La decisión, anunciada en la segunda quincena de mayo, desconcertó a miles de familias con hijos en el preuniversitario: por primera vez en décadas, el ingreso a las universidades cubanas se realizará sin las acostumbradas pruebas de ingreso. El Ministerio de Educación Superior (MES) confirmó la medida a través de una nota de prensa, una conferencia y varios espacios televisivos, argumentando que las alternativas para garantizar la calidad de los exámenes disminuyeron drásticamente en muy poco tiempo.
El bloqueo estadounidense, agravado desde finales de enero por una orden ejecutiva que profundiza el cerco energético, dejó sin combustible al país y sumió a cada sector en la necesidad de modificar sus rutinas. Sin electricidad estable, sin transporte confiable y con limitaciones severas para la conectividad, sostener unas pruebas de ingreso en condiciones de equidad se volvió una quimera. Pero lo que para unos es una solución realista, para otros representa una herida abierta en el concepto del mérito académico.
Precisamente allí radica el núcleo de la polémica que hoy recorre las familias cubanas: mientras algunos estudiantes y sus padres respiraron con alivio al saberse libres de la presión de un examen en medio de apagones y traslados extenuantes, otros han sentido que se desmoronan meses, incluso años, de esfuerzo sobrehumano.
La suspensión, que llegó a solo 15 días de la primera fecha prevista —después de un primer aplazamiento de mayo a junio—, sorprendió a muchos jóvenes en plena preparación: repasos a pie o en bicicleta, velas para estudiar de madrugada, dispositivos que no alcanzaban a cargarse. ¿Es justo que el acceso a la universidad dependa ahora exclusivamente del índice académico del preuniversitario, cuando quienes más se dedicaron a preparar los exámenes pudieron descuidar su promedio? ¿O es más injusto exigir un examen estandarizado en un país donde el bloqueo ha convertido en heroica hasta la acción de encender una lámpara para leer? Entre la exigencia de igualdad de condiciones y la defensa del mérito tradicional, el ingreso a la Educación Superior cubana se enfrenta a su mayor dilema en generaciones.
No es en las frías oficinas del MES, sino en las salas y patios de las familias cubanas donde se ha encendido la polémica. El propio ministerio reconoce que fue una decisión difícil y meditada, tomada tarde quizás, pero con respeto a quienes confiaban en el sentido de los exámenes. La nota oficial subraya que responde al criterio mayoritario de autoridades, jóvenes, familias y profesores; sin embargo, en la calle el debate es más áspero. Para algunos, suspender es rendirse ante el bloqueo; para otros, es una victoria de la resistencia inteligente: garantizar el ingreso sin sacrificar la salud ni la equidad en condiciones extremas.
Sea como sea, la decisión ya está tomada: en 2026 no habrá exámenes de ingreso a la universidad en Cuba. El proceso de otorgamiento de plazas se realizará considerando únicamente el índice académico del preuniversitario. Pero lo que queda por delante es menos una certeza que un interrogante colectivo: ¿volverán las pruebas en 2027 si las condiciones energéticas mejoran? ¿Este cambio temporal marcará un precedente para transformaciones más profundas en la política de ingreso? ¿Qué hacer con la generación que se preparó durante meses para un examen que finalmente no existió?
Las familias cubanas seguirán discutiendo en sus mesas, los profesores en sus escuelas y los alumnos en los pasillos. Unos defenderán que se actuó con realismo ante la crisis cada vez más profunda; otros, que se debió informar antes o buscar otras alternativas. Lo cierto es que, entre el alivio y la nostalgia, entre la exigencia de justicia y el peso de la tradición, el acceso a la universidad de este año atípico será, por un buen rato, tema de conversación inconclusa.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus













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