Mi salvación fueron los cubanos (+fotos)

Cuando sintió que moría y vio, con pesar, que los galenos de su país le huían al virus SARS-CoV-2, el excelentísimo señor Francisco Javier Edu Ondó, embajador de Guinea Ecuatorial en Rusia, se encomendó al equipo médico de Cuba

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El doctor espirituano Alberto Jiménez Hernández, especialista en Medicina Interna y en Terapia Intensiva, dirige la clínica Virgen de Guadalupe en Mongomo. (Fotos: Cortesía de Alberto Jiménez Hernández)

Era un día de septiembre, gris y lluvioso, como todos en Mungomo, ciudad alejada de la capital de Guinea Ecuatorial y que hace frontera con Gabón, en plena selva del centro de África. Es aquel, cuentan, el destino último del país, una zona de bosques tropicales donde seis años atrás, no obstante, abrió sus puertas la clínica internacional Virgen de Guadalupe, equipada con tecnología de primer mundo y donde laboran médicos de numerosos países.

De pronto se armó un revuelo inusual que movilizaría a toda la nación: el excelentísimo señor Francisco Javier Edu Ondó, embajador de Guinea Ecuatorial en Rusia, llegó al centro con una neumonía avanzada que, horas después se confirmaría, era la muestra de la presencia de COVID-19 en su organismo. Aquel día se estrenó el servicio de Terapia Intensiva, abierto por personal cubano en la primera mitad de julio pasado.

“Lo recibimos en franca insuficiencia respiratoria, con estigma de distrés. Fue el caso polémico, además de su rango porque él está operado del corazón de no hace mucho tiempo y es una persona diabética e hipertensa; estaba de reposo en su casa. El país completo se movilizó por nosotros, había preocupación por si lo trasladaban a Malabo, la capital, o si nos daban el voto de confianza. Lo pedimos, dijimos que nos sentíamos capaces de asumir el caso”, narra el doctor Alberto Jiménez Hernández, especialista en Medicina Interna y en Terapia Intensiva del Hospital General Provincial Camilo Cienfuegos, de Sancti Spíritus.

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Los cubanos nos tomaban con sus manos, me lavaban, me ponían las inyecciones, hacían todo lo que hay que hacer, cuenta Francisco Javier.

“Como es vecino de la zona, de un pueblo aledaño, él pidió quedarse aquí para que la familia pudiera visitarlo. Ahí empezó la historia”, agrega el doctor espirituano, a quien al segundo día de su estancia en Mungomo el Ministro de Sanidad nombró director de la clínica. Fue así como le tocó en suerte planear, junto a su equipo, la estrategia para devolverle la salud al paciente crítico, parte de cuya familia también había enfermado. Se trata, cuenta, de cinco médicos especialistas y ocho enfermeras, todos con experiencia en el manejo del paciente grave; y de un bioanalista que es licenciado en Laboratorio Clínico.

“Somos parte de una brigada de 74 colaboradores médicos del contingente Henry Reeve que viajó a este país; a Mongomo vinimos 14, el resto está en la capital cumpliendo funciones similares”, detalla vía WhatsApp. Habla de los días de trabajo intenso, cuando no se descansaba un segundo: “Los médicos doblaban el turno para atenderlo y felizmente al cuarto día comenzó a mejorar.”

Narra las particularidades del caso: “Llegó a tener saturaciones de 60-70; nos las ingeniamos para evitar llevarlo a la ventilación, porque es un mecanismo invasivo generador de más infección cuando se trata de un proceder a largo plazo. Tratamos y tratamos, y despertó. Empezó a mejorar tanto la congestión pulmonar como la cardiovascular. Ya en el día seis era diferente, podía hablar y sostener conversaciones”.

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Pedro Onay Morales, bioanalista habanero, mientras procesa las pruebas de PCR en tiempo real.

UNA LUZ DE ESPERANZA PARA EL SEÑOR EMBAJADOR

El doctor espirituano completa con esta su tercera misión internacionalista; las otras dos fueron en Venezuela. Ha asumido importantes responsabilidades en el mayor centro asistencial de la provincia y quienes lo conocen de cerca aseguran que se trata de alguien excepcional, extremadamente consagrado y con un trato envidiable hacia cada uno de sus pacientes.

Por eso logró despertar, en medio de la incertidumbre del primer día, una luz de esperanza en el embajador, quien confiesa con lágrimas que ya se creía en el final de sus días y debió enfrentar, en medio del peor momento de su vida, una cruda realidad: los médicos de su país, al enterarse de que su prueba había resultado positiva a la COVID-19, huyeron todos, temerosos del contagio.

“Francisco, la COVID es una enfermedad y estamos aquí para tratarlo, a cualquier precio. Si tenemos que morir contigo moriremos contigo”, cuenta que le dijo el doctor Alberto. “Eso me calmó un poco y me confié al equipo cubano hasta hoy día. Los cubanos nos tomaban con sus manos, me lavaban, me ponían las inyecciones, hacían todo lo que hay que hacer. Voy a ser sincero: yo no pensaba vivir. Me decía: hasta aquí, ya, se me acabó la vida”.

Además de agradecer al jefe de Estado de su país, al Departamento de Sanidad y al Vicepresidente de la República, quienes montaron todo el sistema de atención médica para los aquejados por la enfermedad, elogia la clínica internacional y su avanzada tecnología. Pero no deja de reparar en un aspecto que considera de extrema trascendencia, por eso lo recalca:

“Desgraciadamente, con lo que vi, lo que nos falta ahora es gente como ese grupo de cubanos. Con eso estaremos listos para poder superar la COVID-19”. Según sostiene, ha podido comprobar que la enfermedad es manejable, siempre y cuando se cuente con el personal idóneo “en el minuto dado y en el momento preciso para poder atenderlo y eliminarlo totalmente”.

En un video que solicitó le grabaran en su cama de enfermo ya recuperado, declaró: “Me doy cuenta de que a veces solamente un buen ojo que te mira con pasión, con cariño, también es una cura. Y es lo que me ha llevado a decir: ¿por qué, si esta gente que viene de lejos no ha escatimado nada, ni su salud, para atenderme, voy a bajarme las manos? Ahí también comencé mi lucha interna para decir: No, no merezco caer, debo levantarme, para que el esfuerzo de esa gente sirva para algo y su sacrificio tenga sentido”. El pasado 17 de septiembre el señor embajador era dado de alta.

EL DOCTOR ALBERTO Y SU EQUIPO CUBANO

“Tenemos en nuestra clínica un sistema de ingreso con protección: nadie entra ni sale si no adopta las medidas establecidas. El equipo cubano maneja una sala de ingreso para pacientes con COVID-19 en estado grave, que cuenta con cuatro camas para pacientes críticos, 10 para graves y 30 para casos convencionales. Contamos con un laboratorio para el procesamiento de muestras PCR, nivel 2 de bioseguridad, reconocido por la OMS para África, y trabajamos directamente con ellos”, explica el médico espirituano.

Según cuenta, en la clínica el sistema de trabajo es abarcar toda la parte de la emergencia médica, por lo que los doctores trabajan por turnos diferenciados, en compañía de personal guineano y de otros países. Días atrás habían atendido más de 100 casos sospechosos, de los cuales el número de positivos era bajo y nadie había fallecido.

Justo cuando se cumplían los 15 años de creado el contingente médico internacionalista Henry Reeve, los cubanos que trabajan en la atención al grave en aquel centro llevaban 16 jornadas sin salir de la sala. Allí, explica el doctor Alberto, se les facilitaba todo lo necesario para vivir y trabajar; cada siete días les hacían la PCR y felizmente no había hasta entonces ningún caso de infección.

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El señor Embajador ya de alta, junto a una enfermera cubana y a su esposa, quien también enfermó.

“Las personas aquí son nobles, sanas, descendientes del africano esclavo, muy naturales; quieren y respetan al cubano y ya no tenemos ni que presentarnos, a veces escuchamos por la calle: ¡Viva Cuba!”, revela. Narra también la anécdota del uniforme que les entregaron al llegar, con el logo de la clínica, que es la Virgen de Guadalupe de Mongomo, al tratarse de una población muy religiosa.

“El uniforme tiene en su parte anterior, y también en la posterior, el logo de la virgen. Nosotros en el brazo derecho nos colocamos la bandera cubana y eso despertó el interés del resto del personal, que también quería usarla. Hicimos una gestión y lo logramos, que todo el mundo, en una clínica guineana, use la bandera cubana”, cuenta con evidente orgullo.

En medio del diálogo envía fotos en las que aparece el personal cubano en sus diversas funciones. Y los videos que han permitido ver y escuchar al señor embajador de Guinea Ecuatorial en Rusia mientras narra su conmovedora historia. En otro material audiovisual la hija del paciente, quien se prepara como enfermera en España, dirige un agradecimiento personal y de parte de la familia al equipo que atendió directamente a su padre: el doctor Alberto Jiménez, el doctor Gaylord Márquez, intensivista pediátrico del Instituto de Hematología de La Habana, y las enfermeras Yanelis Álvarez y Maritza Cordero, ambas de Pinar del Río. Las dos estuvieron, siempre con buen carácter, todo el tiempo a pie de cama.

Mención aparte merece el licenciado Pedro Onay Morales de la Fe, bioanalista que en Cuba trabaja en el hospital Hermanos Ameijeiras y allá en Mongomo procesa las muestras de la PCR en tiempo real, e interpreta los resultados. Igualmente, todos los demás que hacen su parte, incluidas las mujeres que mueven las muestras en la llamada área sucia.

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Junto al doctor Alberto, en el laboratorio clínico, Pedro Onay Morales, bioanalista.

LA AÑORANZA POR CUBA

¿Qué se extraña más de Cuba?, indaga Escambray al galeno que es ahora mismo fuente de información para los espirituanos y el resto de la nación.

“Cuba es Cuba, somos cubanos y nos vamos a morir siéndolo. Eso se lleva por dentro, se extraña, se vive. Cada día cuando te levantas lo que más tú quisieras es ver tu ciudad, tu gente, tu familia. Uno quisiera estar siempre ahí, pasando trabajo como ellos, luchando por la Patria nuestra, logrando que el país cambie hacia la mejoría. Por eso estamos aquí, dando nuestro aporte para ver si logramos que Cuba siga brillando en lo referente a la Salud y a la Medicina, y que el mundo reconozca ese esfuerzo nuestro”.

Al ser el director, ¿no está usted en la zona roja?

“Estoy de director en la clínica, pero también soy el especialista en Medicina Interna; en zona roja soy parte del equipo, pues para el pase de visita cada cuatro horas tengo que vestirme de traje blanco y participar, solo así mejoramos los casos.Me toca entrar por ser el jefe, el resto de los médicos está en otras funciones”.

¿Algún mensaje al terruño?

“Quisiera, en nombre de todos, agradecerle al pueblo de Cuba, a las autoridades sanitarias, a la dirección del país, la posibilidad de salir a otros países a trabajar y demostrar lo que fuimos, lo que somos y seremos: médicos profesionales, altruistas y con principios; médicos con valores, capaces de solventar cualquier situación de las que existan en el mundo.

“También agradecemos a nuestras familias, porque dejamos parte de nuestros corazones en Cuba para venir a dar esa otra parte a los países donde se nos necesita.Somos embajadores de la salud, promotores de salud y cuidadores de la salud en el mundo, ese es mi concepto”.

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Integrantes de la brigada médica cubana del contingente Henry Reeve a su llegada a Mongomo.

4 comentarios

  1. Delia Rosa Proenza Barzaga

    Mucha salud para usted, señor Consejero. Gracias por sus elogios al personal médico cubano, que donde quiera que labora en el mundo no busca otra cosa que salvar vidas y brindar salud a las personas.
    Ojalá que Guinea Ecuatorial pueda, en breve, contar con personal preparado para enfrentar esta terrible enfermedad, como es su sugerencia y deseo.

  2. Francisco Javier EDU ONDO MBANG

    Quiero aclarar lo siguiente:
    – El hecho de que dijera k m abandonaron los guineanos era por la simple razón que no estaban formados para afrontar los pacientes del Covid19 pero los cubanos sí y en el fondo quería sugerir que formen a los guineanos de los centros médicos periféricos.
    – No soy el embajador de Guinea en Rusia si no el Consejero y por la ausencia del embajor asumí de facto el puesto de encargado de negocios a.i.
    – Mi hija no estudia enfermería si no que tiene una licenciatura en doble grado de derecho y política pública en la universidad Rey Juan Carlos de Madrid

  3. Riky el Chévere

    Esos cubanos son unos corajudos, como nos han enseñado nuestros próceres. De no ser por ellos ese señor embajador habría muerto, por lo que veo y leo en esta historia. Gracias por contarla. Y después hay anormales o malintencioados, mejor dicho, que cuestionan el otorgamiento al contingente Henry Reeve del Premio Nobel de la Paz.

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