No hace falta un gran despliegue estadístico ni un informe de organismos internacionales para desmentir las campañas que intentan presentar a Cuba como un “país fallido”.
Basta con mirar lo que ocurrió en la 60.ª edición de la Olimpiada Internacional de Química Mendeleiev, celebrada en Rusia.
Pero esta información no se conocerá por los grandes medios, y otros no tan grandes que en países de América Latina prefieren denostar a Cuba.
No importa, la verdad siempre es nueva.
Allí, en Rusia, entre unos 200 jóvenes representantes de más de 37 naciones, entre ellas potencias como China, Rusia, Brasil y Japón, dos adolescentes cubanos se colgaron la medalla de bronce.
No son de La Habana. Son de Sancti Spíritus (otro mito roto).
Se llaman Leticia María y Ernesto Alejandro, así los presentó la televisión cubana.
¿Y qué significa una medalla de bronce en una Olimpiada —competencia donde se realizan tres exámenes de cinco horas cada uno?
Significa resistencia, concentración, talento y, sobre todo, prueba de que el sistema educativo cubano, a pesar de las enormes carencias materiales que sufre el país, sigue formando mentes brillantes. Porque el mérito no es solo haber ganado. Es haberlo hecho en esas condiciones.
El propio Ernesto Alejandro lo confiesa con honestidad:
“Por las condiciones especiales del país la preparación ha sido muy difícil”.
Ahí está la clave. Un “país fallido” no sería capaz de producir, en medio de la escasez, jóvenes que compiten y ganan frente a naciones con presupuestos millonarios en educación y ciencia.
Un “país fallido” no tendría una universidad en Sancti Spíritus respaldando a estos jóvenes, ni un entrenador entregado, ni una estructura que, aunque frágil por el bloqueo y las crisis, sigue firme en su propósito de no dejar a nadie atrás.
Pero Leticia María resume mejor que nadie lo que significa este logro.
Al recibir la medalla, cuenta: “Pararme cuando me dieron la medalla y poder abrir la bandera me dio mucha felicidad, y poder enseñar que Cuba, con todas las dificultades que tiene y con todo lo que mucha gente cree de que no podemos, ‘que somos un país pequeño’, pudimos estar ahí. Fue muy grande”.
Eso no es un “país fallido”.
Eso es un país que resiste, que enseña, que forma y que, cuando las circunstancias parecen imposibles, saca de sus filas a dos adolescentes de una provincia del centro que le gritan al mundo, con una bandera en las manos, que lo pequeño no es sinónimo de fracaso.
Al contrario: es sinónimo de heroicidad callada, de esfuerzo en silencio y de victoria posible.
Que no nos cuenten, pues, que Cuba es un “país fallido”. Pregúntenle mejor a los jueces de la Olimpiada Mendeleiev.
O mejor aún: pregúntenle a Leticia y a Ernesto.
Ellos ya dieron su respuesta. Y es de bronce, y pesa como el oro.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus












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