenes con resultados. Empecé a bajar. Sucedieron algunas cosas con las que no estuve de acuerdo. De hecho, me propusieron llevarme en 52 kilogramos a los Juegos Centroamericanos del otro año. Decidí que no porque conocía a todas mis rivales, tanto en el área panamericana como en la mundial. Además, no tenía esa fuerza”.

Sin darle oportunidad al descanso, Dayaris Mestre Álvarez sintió que su mundo se puso de cabeza. Cansancio extra, decaimiento, apatía por el entrenamiento… Demasiadas señales la pusieron sobre aviso.

“Llegué a pensar que no salía embarazada. Ni sé por qué me dio por eso. Aunque de joven dije que quería ser madre con 24 años, no fue hasta los 31 que sucedió. Claro, me cuidé siempre hasta ese momento porque el centro era mi carrera como atleta. Postergué la maternidad por ella. Cuando comenzaron los síntomas me decía: ¿Qué me pasa? Nunca me había sentido así”.

La certeza fue confirmada: “Ocho semanas de gestación”, le informó la ginecóloga del Cerro Pelado. Una llamada a la familia en Sancti Spíritus y se sentó con su entrenador y director del centro.

“Se quedaron asombrados porque decidí tenerlo. Sabían que era una atleta que podía obtener una medalla en los Centroamericanos. Casi era un hobby ganarle a la mexicana. Luego, llegarían los Panamericanos y, después, estaría Japón, donde podía cumplir mi sueño.

La atleta integró una generación exitosa del judo nacional. (Foto: Facebook)

“Sólo me preguntaron si estaba segura de mi decisión y mi respuesta fue: Voy a tener a mi hijo y, si puedo, regreso”.

Y lo logró. Volvió a ser noticia. Dayaris llenó de esperanza una división sin una figura estable en Cuba desde su impasse. Con solo dos meses de preparación, la huella de una cesárea y su primogénito en casa, volvió a ajustarse su cinturón negro de cara a las clasificaciones para el Campeonato Panamericano del 2019, con sede en Lima.

“El niño nació en septiembre y yo regresé a los tatamis en mayo. Estaba excesivamente pasada de peso. Pero me dieron un voto grande de confianza. No pude competir porque me lesioné un hombro. Me encontraba muy debilitada por el fuerte trabajo para buscar mi peso, 48 kilogramos. Justo allá paso el primer Día de las Madres lejos de mi bebé y, sinceramente, eso me golpeó.

“Luego, fuimos para Panamá. Ya con el peso bien mi primer combate fue contra una colombiana que nunca antes me había ganado. Pero ya Dayaris no era la misma. Decidí, entonces, retirarme del deporte activo y dedicarme por completo a mi hijo, aún sin cumplir su primer año”.

Tenía entonces 32 abriles y cargaba con el legado de Ronaldo Veitía, quien le enseñó, más que técnicas para desequilibrar la postura del oponente y derribarlo, las mejores tácticas para sobreponerse a los contratiempos que se encuentran mientras se camina por la vida.

“Recuerdo siempre su frase: ‘El día que te pares en la fila y no te mencione fue porque te adaptaste a la disciplina’. Es el eterno maestro del judo cubano. Mi ídolo. Confió siempre en mí, en nosotras, como tanto repetía: ‘¡Voy a mis negras! ¡Esas son mis negras!’. Lo llevo eternamente en mi corazón”.

Tales enseñanzas las puso en práctica cuando incursionó como entrenadora. Todavía recuerda cómo el conocido Colchón de Jaramillo, en la urbe del Yayabo, se llenó de niñas listas a seguir sus pasos. También las acomodó en una maleta, al partir por un contrato de trabajo a Rumanía, donde el idioma la doblegó tanto como los shidos. Mas, otra vez salió victoriosa. Regresó a Sancti Spíritus, donde la familia y su fe la sostienen.

“Soy religiosa. La mayoría de los deportistas lo somos. Lo que sí no me aferro. Las cosas tocan en la vida y ya. Lo mío está bien adentro”.

¿Valió la pena la decisión que te impulsó a retirarte del judo?

 “El deporte de combate es una carrera intensa, fuerte, pero corta. Y cuando eres mujer, más. Por ejemplo, tienes que entrenar y competir con el periodo. Si estás centrada en un objetivo no puedes dejar de cuidarte durante las relaciones sexuales. Son muchas exigencias que con el tiempo se vuelven cotidianas.

“Después de venir de tantos años de entrenamientos, desvelos, me siento agotada, pero mis hijos son ahora mismo mi motor impulsor”.

En más de una ocasión describieron a Dayaris Mestre como una libélula sobre el tatami. ¿Es así la mamá de Dasniel Julio y Dainelys de La Caridad?

“Dar ippones es difícil, pero llevar la maternidad lo es aún más. Para mí resulta más fácil hacer judo que ser madre y mucho más cuando me ha tocado por partida doble ser mamá y papá porque ambos padres residen fuera de Cuba. Es un rol más fuerte que cualquier competencia.

“Entre las cosas que más he amado en la vida está mi deporte. Pero hoy te digo que mis hijos son las medallas olímpicas que me faltaron”.

Lisandra Gómez Guerra

Texto de Lisandra Gómez Guerra
Doctora en Ciencias de la Comunicación. Reportera de Radio Sancti Spíritus y corresponsal del periódico Juventud Rebelde. Especializada en temas culturales.

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