Donald Trump conserva la presidencia de Estados Unidos, pero acaba de perder algo políticamente decisivo en las elecciones intermedias del 3 de noviembre: el control del Congreso, y esa diferencia cambiará el rumbo de su segundo mandato.
Se modificó el equilibrio de poder en Washington. Los demócratas recuperaron el control de la Cámara de Representantes y del Senado, en una derrota republicana -impensable hace más de año y medio atrás- que trasciende no solo a la pérdida de escaños, sino que representa un cuestionamiento directo a la gestión del presidente.
Más de 250 millones de votantes estaban convocados a las urnas, de 58 millones ejercieron el sufragio de forma anticipada.
Se habló del entusiasmo que generó la elección por el enojo explícito de los ciudadanos, quienes al final utilizaron las urnas para establecer un contrapeso a una presidencia que, durante sus primeros dos años, había contado con el respaldo de mayorías republicanas en ambas cámaras legislativas.
Aun cuando siguen en marcha conteos, el resultado verificado tiene una dimensión especialmente significativa por su alcance territorial.
Los demócratas no se limitaron a recuperar posiciones en sus bastiones tradicionales: consiguieron victorias en estados profundamente republicanos con una hegemonía electoral roja y ahí están Texas, Kansas, Iowa y Carolina del Sur, por citar algunos.
La primera dimensión de estos comicios está en la Cámara de Representantes, donde los demócratas consiguieron superar los 218 escaños necesarios para obtener la mayoría. Al momento de redactar este trabajo habían conseguido arrebatar 31 escaños para sumarlos a una cosecha que ahora va por los 240 asientos frente a 145 los republicanos.
La tendencia apunta a una ventaja azul que podría seguir ampliándose en la medida en que avanza el escrutinio.
El Senado también cambió de manos. Los demócratas alcanzaron una mayoría de al menos 54 escaños, frente a 44 republicanos, incluyendo en el bloque demócrata a los independientes que habitualmente votan con ese partido, y todavía falta por asignar dos escaños.
La conquista de siete curules senatoriales en estados ganados por Trump en 2024 es una de las señales más llamativas del martes electoral.
Según Ballotpedia, es la primera vez desde 1954 que el partido ganador de la Cámara Alta en un ciclo electoral lo pierde tan pronto como al siguiente.
Sin dudas, el golpe de gracia en estas elecciones de mitad de mandato (midterms) fue la economía y la administración Trump no tuvo la capacidad de convencer -con hechos concretos- por qué la Casa Blanca hablaba de una “era dorada” para los estadounidenses, mientras los bolsillos de la mayoría continuaban estresados con el alto costo de la vida.
A ello se le sumó una guerra con Irán totalmente impopular y la cual decidió Trump sin atender incluso a algunos miembros de su mismo partido que advirtieron no entrar al pantano de un conflicto del que le resultaría difícil salir.
Los electores se sintieron traicionados. Trump prometió bajar los precios desde el primer día si regresaba a la Casa Blanca, fortalecer la economía, reducir la inflación.
Sin embargo, el costo de la vida continuó en el centro de las preocupaciones de millones de familias. Los precios de los alimentos, la vivienda, la gasolina, los seguros y los servicios sanitarios se convirtieron en factores determinantes del comportamiento electoral.
Las encuestas previas a las elecciones siempre marcaron prioritarias esas preocupaciones.
Además, la guerra con Irán introdujo una contradicción en el discurso político de Trump, quien había defendido -y prometido- durante años la necesidad de evitar que Estados Unidos se involucrara en nuevas campañas prolongadas.
Los bombazos en Medio Oriente tuvieron repercusiones económicas, particularmente por su relación con los mercados energéticos y el precio de los combustibles.
El vicepresidente JD Vance admitió que el conflicto fue uno de los factores que perjudicaron electoralmente a su partido. Algo que también aceptó Trump, aunque defendió sus decisiones militares.
A partir del 3 de enero de 2027, cuando se instale el nuevo Congreso -el número 120-, los demócratas tendrán capacidad para modificar sustancialmente el funcionamiento de la relación entre el Legislativo y la Casa Blanca.
Sin embargo, controlar el Congreso no significa controlar el Gobierno federal y Trump continuará ejerciendo sus atribuciones, lo que perderá será la facilidad legislativa de la que disfrutó hasta ahora, por lo que se augura una etapa de mayor confrontación política y de negociaciones mucho más difíciles entre la Casa Blanca y el Capitolio.
En este minuto se reparten culpas, empezando por el presidente que trata de sacudirse para que el polvo se lo lleve otro. El gobernador saliente de Florida, Ron DeSantis, catalogó lo ocurrido como “casi un evento de nivel de extinción” para el Partido Republicano, cuyas consecuencias podrían prolongarse mucho más allá del ciclo electoral inmediato.
Trump había pedido a sus seguidores que votaran como si él mismo estuviera en las papeletas -varios de sus candidatos perdieron-. Con ello trató de movilizar a su base electoral, pero también convirtió los resultados en una prueba de liderazgo. Y perdió.
La derrota dejó al descubierto los límites de esa estrategia y el rechazo generalizado a su figura y gestión política.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus












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