Han sido muchas las ocasiones en que hemos tenido el privilegio de conversar con Virgilio López Lemus, poeta, ensayista, traductor, investigador y crítico literario, un probado humanista de los que enorgullecen la cultura cubana. El privilegio, digo, porque no por conocido que nos sea, dejan de mostrarse, en cada nueva charla, cualidades y confesiones que enriquecen a quien lo escucha; y lo hacemos hoy, por habérsele concedido, hace apenas unos días, el Premio Nacional de Literatura.
De Miguel de Cervantes es una sentencia que dice: «Al bien hacer jamás le falta premio», y creemos que la obra de Virgilio López Lemus ha sido de una permanente entrega.
–¿De cuántos libros suyos hablamos ya?, pues, aunque teníamos el dato, al habérsele dedicado la pasada edición de la Feria Internacional del Libro, lo sabemos incrementado.
–Pues me pones en doble situación: el recuento cuantitativo y la inmodestia de contar lo que he hecho, sin duda con dedicación, placer y amor. Con dos libros que deben salir en la Feria Internacional del Libro de La Habana de 2026, arribaré a mi volumen 50. Suma diez folletos, 17 antologías de poesía cubana e hispanoamericana, unas 40 compilaciones con prólogo sobre diversos autores cubanos y extranjeros, 16 libros traducidos del portugués, siete textos solo en edición digital, y más de 20 en los que soy coautor. Aparte, puedo contar 71 prólogos a libros de diversos autores. O sea, existen unos 150 libros que poseen mi impronta autoral. Solo significa que he trabajado sin descanso, casi todos los días, y debo sumar otros seis libros entregados a diversas editoriales cubanas y del exterior esperando por su publicación, y cinco en mi computadora haciendo turno para entregarlos a editoriales. Todavía espero hacer un poco más, según me rinda la vida. Me disculpo por esta inmodestia cuantitativa.
–Se dice que el mayor premio no es tenerlo, sino merecerlo, y hace mucho usted merecía el que le acaban de otorgar. Finalmente le llega el Premio Nacional de Literatura para acrecentar la larga lista de lauros recibidos durante su vida. ¿Qué se dijo a sí mismo al saberse premiado? ¿Qué nos dice a nosotros, a sus lectores y amigos?
–Me acuerdo de cuando felicité a Dulce María Loynaz por haber ella ganado el Cervantes, y con una sonrisa pícara me dijo: «¿No se habrán equivocado?». Pues así me he sentido también. Al recibir el Premio Nacional de Literatura pensé en mi familia que ya no está, en el poeta y narrador Alberto Acosta-Pérez que tanto lo deseó para mí, y me dije: «Tengo que seguir trabajando». Eso digo: cerrar el paso a toda vanidad inútil y buscar la forma de seguir siendo una persona de utilidad. Quisiera dedicar este galardón a mis amados ausentes y a la provincia de Sancti Spíritus, pues creo que he sido el primero nacido en ella en obtenerlo, y a mi pueblo natal, Fomento. No digo mucho más: ahí dejo mi labor de escritura, no soy quien para calificarla.
–Mucho hemos conversado sobre poemas y buena literatura. «Qué inmenso placer el de la escritura», le hemos escuchado decir. Pero en medio de una alegría innegable ante el suceso, quisimos saber de esas satisfacciones que enriquecen el tiempo y alma de un hombre que ha vivido para llevar al papel y a la letra impresa, su alta sensibilidad y su impactante sabiduría. ¿Cómo se traduce ese inmenso gusto por escribir? ¿Habrá algún día en que Virgilio no haya escrito?
–Habrá, quizá, días en que no he escrito, pero a mí mismo me recuerdo escribiendo por encima de dificultades personales, familiares o sociales. Creo que el mayor premio alcanzable es el placer del trabajo amado. Manuscribo en una libreta de notas, o redacto directamente en la computadora, que los españoles llaman ordenador. Sobre ello, evocaría un tango: «Escribir es un placer / genial, sensual». El hecho de escribir contiene desde el refugio personal necesario hasta la realización social, así es que me definiría, si valiera hacerlo, como un empedernido amante de la letra con sentido y un lector incontenible. Para nada me creo un sabio, no lo soy, cuando más aspiro siempre a ser un hombre bueno.
–También me ha hablado del fervor de la utilidad. ¿Cuál es la que tiene haber dedicado su existencia a la belleza, al bien y buen decir, a la elevación del espíritu, a haber transferido a la sociedad sus saberes?
–¿Para qué escribir sino para ser socialmente útil? Decía Lezama que hay que tener «cultura para la poesía», o sea, acrecentar el saber libresco y vital para poder escribir y que la escritura tenga valor para los demás. Yo siempre pienso en quién me ha de leer, por eso suelo hacer libros relativamente pequeños, no tratados de elevado número de páginas. Los tiempos son rápidos, no he de imponer a los posibles lectores un mamotreto por muy «culto» que él sea. Quiero no abrumar, entregar lo que digo con la mayor sencillez posible, buscando que la palabra, cuando es poesía, posea belleza de articulación, o, cuando es prosa, claridad de ideas. Y ofrecer un «mensaje» (aunque decía Picasso que un artista no es una paloma mensajera), para que ese sentido de utilidad tenga diferentes aristas.
–La fe en la poesía es otro de sus pilares, fe en la que lee y en la que escribe. ¿Qué papel juega la poesía en su disciplina, en su tesón y vocación?
–Creo en el «sacerdocio» de la poesía. El poeta entregado (consagrado) a esa fe pone a la poesía como centro salvífico de su vida. Por supuesto que creo en la poesía, que es expresión del cosmos, y que una persona especializada, un artista de la palabra, es capaz de convertir en versos o prosa poética o de otra manera de transmitir el hecho poético universal. Todos los seres humanos somos capaces de sentir ese fragor del tiempo y del espacio que resulta la poesía, algunos son capaces de trasladarlo a la palabra oral o escrita, el poeta es algo así como el ebanista de la carpintería, el que convierte lo cotidiano en arte trascendente. Creo en la poesía, útil a los pueblos, como decía Martí, que derriba o exalta, que ofrece espejo y puente de almas, que inunda nuestra vida de la fragancia rara de la emoción. La poesía es intrínseca al ser humano, y claro que nos humaniza. Un poeta como Rilke, o Pessoa, o Machado, o Lezama o Guillén, o Vallejo, nos ofrece una mirada esencial de nuestro destino como seres vivos racionales. La poesía es una fe, un refugio, una manera dichosa (o triste) de impulsarnos en la vida.
–Entre sus pasiones, «influido hasta los tuétanos», ya lo ha dicho, está Rainer María Rilke, autor de estos versos: (…) de modo que impelidos un instante ponemos / la vida en escena, sin pensar en aplausos. Usted ha provocado las palmas en múltiples ocasiones. ¿Qué opina del aplauso?
–Aplaudir es expresar a veces emociones, coincidencias, simpatías, aprobación, o la dicha de participar de un instante raro de la emoción. Pero me parece triste vivir para el aplauso, incluso el bello arte del payaso pide mejor comprensión de su entrega artística, pensada y ensayada. Un bello o fuerte aplauso llena de alegría recóndita al artista, al científico, al deportista, al ingeniero, al político, incluso a un pastor o sacerdote. Pero ninguna de estas personas auténticas viven y trabajan para ser aplaudidas. El aplauso puede ser peligroso para el ego excesivo, para la vanidad fulminante. Opino del aplauso con moderación, y si alguna vez lo mereciera, creo que es la sencilla manera de alguien comunicarme que he dicho algo que ha tenido resonancia, nada más.
–Machado, que así ha dicho, también lo conquista. Me despertarán / campanas del alba / que sonando están. ¿Qué «campanas», digamos inquietudes, añoranzas… despiertan hoy a Virgilio?
–Me va quedando menos tiempo en el planeta, debo tener un poco de apuro para concluir lo que me queda por decir, por dar. Me despiertan las campanadas incluso machadianas de ese apuro, siento la inquietud del encontronazo definitivo con la Nada, y también siento la añoranza de que llegue ese momento gris cuando ya no tenga nada nuevo que decir, o sea, aún por unos cuantos años por delante. Le pregunté hace años a mi padre, herido de muerte y convertido en un ser corporalmente sufriente, si quería vivir cien años. Me contestó: «Si se puede, sí»; le pregunté de nuevo para qué tanto, y me respondió: «Para estar con ustedes». Ese ustedes eran solo mi madre y yo. Así aprendí a escuchar las campanas de la vida, del deseo de vivir y de acompañar, y de hacer y de, ya lo he dicho, ser útil. Deseo que las «campanas del alba» me sorprendan trabajando.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus










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