Venezuela rota, hecha jirones, solo despojos. Luego del doble terremoto de magnitud 7.2 y 7.5 grados en la escala de Richter, registrado el pasado 24 de junio, el dolor no cabe en cifras y solo quedan las imágenes del después, cuando la gente que logró sobrevivir del cataclismo duerme las noches a cielo abierto en calles y plazas, bajo tiendas y hospitales de campañas hasta donde llegan heridos, llenos de espantos que la memoria nunca abandona.
Únicamente quien vive una sacudida de estas y, además, despierta frente a alguien que ha salvado sus piernas casi deshechas y ha curado sus heridas físicas y hasta secado las lágrimas por la familia que perdió, alcanza descifrar el tamaño de la grandeza de los integrantes del Contingente Internacional de Médicos Especializados en Situaciones de Desastres y Graves Epidemias Henry Reeve que, desde Cuba, llegaron en la noche del lunes 29 de junio a Venezuela.
“La impresión fue muy fuerte: edificios convertidos en enormes montañas de escombros, el olor a muerte y descomposición por doquier, el cansancio en los rostros del personal de rescate y demás trabajadores tratando de salvar a las personas y seres vivos que todavía estaban atrapados bajo los escombros. Todo resultó impresionante en el peor sentido de la palabra”.
Así escribió a esta periodista, vía WhatsApp, el doctor espirituano Abel Aurelio Rodríguez Mursulí, especialista de primer grado en Anestesiología y Reanimación, ubicado en el Hospital de Campaña levantado cerca del epicentro del siniestro en la Parroquia Caribe, Estado de La Guaira.

“Comenzamos a trabajar al otro día de llegar; nos dividieron en grupos quirúrgicos conformados por especialistas de Cirugía General, Ortopedia y Traumatología, Neurocirugía, Cirugía Maxilofacial y Anestesiología y fuimos ubicados en distintos lugares de la ciudad. Dos equipos en quirófanos de la Misión Médica Cubana, pertenecientes al Centro de Salud Integral Salvador Allende y al Centro de Diagnóstico Integral Ludovico Silva, conocido como Santa Rosalía y otro en la Parroquia Caribe”.
Más de una vez, el doctor Abel indicó, “ahorita continúo escribiéndole”, y es obvio advertir, desde acá, que han llegado otros casos, algunos salvados por el milagro generoso de los rescatistas, quienes ahora mismo, según difunden las redes sociales, se suben a la cima de lo que una vez fue un edificio y agitan las manos desesperadas para que se detengan las grúas, el crujir de las palas, se silencien los taladros y hasta la respiración. Se ha escuchado un grito desgarrador ahí dentro. Hay otra señal de vida.
Mientras, en condiciones de campaña, médicos cubanos dan los últimos puntos de sutura a una herida de gran magnitud.

“La primera persona que atendimos —narró el doctor Rodríguez Mursulí— fue una señora que quedó atrapada bajo los escombros con dos niños más, no supe si eran sus hijos o vecinos; por suerte, salieron bien de las primeras atenciones y me queda la satisfacción de esa anécdota positiva en medio de tanta tristeza que embarga hoy al pueblo venezolano.
“Tengo una misión anterior en el año 2021, durante la covid, en el Hospital Clínico Quirúrgico Docente General Freyre de Andrade, de La Habana, también como parte de la brigada Henry Reeve; pero esta no es comparable, son vivencias bien fuertes, bien tristes”.
El doctor Rodríguez Mursulí se ha convertido en una especie de hijo adoptivo de Venezuela; junto a su esposa, volvió en 2023 y las lecciones de humanismo no faltaron en Yaracuy, en Caracas y en el Estado de Miranda. Regresaron a Cuba el 25 de enero de 2026, sacudidos por la experiencia de los sucesos del día 3, cuando Estados Unidos atacó a la nación sudamericana y secuestró a su presidente Nicolás Maduro y a su compañera Cilia Flores.
En aquellas circunstancias y en estas, con las mismas ansias de salvar, el doctor Abel se ofrece sin tiempo: “Una vez más estas manos y mis conocimientos están ahí para el hermano pueblo venezolano”.
Fuera de los quirófanos y hospitales improvisados, en lo que antes era el campo de golf de La Guaira, símbolo de opulencia, ahora centro de refugio para las víctimas de la catástrofe, conviven todos por igual y comparten el mismo pan y los mismos lamentos; lloran las mismas pérdidas, avistan el mismo paisaje y, también, las mismas imágenes, las únicas que ofrecen aliento en medio de aquel escenario de guerra: médicos y enfermeras cubanos curando heridos, estetoscopio en mano auscultando, buscando latidos, tensiones arteriales desbocadas; todo ello en silencio, sin hablar apenas de gestos que también en otros sitios de atención de emergencia dejan sin bridas al corazón.

El perfil en Facebook de la Brigada Médica Cubana en Venezuela así lo grafica. En el Centro de Diagnóstico Integral El Limón, en el Distrito Capital, las licenciadas en Enfermería Gilma Eró y en Rehabilitación Leanys Suárez, luego de haberle brindado atención integral, acunan en sus pechos a una niña que, de pronto, quedó sin familia, sin abrazos y hasta sin nombre. Una fotografía basta para entender el lenguaje de los ojos y del amor que puede resurgir en cualquier lugar, incluso, en esta parte de la geografía venezolana donde los terremotos parecen haber dejado los mapas sin puntos cardinales.
De llenar de afectos tanta orfandad dejada por este desastre sabe, igualmente, el anestesiólogo espirituano Abel Aurelio Rodríguez Mursulí, quien protagonizó junto a un equipo de médicos y enfermeras cubanos el regreso a la vida de aquella señora que quedó atrapada bajo los escombros con dos niños más. Pudo haber sido su último día en este mundo, pero no lo fue.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus















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