Alejandro Olmo Valdespino: Vocación temprana por la arqueología (+fotos)

En Trinidad, un adolescente supo ver en los objetos rotos la memoria de siglos; al donar sus primeros hallazgos, el Museo de Arqueología Guamuhaya reconoce, en este acto, la responsabilidad de compartir estas reliquias

“Lo primero que encontré fue un botón de infantería”, dice y muestra con orgullo a Escambray su pequeña colección. (Fotos: Ana Martha Panadés/ Escambray)

Mientras sus amigos dedican tiempo a los deportes o las redes sociales, Alejandro Olmo Valdespino prefiere escuchar las voces del pasado. La pasión que siente por la arqueología no es común en un muchacho de 13 años; mas, tal vez vivir en la villa de Trinidad despertó su curiosidad por descubrir tesoros en lo cotidiano y la certeza de una vocación.

Desde pequeño, del brazo de una de sus abuelas que trabajaba en el Museo Romántico, traspasó el umbral del palacete y quedó fascinado por las piezas y colecciones que custodia este inmueble.

Y la curiosidad de un niño se transformó en inquietud por conocer cada vez más de la historia de esta ciudad colonial. Su primer descubrimiento —recuerda— fue durante una clase de Biología, en el patio de la escuela Carlos Echenagusía, donde estudia.

No era más que un trozo irregular, pero Alejandro lo percibió como un mensaje del pasado. Desde entonces, cada hallazgo —una piedra tallada, un clavo oxidado, un fragmento de cristal— lo emociona.

“Lo primero que encontré fue un botón de infantería”, dice y muestra con orgullo a Escambray su pequeña colección, que decidió llevar al Museo de Arqueología Guamuhaya.

“Esta bisagra debió ser de una cajita de música, porque la de las vitrinas o exhibidores en aquella época eran más grandes y tenían mucha decoración”, explica el joven con el tono y la actitud de todo un experto.

Alejandro realiza estas búsquedas después del horario de clases y ha logrado reunir una interesante colección de botellas de vino del siglo XIX, frascos de perfume de cristal y otros objetos.

“Cuando descubrí el primer tintero, me imaginé a esa persona con una pluma en su mano escribiendo tal vez una carta de amor”, cuenta este muchacho apasionado por una ciencia que intenta exactamente eso: reconstruir la memoria de siglos.

El museo le abrió sus puertas a Alejandro, quien, en hermoso gesto, decidió donar sus hallazgos, como un acto también de responsabilidad.

Blaice Iznaga Alfonso fue el técnico especialista que lo recibió por primera vez. “Habló con mucho conocimiento de la historia de Trinidad, del origen de las piezas y de su deseo de continuar este tipo de búsqueda en un lugar, que, según las referencias históricas, fue vertedero y, más tarde, en sus alrededores se construyó un cuartel militar.

“Las piezas son muy importantes porque llaman la atención sobre sitios que están un poco olvidados en Trinidad, y es casualmente un niño quien nos recuerda que todavía queda mucho por investigar y descubrir”.

La institución hoy sigue los pasos de Alejandro para acompañarlo y que otros niños y jóvenes busquen en la memoria de la ciudad los hilos que nos conectan con el presente.

Entre los lugares que le gustaría visitar, el joven no duda en mencionar San Isidro de los Destiladeros, uno de los sitios arqueológicos más significativos de la región central de la isla.

“Allí se encuentra el tren jamaiquino, o tren francés, con el que se hacía la caña de azúcar. También la Hacienda Guáimaro de don José Mariano Borrell y Lemus, quien tiene una gran relación con mi familia, pues yo soy descendiente de él. Además, es una de las personas que exportó la mayor cantidad de azúcar en el siglo XIX al mundo”.

Otros sitios aguardan también por este chico de espíritu curioso y alma de científico, como el antiguo Cuartel de Dragones, hoy totalmente en ruinas. “Es una lástima que una de las joyas de Cuba y Latinoamérica esté tan olvidada. Tenemos que hacer algo para salvarla”.

La arqueología no es solo ciencia; es además pasión y sensibilidad para desenterrar detalles del pasado como homenaje a quienes antes moldearon la cerámica y forjaron el metal. La historia de Alejandro confirma que la vocación puede nacer temprano y convertirse en motor del futuro.

Ana Martha Panadés

Texto de Ana Martha Panadés
Reportera de Escambray. Máster en Ciencias de la Comunicación. Especializada en temas sociales.

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