Lianet Castro García tiene 29 años y ya es testigo de que la historia del tabaco en Cuba tiene matices de amor, laboriosidad, cultura y, sobre todo, tradición. Lo ha podido comprobar con cada puro salido de sus manos, con la entrega depositada en cada obra y con la satisfacción de desempeñar un oficio que le da sentido a su vida.
Quizás por eso, cuando supo de la convocatoria para formar tabaqueros lanzada por la Fábrica de Tabaco Torcido para la Exportación UEB Roberto Rodríguez Fernández, de Perea, no lo pensó dos veces y se sumó al aprendizaje.
Se adentró en esta opción sin tener siquiera nociones de cómo se torcía un tabaco. Solo resonaban en su mente las vivencias de algunos familiares dedicados a la actividad. Mas, no titubeó. Tenía un camino por delante para aprender. Bastaba enfocarse y ponerle empeño a la nueva labor.

“Antes de incorporarme al curso de capacitación para tabaqueros me desempeñé como trabajadora social. Nunca antes me había acercado a este oficio. Por eso es tan importante la preparación, que transita por un período de hasta nueve meses. Dicho proceso incluye varias etapas hasta llegar a la confección de una determinada cantidad de tabacos.
“Pude evaluarme en cuatro meses. Y desde que en el 2014 me convertí en tabaquera no he hecho otra cosa en la fábrica. Aquí comenzamos a las siete de la mañana y terminamos a las seis de la tarde. Tenemos horarios de merienda, almuerzo y descanso. Para cumplir con los planes previstos optimizamos el tiempo”, cuenta la joven, quien sabe de sobra cuánto esfuerzo y disciplina implica la elaboración de puros.
Y aunque la rutina establezca horarios durante la semana, Lianet extiende las jornadas y toca a las puertas de la fábrica hasta los sábados y domingos. El propósito: elevar las producciones. Ella, como el resto de los trabajadores, entiende que producir se traduce en mejores ingresos para todos.
“Los sábados no laborables e, incluso, algunos domingos, se habilita el centro y voy hasta allá para realizar producciones fuera del plan, las cuales me ayudan al sobrecumplimiento y a tener un pago por resultados”, detalla mientras sus ojos permanecen fijos en la hoja y sus manos tuercen una y otra vez.
Aun cuando producir resulta una máxima, las creaciones no se convierten en meros procesos, sino en momentos de satisfacción, de enriquecimiento cultural tras cada lectura que llega a los oídos de los tabaqueros, en un constante agitar de manos que no descansa hasta tanto aflore ese puro que luego saldrá a pasear con orgullo por el mundo.
“Para lograr tabacos de calidad se necesita mucha concentración, entrega y sentido de pertenencia. Cada tipo de tabaco tiene un peso, longitud y diámetro exactos. Además, hay que velar por el estirado de la capa: que no tenga filos, baches y, mucho menos, que esté duro y fofo”, señala la tabaquera, quien, a pesar de sus 12 años de labor y vasta experiencia en el torcido, ha sentido que no todos los puros quedan como quisiera.
“Los tabacos se confeccionan completamente a mano y pueden quedar algunos defectos. Por ello, al día siguiente se trasladan al control técnico, donde se evalúa la calidad de los mismos y se extraen las elaboraciones defectuosas. Este proceso es duro para el torcedor porque se descuentan los tabacos con problemas, y hasta llegamos a molestarnos, pero entendemos que tiene que ser así para alcanzar producciones de calidad.
“También se hacen pruebas de destrucción de forma periódica, en las que se chequea la confección interna del tabaco, importante para la aprobación del fumador”, agrega Lianet; cada argumento que hoy valida lo ha comprobado detrás de la mesa del torcido, entre un sinfín de tabacos fabricados.
Sabe que el quehacer de la fábrica es exigente. Mas, agradece todos los días de la vida haber optado por aquel curso de capacitación que la llevó hasta un centro convertido ahora en su otra casa y en su otra familia. Aquí tiene un lugar seguro y con favorables resultados económicos para el sustento familiar.
“Además del salario y el pago por resultados, recibimos las utilidades de forma trimestral, así como un incentivo de productos de aseo y comestibles si cumplimos los planes.
“En la fábrica permanezco la mitad del día. En este lugar he conformado relaciones de amistad duraderas. Es mi segunda casa, que me garantiza buenos salarios y atenciones especiales que no se aprecian en otro centro de trabajo”, precisa la tabaquera de 29 años de edad.
Quizás por ello esta joven ha decidido permanecer en la Fábrica de Tabaco Torcido para la Exportación UEB Roberto Rodríguez Fernández. En este sitio abona sueños y se enamoró de la torcedura, un oficio al que le entrega sus días detrás de la galera, con las manos y la mente puestas en confeccionar buenos puros que viajen por el mundo y lleven el sello de su colectivo. “No pretendo abandonar la fábrica mientras mi salud lo permita. Aquí soy feliz”, concluye.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus












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